Songer au voyage

Hoy como estoy un poco somniatruites y no tengo ganas de escribir parrafadas (con estas migrañas mías, se hace difícil), cuelgo un poema de Baudelaire, musicado maravillosamente por Léo Ferré.  

El verbo “songer” es un verbo que me gusta mucho, en castellano vendría a ser una mezcla de soñar despierto, pensar, imaginar, reflexionar… Aunque sea con la mente y el espíritu, il faut songer, voyager.

El concierto, Jan Vermeer (c.1664)

L’INVITATION AU VOYAGE

Mon enfant, ma sœur,
Songe à la douceur
D’aller là-bas vivre ensemble !
Aimer à loisir,
Aimer et mourir
Au pays qui te ressemble !
Les soleils mouillés
De ces ciels brouillés
Pour mon esprit ont les charmes
Si mystérieux
De tes traîtres yeux,
Brillant à travers leurs larmes.

Là, tout n’est qu’ordre et beauté,
Luxe, calme et volupté.

Des meubles luisants,
Polis par les ans,
Décoreraient notre chambre ;
Les plus rares fleurs
Mêlant leurs odeurs
Aux vagues senteurs de l’ambre,
Les riches plafonds,
Les miroirs profonds,
La splendeur orientale,
Tout y parlerait
À l’âme en secret
Sa douce langue natale.

Là, tout n’est qu’ordre et beauté,
Luxe, calme et volupté.

Vois sur ces canaux
Dormir ces vaisseaux
Dont l’humeur est vagabonde ;
C’est pour assouvir
Ton moindre désir
Qu’ils viennent du bout du monde.
– Les soleils couchants
Revêtent les champs,
Les canaux, la ville entière,
D’hyacinthe et d’or ;
Le monde s’endort
Dans une chaude lumière.

Là, tout n’est qu’ordre et beauté,
Luxe, calme et volupté.

Charles Baudelaire, Les fleurs du mal (1857)

Traducción:
«Invitación al viaje»

Mi niña, mi hermana,
¡Piensa en la dulzura
De vivir allá juntos!
Amar libremente,
¡Amar y morir
En el país que a ti se parece!
Los soles llorosos
De esos cielos encapotados
Para mi espíritu tienen la seducción
Tan misteriosa
De tus traicioneros ojos,
Brillando a través de sus lágrimas.
Allá, todo es orden y belleza,
Lujo, calma y voluptuosidad.
Muebles relucientes,
Pulidos por los años,
Decorarían nuestra alcoba;
Las más raras flores
Mezclando sus olores
Al vago aroma del ámbar
Los ricos artesonados,
Los espejos profundos,
El esplendor oriental,
Todo allí hablaría
Al alma en secreto
Su dulce lengua natal.
Allá, todo es orden y belleza,
Lujo, calma y voluptuosidad.
Mira en esos canales
Dormir los barcos
Cuyo humor es vagabundo;
Es para saciar
Tu menor deseo
Que vienen desde el cabo del mundo.
—Los soles en el ocaso
Recubren los campos,
Los canales, la ciudad entera,
De jacinto y de oro;
El mundo se adormece
En una cálida luz
Allá, todo es orden y belleza,
Lujo, calma y voluptuosidad.

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Recuerdos de Harlem: una experiencia religiosa

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Photo: David Goldman for The New York Times

La primavera pasada, ya pronto hará un año (¡Dios mío, el tiempo va volando!), pude por fin irme a dar una vuelta por Nueva York. Hice montón de fotos. Bueno, supongo que lo típico cuando uno va de turisteo. Pero en verdad no es que sea una apasionada de hacer fotos. Más bien todo lo contrario. Además, reconozco que soy bastante mala en esto del “arte de la fotografía”. Mis fotografías siempre, indefectiblemente, pierden belleza y encanto respecto al original. Por eso, suelo reprimirme y no tomo demasiadas, porque salen feas y total, no vale la pena. Además, es que no me gusta nada esto de tirar fotos, me distrae de lo importante y tengo la sensación que me pierdo buena parte de lo que está pasando delante de mis ojos.

Pues a todo esto, no sé qué me pasó esta vez, que me dio por tirar fotos “a tort i a dret”. No obstante, he de confesar que, en realidad, las fotografías las hice, además de para dar cuenta a familiares y amigos de lo que vi y para intentar transmitirles mediante imágenes instantáneas lo que viví y sentí allí durante esos días (aunque al final casi no lo hice…), sobre todo las tomé para mí, para uso personal e intransferible.

Esos pocos días allí fueron una especie de largo paseo durante el cual me dediqué casi exclusivamente a deambular, a vagar perdida dejándome llevar absorta y abrumada por las calles y rincones de esta mágica ciudad. La cosa es que como una, que no tiene mucho mundo recorrido y que cuando sale de casa solo le falta la boina de Marianico el Corto y se deja sorprender de manera muy facilona, pues todo el tiempo que pasé en Nueva York fue un no parar de emociones y sensaciones. Y tan plácidamente metida en mi papel de flâneuse ocasional, me sobrevino una necesidad espiritual, aunque casi fisiológica, de retener de alguna manera la experiencia y las sensaciones que estaba viviendo, de cogerlas y no dejarlas escapar para que se quedaran conmigo (o mejor dicho, yo con ellas) para siempre.

Sobra decir que la idea fue un estrepitoso fracaso. Las fotos salieron feas, planas, muertas. Imposible retener en ellas todo lo percibido, sentido, vivido. Pero, en fin, menos es nada y ciertamente, hoy cuando miro las fotos se me activan los recuerdos y, con ellos, puedo casi oír y sentir aún un tenue rumor de todo lo vivido allí. Si bien es cierto que la intensidad del recuerdo se va atenuando a medida que pasa el tiempo, por lo menos quedan las fotos.

Pues bien, un poquito de estos recuerdos son los que quería compartir hoy en el blog. He pensado que como al final no hice el prometido fotolibro de marras, pues así la family y los friends, pues pueden aprovechar para verlas. Lo que cuelgo aquí son algunas instantáneas de Harlem, un barrio en el que tuve la oportunidad de pasar buena parte del tiempo que estuve por allí y en el que me hubiera quedado para siempre. Aunque me olvidé de recoger cosas esenciales que ahora echo de menos: las tiendas y puestos en la calle de esencias y aceites, las infinitas tiendas de productos de belleza para negros, los cientos de peluquerías de hombres, el mercadillo africano, las entrañables groceries con luces de neón como las que atracan en las pelis de Harlem, la Malcolm Shabazz Mosque, el Lenox Lounge, los restaurantes de soul food (vegan too!), las canchas de street basket del Marcus Garvey Park, el constante chirrido de las ruedas de los coches al arrancar (solo lo escuché en Harlem!), la música a todo trapo saliendo de los coches…

Fue precisamente de Harlem de dónde me llevé la experiencia más intensa de todas las que viví en Nueva York. Asistir a una misa de domingo en la First Corinthian Baptist Church fue una auténtica experiencia religiosa. Y aunque seguramente no leerá nunca esto, aprovecho para agradecer a Georgia que hiciera sus más y sus menos con la gente de su comunidad para que se avinieran a acomodarme en la zona de aforo normal de la iglesia y no en la zona apartada (casi en la intemperie) donde colocan habitualmente a los turistas. Ciertamente, escuchar y ver un coro de gospel es un bonito espectáculo, aunque sea en domingo y a las 8 de la mañana, y no solo desde un punto de vista musical. Sin embargo, lo más intenso de la misa, sin ninguna duda, no está en el escenario, sino en las bancadas.

Recuerdo a las acomodadoras distribuyendo pañuelos y abanicos para calmar el calor y el sudor entre los asistentes, las grandes pantallas de plasma que retransmitían la misa y que además avisaban de las matrículas de los coches mal estacionados, la estética y la forma de vestir de domingo tan inconfundible de las mujeres (y de los hombres!) de Harlem, las señoras mayores con su sombrero, bailando y cantando enérgicamente todas y cada una de las canciones del coro, las entradas en trance de algunos fieles y coristas, los hombres clamando al cielo para hacer llegar su voz a las alturas celestiales… Por supuesto que también fue un verdadero placer escuchar y vivir el sermón del pastor Michael A. Walrond Jr., el pastor Mike, como le llaman los habituales de la FCBC y que como me decía Georgia -siempre recordándome que me fijara bien en que el pastor Mike daba el sermón en jeans y americana: “Aunque no seas creyente, escuchar al pastor Mike te deja buen rollo dentro del cuerpo y te vuelves a casa con las pilas cargadas para toda la semana”.

Pues bien.. paradójicamente y a pesar de esa necesidad loca que me entró de recolectar impresiones y recuerdos, resulta que me dejé llevar tanto por la situación y la emoción colectiva de la misa, que no pensé en guardar ningún testigo de lo que viví en la iglesia, de manera que no conservo más recuerdo que el que, por supuesto, permanece en mi memoria y en mi piel. C’est dommage.

En fin, ahí van las cuatro fotillas mal echadas de este barrio que por supuesto, no hacen honor ni a su encanto, ni a su emoción, ni a su espíritu humilde, ni a su historia, ni a sus héroes, ni a su mística, ni a su magia.

Y hasta aquí la mamarrachada turística del día.

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Y si, por un momento, tomáramos un zoológico como marco de experiencia, ¿qué veríamos?

Impresiones sueltas sobre una muestra de interacción humano-chimpancé vista desde una perspectiva situada.

 

BREVE ACLARACIÓN INTRODUCTORIA

Esto no pretende ser un análisis en profundidad de nada. Lo que escribo a continuación no viene a reflejar más que una serie de inferencias teóricas o analíticas que me pasaron por la cabeza al ver este video (tal vez porque las tengo en la cabeza todo el día para otros temas, no sé…). Aclaro que las he puesto así, casi al tun-tún y sin trabajarlas, ni con el interés de argumentarlas demasiado. Este post es una especie de esbozo íntimo, de work in progress extraño, de un texto que no sé si algún día acabaré escribiendo, pero en fin, ahí queda colgado de momento.

Precisamente este es uno de los usos personales de este blog, donde me puedo permitir algunas licencias que en un “texto serio” o académico serían absolutamente inaceptables.

Y por supuesto, dejar claro que no soy especialista en etología animal, ni pretendo hacer un análisis etológico del asunto, por lo que este post, según como, puede parecer casi una especie de boutade. Pero en fin, allá voy.

En el marco de las Jornadas Antiespecistas que tuvieron lugar los días 12 y 13 de enero en la Casa de la Solidaritat (BCN), durante una de las charlas (la de Romina Kachanoski sobre violencia especista), tuve la oportunidad de visionar el documento que cuelgo aquí.

Y al verlo, lo primero que me vino a la cabeza fue Goffman (¡cómo no!). Me acordé de aquello que casi todo el mundo olvida sobre Goffman: que él no era un interaccionista simbólico. No, no lo era, claro que no, de ninguna de las maneras. Y no lo era justamente porque defendía que en una situación de copresencia, lo que marca el devenir de la interacción es la información relativa al medio social que un interactuante infiere del otro, y viceversa.  Es decir, en una situación cara a cara, las inferencias consisten en clasificar lo que percibimos en el otro dentro de grandes categorías “macrosociales” (encuadrándo al otro dentro de un género, una clase social, un rango de edad, una especie, etc.). Estas inferencias tienen el objetivo de situar socialmente al individuo que tenemos enfrente para poder adecuar nuestro comportamiento y nuestra manera de interactuar a lo que requiera la situación. Es decir, sirven para establecer y definir el orden de la situación.

Por situación se entendería el espacio-tiempo definido convencionalmente en el que dos personas o más están copresentes o comunican y controlan mutuamente sus apariencias, su lenguaje corporal y sus actividades.

La información social que se infiere del contacto cara a cara opera en dos frentes simultáneos. Por un lado, existe la información que se desprende de las categorías macrosociales a la que he hecho referencia antes. Como recuerda Harvey Sacks, disponemos siempre de diversos «conjuntos alternativos de categorías» (2000: 67) que, al iniciar una situación de copresencia —o interacción—, «transformamos en expectativas normativas» (Goffman, 2001b: 12), de manera que tratamos de anticipar —y, de hecho, anticipamos— información social acerca de quienes tenemos enfrente. De ello se desprende que la operatividad de estas categorías macrosociales en la interacción cara a cara, implica la necesidad de que los copresentes posean una concepción anticipada de percepciones y explicaciones corraboradoras de la experiencia.

Sin embargo, en la interacción que se ve en el documento que he colgado: ¿qué categoría macrosocial está usando el humano? ¿Qué concepción anticipada de la percepción tiene? ¿Esta concepción anticipada, qué expectativa de la experiencia le proporciona?

Pienso que la interacción que se puede ver en el video es un ejemplo de que la categoría macrosocial del individuo está directamente vinculada a su cosmovisión, en esta caso, una cosmovisión claramente especista, que hace que el humano, en esta interacción, no le conceda al chimpancé la categoría de persona(*), sino una categoría inferiorizada y, además en este caso reforzada por la situación, donde quedan perfectamente escenificados mediante la disposición espacial los roles que cumplen unos y otros: en un zoológico, con la separación de un cristal, se delimita claramente quién posee la categoría social de persona y quién la de no-persona. En ese momento, el humano ha clasificado a quién tiene enfrente como una no-persona y como un no-humano, por lo que toda la situación (corporalidad del chimpancé, indicaciones gestuales, separación por el cristal, zoológico como espacio lúdico, etc.) es interpretada por éste bajo estos códigos culturales que le hacen percibir la experiencia de una determinada manera: a pesar de reconocer los gestos del chimpancé, a pesar de reconocer perfectamente que le está haciendo indicaciones para que le abra la jaula, el humano se ríe y lo interpreta como una situación divertida. La lectura que hace de la percepción durante el momento de interacción no se ve nunca modificada, a pesar de que la acción recíproca no se esté adecuando a las categorías macrosociales aplicadas previamente por el individuo humano.

Ante esto, así a bote pronto, me vienen a la cabeza dos cosas con las que podría pensar en relacionar el video en cuestión:

En primer lugar, pienso que este video es una clara muestra de que la situación no es en ningún caso autónoma del orden social, como defenderían los situacionistas o los defensores de la acción comunicativa, hoy tan en boga entre nuestros teóricos de la democracia y el ciudadanismo (léase Habermas y sus devotos). Pero bueno, tampoco hacía falta este video para llegar a esta conclusión.

En segundo lugar, y tal vez lo más importante para lo que me interesa aquí, es que en lo que veo podría intentar establecerse algún vínculo con el concepto de estigma de Goffman, quien obviamente no hablaba de especismo en sus escritos, ni hacía una distinción sistemática entre persona/humano (quiero decir que siempre se refería a la interacción inter-humana), pero creo que en buena medida, su definición podría aplicarse o, cuando menos, nos podría servir como punto de partida para analizar lo que sucede en este tipo de interacciones entre personas humanas y no-personas no-humanas. Aunque también se podría abordar este tema directamente desde el concepto de persona…

Entonces, a lo que iba: el medio social establece las categorías de personas que en él se pueden encontrar (y por tanto, de las personas y de las no-personas), el medio social pone el límite de lo que es y no es una persona.

Luego, Goffman nos dice que el estigma es una relación (al loro, una relación, no algo que uno lleva en sí mismo) entre un atributo y un esterotipo. Entonces, para que se entienda:

A nivel cognitivo (“macrosocial”), delimitamos unas categorías de personas y al entrar en una interacción, seleccionamos qué tipo de categoría debemos aplicarle a la persona que tenemos en frente.  (Entiéndase que la persona que tenemos enfrente hace lo propio también con nosotros).

Dentro de estas categorías que tenemos montadas, hay clasificados individuos con atributos indesesables (un loco, un criminal, un inmigrante, etc.) y/o de inferioridad (un pobre, un discapacitado, un animal no-humano, etc.). Cuando digo indeseables o inferiores y pongo un ejemplo entre paréntesis, quede claro que me refiero a la valoración que hace el individuo que está clasificando in situ, no es porque yo entienda que son así.

Normalmente, lo que refleja el estigma es justamente un determinado orden moral y social. Los estigmatizados son los sujetos que contravienen la norma establecida, que no por ello significa que la norma es “justa” para con la persona estigmatizada. De alguna manera, con esta categorización de atributos, lo que hacemos es construir una teoría del estigma hacia estas personas, es decir, montamos una ideología para explicar (esto es, justificar) su inferioridad o su explotación o su trato desigual dentro de un determinado grupo social y organizar el orden de la situación mediante unos parámetros  excepcionales (excepcionales para el “estigmatizador”, claro está, pues el efecto estimatizador/interiorizador que ejerce uno sobre el otro acabaría siendo lo que marca el orden de la interacción). El estigma está marcando el orden de la interacción y la organización de la experiencia, de manear que, en el caso que me ocupa, el chimpancé podría encajar bien en lo que Goffman conviene en llamar estigmatizado “desacreditado”.

Lo curioso es que estos atributos construidos tienen un carácter bastante peculiar: para el “estigmatizador”, estos atributos permanecen indefectiblemente invariables a pesar de la experiencia, devienen contrarios a los sentimientos, a los estados de ánimo y a las intenciones que el individuo estigmatizado puede tener o mostrar durante el periodo que dura la interacción. Esto mismo sería lo que se ve en el video: el chimpancé está “emitiendo” toda una serie de información, pero el humano no modifica su interpretación de esa información y continua aplicando unas categorías macrosociales determinadas que hacen que interprete la experiencia tal como éste la había “previsto”, al haberle asignado al chimpancé una serie de atributos inferiorizadores (referidos, claro está, a la concepción que tiene éste de los animales no-humanos, etc.), reforzada por el lugar/momento en el que se está dando la interacción (zoológico, lugar lúdico, etc.).

A todo esto se le llama “estereotipia”, que vendría a ser el recorte de nuestras expectativas normativas referentes a la conducta y al carácter de quien tenemos enfrente durante una interacción debido a la aplicación de esta concepción anticipada de percepciones que usamos para corroborar la experiencia en una situación determinada.

Obviamente se podría analizar con mucha más profundidad todo esto y buscar los pros y los contras y los puntos débiles de todo esto, que ya los intuyo. ¿Puede aplicarse un análisis situado para explicar una discriminación por especie? Yo pienso que ¿y por qué no? Pero es que, ostras, tampoco hay modelos teóricos sólidos sobre este tema. Estamos acostumbrados a leer sobre estigmas en inmigrantes, discapacitados mentales o físicos, mujeres, etc., y, parece que aplicarlo a este tipo de interacciones tiene que ser diferente, y quieras que no, cuesta. Pero bueno, en cualquier caso, por lo menos, creo que el video puede ser un buen ejemplo, para hacer un ejercicio de análisis para intentar explicar la aparente incongruencia de la situación.

Y bueno, espero no haber escrito mucho en “goffmaniano”, esa especie de lenguaje que sin querer se nos engancha a los que trabajamos desde perspectivas situadas y que nos vuelve totalmente incomprensibles para el resto de mortales.

Por cierto, mil gracias a Romina Kachanoski por haberme facilitado el link.

Espero no tener que borrar este post, escandalizada, al releerlo en la distancia algún día.

Y si alguien lo lee (aunque me muero un poco de vergüenza cada vez que pienso en esa posibilidad…), cualquier comentario o crítica (en público o en privado, como sea), por supuesto que son más que bienvenidos.

Algunas de las referencias citadas explícitamente:

GOFFMAN, E. (2001), La presentación de la persona en la vida cotidiana, Buenos Aires, Amorrortu.

— (2001b), Estigma. La identidad deteriorada, Buenos Aires, Amorrortu.

— (2006), Frame Analysis. Los marcos de la experiencia. Madrid, CIS.

MAUSS, M. (1971), «Sobre una categoría del espíritu humano: la noción de persona y la noción del ‘yo’», Sociología y Antropología, Madrid, Tecnos, pp. 308-333.

SACKS, H. (2000), «La máquina de hacer inferencias» en E. Goffman et al., Sociologías de la situación, Madrid, La Piqueta, pp. 61-81.


(*) Ojo! Cuando hablo de persona, me refiero a la acepción moral y social del término, siguiendo la definición establecida en su día por Marcel Mauss. Quede claro que, en ningún caso me refiero al significado “popular” en occidente, que considera persona y ser humano como términos equivalentes (aunque a la práctica no lo sean tampoco, pero en fin, este es otro tema).

Divagaciones en torno a “The Master” de Paul Thomas Anderson.

“El hombre no pertenece al reino animal”. Este es el mantra que hacen escuchar y escribir a Freddie Quell una y otra vez. Mientras Freddie oye (más que escucha) el mensaje que sale a través de sus auriculares, éste escribe en su libreta “Do you want to fuck?” (¿Quieres echar un polvo?), dibuja una cara sonriente y le enseña la nota a la chica que tiene sentada enfrente, también con los auriculares puestos, muy aplicada ella, al tiempo que él la mira fijamente con una pícara sonrisa buscando la aprobación a su propuesta.

Hace unos días se estrenó en España The Master de Paul Thomas Anderson, una película que algun@s veníamos esperando con ansia desde hacía ya unos cuantos meses desde que se estrenó en el festival de Venecia. Lo bueno se hace esperar, dicen. Y ciertamente, así es en este caso. The Master es un peliculón. Con todas las letras.

Pero como esto no es un blog de cine, sino que es otra cosa, mi intención no es hacer un análisis cinematográfico ni ponerla en relación con la historia del cine, más que nada porque no tengo ni idea de cine y no me quiero meter en camisas de once varas. Lo que quiero hacer aquí es grosso modo lo que en cualquier caso intenta hacer siempre un antropólogo y que bien se podría resumir con la mítica frase que Lisa (Grace Kelly) le espeta a Jeff (James Stewart) en The Rear Window: “Tell me exactly what you saw and what you think it means” (Cuéntame exactamente qué viste y qué crees que significa). Espero no convertir esto en un spoiler, sino en un post que anime a ver la peli y a reflexionar acerca de lo que se podría interpretar, pues una de las cosas que más me gustaron del planteamiento es que no es unívoco y juega con la insinuación, dejando muchos aspectos en el aire, sobre todo en cuanto a la relación entre los dos personajes principales, lo cual propicia la reflexión del espectador.

Pues bien, The Master narra la historia de un veterano de guerra que ha quedado tocado y hundido por la violencia vivida durante su periplo a bordo de un barco de combate de la US-Navy durante la II Guerra Mundial y que no ha encontrado otra vía más que el alcohol para apaciguar el dolor. Una vez finalizada la guerra, el protagonista, de alguna manera, ya no tiene ningún objetivo concreto por el que luchar en la vida, con lo cual, está condenado a vagar por el mundo, desorientado, sin norte, perdido.

Esta desorientación vital y esta frustración del protagonista es interpretada por Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), el Maestro, creador y líder de una nueva docrtrina llamada “la Causa”, como un obstáculo que impide a Freddie interiorizar las pautas y normas de conducta social y “elevar” su espíritu hasta convertirse en un ser humano, en un ser pretendidamente superior, dominado por la razón y cuya felicidad es directamente proporcional al grado de seguimiento de las convenciones y constricciones propias de la ceremonia constante que conlleva la vida en sociedad.

Freddie es presentado como un animal y con los rasgos de interacción social que, en general, identificamos con el comportamiento animal: es un ser eminentemente físico, corpóreo, dominado por el instinto, regido por las pulsaciones sexuales y de autoconservación, por la defensa y protección de su corporalidad más inmediata y de su territorio vital, dominado por las emociones y los sentimientos más básicos y elementales de la existencia. Cuando siente que invaden su espacio vital y no tiene espacio para recular y restablecerlo, ataca violentamente. Freddie se nos muestra como un ser dominado, en definitiva, por todo aquello que desde la “racionalidad” humana occidental se ha tachado peyorativamente de comportamiento animal e inhumano, por supuesto, siempre partiendo de esta dualidad conceptual (y moral) de hombre versus animal, como si en efecto, fueran dos naturalezas distintas, separadas y, sobre todo, opuestas.

El personaje de Freddie pone en tensión y, sobre todo, en tela de juicio, el eterno debate entre naturaleza y cultura (o instinto y razón, o cuerpo y mente, etc.). Un debate que prácticamente solo se podría entender desde un punto de vista occidental, pues es en esta civilización donde se ha insistido, ya desde la Grecia clásica (si no antes!) en convertirlas en dos esferas conceptuales separadas, como si lo que hace el ser humano (o sea, la cultura) no formara parte del resto de cosas (la naturaleza). Por no entrar en el concepto de naturaleza, término totalmente etnocéntrico y antropocéntrico, que resulta de considerar lo que nos rodea como algo separado de lo propiamente humano.

Según este paradigma explicativo y que en el filme vine representado por la doctrina del Maestro Lancaster Dodd, la razón o la racionalidad es lo que nos hace humanos y nos separa de las “bestias”. La vida del individuo es una lucha por vencer y anular al animal que lleva dentro. En este caso concreto, se podría resumir la racionalidad como la capacidad humana para ceñirse y someterse a las reglas sociales y al orden público establecido. Así, el hombre dejaría su condición inicial de animal porque se ha dado cuenta de que, aceptando según qué constricciones, son más grandes los beneficios que los perjuicios. En otras palabras: en un momento de la historia, el hombre racional puso en un plato de la balanza su salvajismo o, mejor dicho, su individualidad y su deseo de libertad y, en el otro, puso su sumisión a las normas sociales. Se dio cuenta de que obtenía más beneficios poniéndose el “corsé” social, y renunció a su parte animal. Entonces fue cuando surgió el Homo sapiens.

Pues mira tú cómo son las cosas que casualmente, unos días antes de ver la película, leí una entrada de Manuel Delgado en su blog en el que hace algunas breves consideraciones históricas acerca del origen del amor, que creo que son pertinentes y bastante interesantes en relación a la peli. Delgado hace un repaso referenciado al origen de la idea de racionalidad en el siglo XVIII y cómo a partir de ahí, los instintos pasan a ser asociados no a la naturaleza, sino a una patología del alma, a una desviación. La razón humana se convierte en la vía para tranquilizar y dominar las apetencias carnales, pues es en ellas donde se entiende que está la causa de las conductas antisociales. A partir de aquí, surge el concepto de amor, vinculado a la idea de “utilidad” (siempre el maldito utilitarismo, que no hay manera de sacárselo de encima…) y a la idea de vida en familia. Por supuesto, en este contexto, el amor sería algo muy alejado del dejarse llevar por los instintos y las pulsiones carnales, sino el interés por el bienestar común (el de la pareja y por extensión, la familia, en este caso concreto). [El link al blog está a la derecha, en Omniverso particular, entrada del 01 enero de 2013]. Pues justo ahí es donde se podría situar la mentalidad de Lancaster Dodd y sobre todo la de su mujer, Peggy, la cual acaba siendo la más firme defensora de la doctrina de la Causa (poniendo a raya más de una vez a su marido, como en la secuencia de la masturbación después de la fiesta).

Por cierto, como se ve, el tema de la Cienciología, que tanto morbo causa a algunos periodistas y críticos de cine no es el tema de la película. En El País, por ejemplo, el otro día sacaban una entrevista a Paul Thomas Anderson en la que el periodista no hacía más que preguntarle por la Cienciología, no sé si es que el periodista no había visto la película o si simplemente es que era imbécil. En fin, dejo el link también por si pica la curiosidad: aquí. El surgimiento de la cienciología, no es más que un contexto histórico y social que PTA toma para hacérselo venir bien y abordar el tema que le interesa tratar. Pero nada más.

A lo que iba: para el Maestro Dodd, firme defensor de estos principios (por lo menos teóricamente o, cuando menos, de puertas hacia fuera), la domesticación o el adiestramiento mediante repetición se presentan como la solución que debe refrenar la naturaleza animal de Freddie, sacarlo de su desviación, enterrar al animal y elevarlo a la condición de humano. Freddie, un animal salvaje (o un animal, a secas), se convierte entonces en un animal de laboratorio con el que experimentar. Y hay que decir que la forma de Joaquin Phoenix de poner en escena el personaje te hace pensar claramente en un animal de laboratorio o en un animal salvaje en cautividad. De hecho, en diversas entrevistas, el actor explica que para preparar el personaje visionó grabaciones de animales en cautividad, en zoos, en perreras y en laboratorios de experimentación para replicar los movimientos corporales y los comportamientos de estos. Aprovecho para dejar el link de un par de estas entrevistas que me parecen muy interesantes, porque el actor además de esto, explica cómo interpretó la personalidad del personaje para darle cuerpo y forma en la pantalla:

Entrevista en Time

Entrevista en Interview Magazine (esta es especialmente interesante)

Pero claro, una vez el director nos presenta estos dos polos opuestos (Freddie y Dodd), ¿qué sucede? Pues sucede que las cosas no son tan claras, ni tan unidireccionales como las quiere pintar el Maestro Dodd (o como las pintan muchos, no hace falta irse a la Dianética, ni a la película). Y además es justamente esa defensa radical de la racionalidad que hace Dodd, la que hace nacer la sospecha más que fundada de que la doctrina de la Causa se la inventa sobre la marcha y la que le deja al descubierto, dejándonos entrever su faceta de líder manipulador, que solo ansía el poder y el reconocimiento personal.

Por otra parte, lo que le demuestra constantemente Freddie es que, ante todo y por mucho que los humanos insistamos en ponernos el “corsé social”, el animal que somos sigue estando ahí. Podemos debatir sobre si la razón (y la racionalidad) es una construcción social o es la esencia que hace del hombre un ser superior, pero no podemos dudar en ningún caso sobre si nuestro cuerpo está ahí o no. Y si está el cuerpo y lo físico (y lo fisiológico si se quiere), está el lazo con el reino animal. Sin el cuerpo y todo lo asociado a él, no hay razón ni mente que valgan. Y eso Dodd lo sabe perfectamente, pues lo primero que le dice a Freddie cuando se conocen, es que le es familiar. Dodd se reconoce y se encuentra reflejado en él. Para Dodd, Freddie es la conexión con su instinto, con sus pulsiones sexuales, con sus emociones, con su corporalidad. Pero eso no quita, que al mismo tiempo, Freddie le sea útil para desarrollar su ciencia y venderla a gente ansiosa por encontrar un sentido a su vida y que les haga pensar en la valía de su miserable existencia.

Y ¿qué pasa con Freddie? Personalmente, creo que Freddie al principio está aterrado, tiene miedo, porque no sabe cómo desenvolverse en el mundo, pero al final pienso que se da cuenta de que Dodd no le va a “curar” y en realidad no sé si él busca que le curen. Freddie conecta con Dodd justamente en ese punto de “animalidad”, de hecho, a él, Dodd también le es familiar. La relación que establece con éste no es de hijo-padre, sino que Freddie actúa con instinto animal: aunque Freddie sospecha de que buena parte de lo que predica Dodd es mentira, le defiende con saña, pero no porque se sienta deudor de la ayuda que le está brindando, sino por lealtad hacia Dodd, porque le reconoce como igual. Obviamente todo esto que estoy soltando aquí es interpretación mía, quede claro. Repito que la gracia de la peli es esta.

Pienso que Freddie, tal vez sospecha que no le tienen que curar de nada, que a él no le compensa la renuncia a la individualidad, a la libertad. El final de la peli, cuando se reencuentra en Inglaterra con Dodd, creo que es bastante revelador en ese sentido: en realidad, ¿de qué le deberían curar? Ya sé que no viene al caso, pero viendo la película me acordé de Adela, la yonqui (dicho con cariño) que habitualmente está en la esquina de mi casa, que siempre le dice a la gente: “Yo puedo estar muy loca, ya lo sé, pero no tengo un pelo de tonta”. Pues Freddie Quell igual. Puede que esté loco, que su conducta tienda a ser antisocial, pero no tiene un pelo de tonto. ¿Está dispuesto a pagar el precio de “curarse”? ¿Hasta qué punto tiene sentido despreciar la condición de animal para ganarse la inclusión social? ¿Libertad o barbarie? (desde el punto de vista de la siempre hipotética concepción de la vida de Freddie, barbarie equivaldría a reprimir su condición de animal y someter su cuerpo a la norma social y a la lógica racional).

En cualquier caso, ¿hasta qué punto tiene sentido preguntarse todas estas cosas, puesto que no podemos elegirlas ni descartar ninguna de ellas? Yo creo que esto es lo que quiere reflejar Paul Thomas Anderson. Aunque desde mi punto de vista, se decanta levemente en pos de la parte animal o instintiva o corporal del ser humano, la reivindica. El filme le recuerda al hombre cuál es su naturaleza y deja en entredicho las imposiciones rituales de la vida social (controlar el cuerpo, controlar la emoción, controlar el instinto, etc.) que de alguna manera, acaban alienando a las personas convirtiendo la vida social humana en una barrera, en algo contranatura, cuando, por definición, no debería serlo.

La verdad es que la compleja relación entre estos dos personajes tan opuestos y al mismo tiempo tan parecidos es fascinante y, a mi modo de entender, temas técnicos y estéticos al margen, es lo que hace que la historia sea tan apasionante. Uno es lo que anhela el otro, pero en realidad uno es el espejo del otro. Y ambos devienen conscientes de ello en el decurso de la película. El propio Joaquin Phoenix ha definido la película como una bonita historia de amor. Y estoy totalmente de acuerdo, a mí también me lo pareció.

[Para los que quieran una crítica seria y profesional de la película, dejo el link de la de Javier Ocaña en El País]