Y el animal se hizo carne: ritos de paso en un matadero

LE-SANG-DES-BÊTES

«Fuera de la ciudad, hay carnicerías donde se mata a los animales destinados al consumo humano; estas carnicerías se mantienen limpias por medio de las corrientes de agua que eliminan la sangre y la basura. Es de aquí de donde se aporta al mercado la carne limpia y descuartizada por las manos de los esclavos*; porque la ley prohíbe a los ciudadanos ejercer el oficio de carnicero, por temor a que el hábito de masacrar poco a poco vaya destruyéndoles el sentimiento de humanidad, el más noble de los afectos del corazón de un hombre. Estas carnicerías exteriores también tienen el objetivo de evitar a los ciudadanos un espectáculo repugnante, y de librar a la ciudad de suciedades, inmundicias, y materias animales cuya putrefacción pudiera engendrar enfermedades.

 * Los esclavos son aquellos criminales condenados a trabajos forzados por los Utopistas como por los Polileritas».

Tomás Moro, La utopia (1516), II, 2.

Esta es la cita con la que Noélie Vialles encabeza su libro Le sang et le chair. Les abattoirs des pays de l’Adour (Maison des Sciences de l’Homme, 1987, Paris). A lo largo de esta etnografía, publicada en 1987 y prologada por Françoise Héritier, fruto de un trabajo de campo en mataderos del sureste de Francia, la antropóloga francesa pone de manifiesto el complejo sistema de evitación del “gesto fatal”; y más allá de la matanza en sí, a lo largo de estas 142 páginas, Vialles reflexiona acerca de las representaciones simbólicas de la sangre, los hombres y las bestias.

Noélie Vialles está vinculada al Collège de France como maître de conférences bajo la cátedra de Philippe Descola (Antropología de la nautraleza) y sus investigaciones giran en torno a la alimentación cárnica y a las prácticas observables de su producción y consumo. Este tema la vincula directamente al dominio de la corporalidad y a las relaciones que los humanos establecen con su propio cuerpo, con sus semejantes y con otros seres vivos. Dejo un par de artículos interesantes que se pueden encontrar en la revista Terrain (ambos están en francés) y que pueden poner en situación sobre el tema a quien no esté muy familiarizado con él:

Noélie Vialles, « La viande ou la bête », Terrain, numero-10 – Des hommes et des bêtes (avril 1988), [En ligne], mis en ligne le 18 juillet 2007.

Noélie Vialles, « La mort invisible », Terrain, numero-20 – La mort (mars 1993), [En ligne], mis en ligne le 18 juin 2007.

En ambos artículos, Noélie Vialles explica las diferentes representaciones simbólicas sobre la carne en la civilización occidental y cómo estas permiten que se pase de un animal a un trozo de carne, sin que esto suponga ningún tipo de contradicción moral para la mayoría de personas. Explica por qué en el siglo XIX en Francia, al mismo tiempo que se estableció por ley la obligación de dar muerte a los animales para consumo en mataderos públicos, paradójicamente fue en ese momento en que la muerte de los animales se ocultó deliberadamente al público. Los mataderos públicos tenían carteles de prohibido la entrada al público.  La a-tanasia u ocultación simbólica (además de física) de la muerte facilita, entre otras cosas, que podamos pensar en un trozo de carne sin pensar en el animal al que perteneció y convertirlo en alimento sin problema.

Vialles no lo dice directamente en estos textos, pero creo que se puede intuir que, dentro de este sistema simbólico, el animal es en realidad un ser liminal: primero, porque solo son susceptibles de ser comidos aquellos animales que han comido vegetales (los animales carnívoros no son susceptibles de ser carne), puesto que se parte del principio que los humanos nos alimentamos de vegetales, la carne concentraría y amplificaría todas las propiedades que se encuentras dispersas en el mundo vegetal.  Y segundo, es un ser liminal desde un segundo punto de vista: a pesar de la ocultación, en el matadero tiene lugar un rito de paso que le convierte de animal a carne en un espacio perfectamente delimitado (el matadero) y es operado por un especialista (el matarife), cuya consideración social es especial de cara al resto del grupo (comúnmente se considera que la gente que trabaja en los mataderos debe ser de una “pasta” especial, parecida a la de la gente que trabaja en pompas fúnebres). Ni qué decir tiene que en todo este tinglado, el animal juega un papel de mediador simbólico porque se le está escamoteando su condición de ser vivo, su condición objetiva y biológica de poseer una vida.

En el primer texto, la autora se acerca al tema a través del análisis de la consideración social y simbólica de la casquería (o despojos) y vincula la consideración de la casquería como comida “de segunda” o que genera rechazo porque evoca directamente a los órganos vitales del animal, no a la “carcasa” que contiene esa vida (carne y hueso). Comerse el hígado, el corazón, las tripas, los ojos, los testículos de un animal, remiten a su biología, no se puede escapar de ella.

En el segundo texto, lo hace a partir de la descripción etnográfica de la matanza de atunes (tonnara) en la isla de Favignana (Sicilia), la cual deviene un espectáculo turístico que incluso llegó a ser televisado en Francia. Vialles parte de la tonnara para hacer un análisis de la consideración simbólica de los peces (que es un caso parecido al de las aves) quienes no son considerados “verdaderos” animales. Vialles afirma que la construcción social de esta consideración es posible porque no son parecidos a nosotros, su vida se desarrolla en un medio (el acuático) que además de invisibilizarlos físicamente, es casi opuesto al nuestro. Diríamos que los peces encuentran vida donde nosotros encontraríamos muerte y viceversa. Pero, claro, para un pensamiento antropocéntrico como tiende a ser el nuestro, el viceversa cuesta de pensar. De ahí la visión de la pesca como una actividad inocente y en cuyo campo semántico no existe ninguna referencia a matar o a la muerte del pez.

Para ella, la clave para interpretar este tipo de prácticas hacia los animales no humanos está en la alelofagia, que vendría a significar que no nos comemos a los que son semejantes a nosotros. El tema está en qué y a quiénes consideramos semejantes y a quiénes diferentes…

No me quiero enrollar, para eso he puesto los links…

A lo que iba. En su libro Le sang et la chair [traducido al inglés como «Animal to Edible»], a Vialles no le tiembla el pulso (como sí les tiembla a otros) al hacer un paralelismo entre los mataderos y los campos de exterminio nazis. A quien esta comparación le parezca muy “agosarada” (he de reconocer que a mí, en su día y en un primer momento, me lo pareció), solo me gustaría remitirle, como bien nos recuerda J.M. Coetzee, a un pequeño pero significativo dato histórico: la visita que hicieron los nazis a los mataderos de Chicago, por aquel entonces, los más avanzados e innovadores del mundo. El objetivo de Himmler y compañía era tomar ejemplo de los métodos industriales más avanzados de producción ganadera y poder así aplicarlos a su matanza particular (también conocida como “solución final”) de seres humanos.

Por cierto, si se quiere conocer un poquito la visión del escritor sudafricano y premio nobel de literatura, J.M. Coetzee, sobre la aberración de la producción industrial de animales para el consumo de carne, dejo este link de un artículo muy breve (aunque en inglés): «Exposing the beast: factory farming must be called to the slaughterhouse». Como dice Coetzee, lo que nos tendría que horrorizar no es tanto que los judíos hubieran sido tratados como animales durante el holocausto, sino que lo que nos tendría que parecer un auténtico horror y un crimen contranatura es que cualquier ser viviente fuera considerado una unidad de un proceso industrial.

Sobre Coetzee y este tema, dejo un link de mi admiradísimo Rafael Narbona quien, en uno de sus magníficos posts, sintetiza esta visión de Coetzee y hace un repaso por algunos aspectos filosóficos clave acerca de los derechos de los animales y de la consideración moral de éstos. : «Los derechos de los animales (Coetzee y algo de filosofía)». [Por cierto, muy recomendable el post y el blog en general para quienes, como a mí, en el instituto les hicieran leer, por desgracia, Ética para Amador en esa clase de contenido algo difuso y claramente dudoso que llamaban “Ética”]

Ya que estoy con referencias, no es que me gusten mucho estas que voy a poner ahora, porque solo quería hablar de los textos de Vialles y dentro del ámbito de la antropología, pero bueno, ya que estoy, pues las pongo. Pues eso, el clásico dentro del gremio vegan, Charles Patterson, Eternal Treblinka: Our Treatment of Animals and the Holocaust (Lantern Books, 2002), en español traducido con el desafortunadísimo título de Por qué maltratamos tanto a los animales (el editor del libro no se enteró de nada. Y qué cruz con lo del maltrato!! El problema no está en si los tratamos mal o bien, sino en cómo los consideramos). Por cierto, el título de Patterson es un homenaje al escritor y premio Nobel, Isaac Bashevis Singer, quien dijo: «En lo que respecta a los animales, todos somos nazis. Para los animales es un eterno Treblinka».

En torno a este tema, suscribo la frase de Rafael Narbona de que sólo el que ha mirado a los ojos de un animal en el matadero y no ha descubierto su profundo desamparo, puede ignorar que Auschwitz y un matadero industrial nacen del mismo desprecio hacia la vida y el dolor ajenos. 

Y para los que crean que “esto de los animales” no merece su atención y que creen que me pongo muy pesada con este tema, decía Albert Camus en sus Reflexiones sobre la guillotina (1957):

Como escritor, siempre me han repugnado ciertas complacencias; como hombre, creo que los aspectos repelentes de nuestra condición, si bien son inevitables, deben ser afrontados en silencio. Pero cuando el silencio o las argucias del lenguaje contribuyen a mantener vivo un abuso que debe ser reformado o una desdicha que puede aliviarse, no hay otra solución que hablar claro y mostrar la obscenidad que se oculta bajo la capa de las palabras.

Hablar claro y mostrar la obscenidad del lenguaje y, añadiría yo (en un alarde de vanidad extrema imperdonable), la obscenidad de la cultura y de sus representaciones simbólico-cognitivas, que en definitiva lenguaje y cultura, tanto monta, monta tanto. Pues eso, que no me callo.


nina oveja

P.D.: Ahora que pienso, esta entrada de hoy pega bastante con las fechas en las que estamos…

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La del lobito…

Lobito

Corderos

Ilustraciones de Crist para el libro «Érase una vez» de J. A. Goytisolo (Ediciones Colihue, 1993).

Ayer desde la ventana, mientras tendía la ropa, oí esta canción. Mi madre nos la cantaba a mi hermana y a mí cuando éramos pequeñas antes de dormir, por lo que escucharla, ni que sea de casualidad, siempre produce en mí una especie de efecto “madalena de Proust”. Por aquel entonces, lo que me gustaba de la canción era que hablaba de lobitos, príncipes y piratas que hacían cosas que no tocaban, pero parecía justo y divertido que, ni que fuera por una sola vez, todo fuera así. Ya de más mayor, siendo consciente del significado y de lo simbólico del poema de José Agustín Goytisolo, me sigue gustando por el mismo motivo.

El audio es de Paco Ibáñez en l’Olympia de Paris en 1969. Me gusta cuándo dice que siempre se ha preguntado quién será ese lobito al que se refiere el cuento…

El Forat de la Vergonya – “remember” del documental de Falconetti Peña.

forat vergonya

Más cosas que deben estar en este blog. Aprovecho para colgar un documental que si bien ya tiene unos añitos y tal vez mucha gente ya lo conoce, me parece que es extraordinario y que debe estar aquí, sí o sí.  Además, desgraciadamente no está tan pasado de moda como pudiera parecer. En muchas ciudades esto es lo que hay, especulación inmobiliaria a costa de las clases populares, esas que no queda bien que se vean y menos en la “millor botiga del món” que es Barcelona.  El motivo de mi “revisita” a este documental  tiene una especie de trasfondo sentimental recién surgido, pues a pesar de que hace relativamente poco que vivo en esta parte del barrio, le estoy cogiendo muchísimo cariño. Sé que si algún día tengo que dejar esta ciudad, voy a echarlo mucho de menos. Aunque ya lo dice el dicho, “roda el món y torna al Born”.

El documental se llama “El Forat” (El agujero). Es el documental que hizo Falconetti Peña en 2004 sobre el Forat de la Vergonya, en el barrio de Sant Pere y Santa Caterina (Casc Antic de Barcelona). El Forat de la Vergonya (el agujero de la vergüenza) es el nombre popular con el que la gente del barrio bautizó, a raíz de lo que se muestra en el documental, la zona que hoy en día el ayuntamiento llama oficialmente Jardins del Pou de la Figuera, que es el espacio público que queda entre las calles Sant Pere Més Baix, Jaume Giralt, Metges i Carders. Lo pongo porque además de un ejemplo de lucha vecinal y de lucha de las clases populares por conservar un espacio que debería estar al servicio de todos y no al servicio de los especuladores, además de eso, es un ejemplo y un orgullo de apropiación popular del espacio público que emociona solo de verlo.

Dejo la sinopsis que hizo el propio autor y abajo el link del documental completo. Si no lo habéis visto, espero que os guste y que os emocione como a mí.

***

Entre 2000 y 2003, PROCIVESA; la Empresa Inmobiliaria encargada de reestructurar diversas áreas de la Barcelona vieja, expropió a bajo precio varias manzanas de la Ribera. Luego las derribó. Los vecinos bautizaron el nuevo espacio vacío surgido donde antes estaban sus casas como el Forat de la Vergonya (el Agujero de la Vergüenza). Con ello denunciaban una situación que consideraban degradante por múltiples razones: el abandono en que los poderes públicos había sumido a un barrio ya de por sí muy castigado, las obras interminables, la pérdida de derechos de los realojados en pisos nuevos, etc.

El malestar se concretó en una acción singular: en las Navidades de 2001 a 2002, un pequeño colectivo de vecinos plantó un abeto de Navidad en la tierra de nadie, justo enfrente de la última manzana habitada pendiente de derribo. Con ello reivindicaban conseguir una zona verde donde el Ayuntamiento tenía previsto construir un parking y nuevos apartamentos para estudiantes.

El abeto se convirtió rápidamente en el símbolo de un conflicto que se ha devenido en ejemplo paradigmático de las contradicciones urbanísticas de la nueva Barcelona.

Empecé a grabar en las navidades del 2000. De los balcones del Forat colgaban carteles y pancartas reivindicativas: “FORA ESPCULADORS DEL BARRI”, “LOS VECINOS QUEREMOS ZONA VERDE”, “DERECHO A LOS CONTRATOS INDEFINIDOS”.

Al poco tiempo volví a pasar por el Forat. El abeto había sido cortado. Los vecinos sospechaban muy seriamente de PROCIVESA como autora o inductora de la tala. Plantaron otro abeto que una semana después amaneció repentinamente seco: lo habían envenenado. Sembraron un tercer abeto de navidad en pleno mes de mayo.

Mientras tanto, PROCIVESA, nerviosa ante el cariz que empezaba a tomar el asunto, aceleraba los derribos recurriendo a métodos brutales. Una mañana apareció en el Forat un grupo de okupas que, rápidamente, se instaló en varios edificios abandonados. Lógicamente, eso despertó el interés de la policía, cuya presencia se hizo más constante en la zona.

He querido mostrar en el documental la capacidad de resistencia de las clases populares a las agresiones del ejército inmobiliario que asola la ciudad.

Chema Falconetti

Y más paseos por la City… un ‘remember’ de L.E.S. y East Village (fotolibro comentado – segundo fascículo)

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Segunda entrega del fotolibro turístico en fascículos para familiares y amigos. Ya sé que soy un poco pesada con el temita, pero primero, es mi blog y hago lo que me da la gana. Segundo, es que tengo que amortizar el viaje y tercero es que, como dije en la primera entrega, aprovecho el espacio para colgar el fotolibro que prometí en su momento y que no enseñé en su día. Lo que sucede es que voy a mi ritmo de tortuguita y ya llevo un año de restraso, por eso se está haciendo todo como más cansino. Si hubiera tenido el blog antes, lo hubiera hecho antes. Y también quiero que esto me sirva de recuerdo personal. Y no sé por qué doy tantas explicaciones ni a quién se las estoy dando, pero en fin… Espero que no se me junte esta entrega de fascículos con otro viaje de estos así tan intensos y se me colapsen las historietas porque me puedo tirar haciendo fotogalerías toda la vida… Bueno, he dicho que espero que no, pero en realidad miento: ¡ojalá me pasara eso!

Otra cosa: lo que comento un poquito aquí son impresiones mías, que seguramente estén equivocadas y la realidad real sea otra. Seguro que alguien que conozca mejor la ciudad y su historia puede tener mil objeciones a lo que digo, pero lo que quiero poner aquí son solo eso, impresiones que me llevé al pasar por estos lugares y que en su momento recogí en mi especie-de-diario de campo, aunque llamarle diario de campo a lo que uno escribe y anota cuando va de turista es un poco cutre, lo sé, pero ya se me entiende.

Pues lo dicho, que cuelgo una fotogalería de esas anti-artísticas de las mías de East Village y Lower East Side (LES). Son dos barrios distintos pero que bien podrían ser uno, pues me pareció que tenían muchos rasgos en común. De hecho, mucha gente considera que es el mismo, pero bueno. Ambos están en la parte Este de Manhattan, separados por una calle muy ancha, Houston St., y al oeste delimitados más o menos por Bowery St..

Sobre LES, la impresión que tuve paseando por allí es que lo están haciendo “digievolucionar” al “hipsterismo-gafapasta” que predomina en la parte baja de Manhattan, pero a pesar de ello, tiene su encanto. Me pareció también que es un sitio donde la población de tradición y origen judío está bastante presente. La verdad es que el sitio tiene su rollito. Orchard St, Rivington St y alrededores, con sus tiendas (Moo Shoes y las tremendas Baby Cakes, ese vegan power!), el mercado de Essex…

De LES, he de decir que donde más rato pasé fue en el Whole Foods de Houston St, donde me pasé bastantes horas flipando con todos los productos eco y vegan. Allí, muchas veces me compraba la cena a peso (con salsitas incluídas) antes de ir a descansar. Solo un inciso sobre Whole Foods: decir que me los recorrí prácticamente todos. No había entrado nunca en estos supermercados (aquí la cateta al habla…) y cuando por casualidad di con uno de ellos (el de Tribeca, concretamente), casi muero de la emoción. Pasillos enteros de comida vegan, estanterías enteras de no-quesos, yogures de soja de todos los sabores y colores, el pasillo de harinas y de mil pijadas más para hacer pasteles, postres y frostings…. Y la fruta y la verdura, ¡qué pinta! Cuando volví a Barcelona y entré de nuevo a comprar al Veritas, el impacto comparativo fue sobrecogedor…

Pero a mí lo que me enamoró de verdad fue East Village. Pasear por ese barrio fue como estar dentro de un videoclip de The Ramones, The Clash o Led Zeppelin. Me gustó el aire rocker-decadente que se respira, de la época del punk rock, cuando este barrio aún era un barrio de gente humilde y de clase trabajadora y donde también la droga por desgracia estaba haciendo estragos entre la juventud de la época. Tuve la impresión que aún no está tan-tan gentrificado como el SOHO o Greenwich Village, o como lo empieza a estar ya LES, aún hay muchos edificios por rehabilitar y cierta “degradación” en las fachadas y las calles es más que evidente. Por supuesto que lo están transformando y “limpiando” para ponerlo todo bien caro y que venga toda la panda hipster y yuppie (esa typical NYC), pero todavía vi mucha población inmigrante (es decir, trabajadores inmigrantes, currantes, me refiero). Por ejemplo, me acuerdo también del Tompkins Square Park donde estaban repartiendo platos de comida caliente a mendigos y demás gente que lo necesitaba y que normalmente está en ese parque. También está plagado de community gardens, lo cual no sé si interpretarlo como que hay mucha vida de barrio o como que la cosa está empezando a repoblarse de yuppies-happy-eco-people de esos con pinta de intelectuales que van en bici y que pretenden crear algo parecido a la vida de barrio, pues forma parte de su visión romántica de un mundo mejor con relaciones más humanas y de proximidad (eso sí, dentro del ombligo del capital, pero bueno, paradojas urbanas fascinantes). Las casas de tattoos de St. Marks Place, la mítica tienda Trash and Vaudeville de ropa punk, rocker, rockabillie, mod y gótica y que vestía a las juventudes de todos estos movimientos alternativos (algunos dirían “tribus urbanas”, pero no me gusta mucho este concepto, porque a parte de anticuado, estos eran y significaban mucho más que lo que connota el término) que surgieron en este barrio alrededor del Rock’n’roll y de la música en los 70’s-80’s. The Ramones, por ejemplo, sacaban de esta tienda las vestimentas para los conciertos. En sus tiempos, East Village era el barrio del rock, donde se movían sus gentes y sus músicas, donde estaban salas de concierto tan míticas como CBGB, Electric Circus y Fillmore East, entre otras. En fin, que aún se respira un poquito ese aire, aún aún queda algo. Lo que ahora tiene más bien un punto de aire nostálgico de todo lo que fue, parece como que ya solo queda un rastro tenue de perfume de todo aquello.

Y luego, está también la Alphabet City, que se supone que en los 80 era un sitio muy chungo y peligroso. Leí que, sobre la mala fama de estas calles del alfabeto, que son las únicas de Manhattan que en lugar de por números se llaman por letras, parece que medio en broma se decía esto:

Avenue A, you’re All right (aware) – Avenida A, estás bien (estate al tanto).
Avenue B, you’re Brave (beware) – Avenida B, eres valiente (ten cuidado).
Avenue C, you’re Crazy (caution!) – Avenida C, estás loco (peligro!).
Avenue D, you’re Dead (death) – Avenida D, estás muerto (muerte).

Pero en definitiva, de todas las zonas que visité de Manhattan, creo que East Village es una de las pocas donde todavía se respira un poco de autenticidad. Me pareció un rincón real. East Village es todavía un poquito como dice la canción del Serrat, de “gent d’arreu que penca i beu, que sua i menja” (gente de todas partes, que curra y bebe, que suda y come), con sus cosas bonitas y sus miserias. Esas miserias, que no son otra cosa que la muestra de vida de los barrios populares, que los planes urbanísticos quieren tapar como sea, porque hacen feo y no quedan bien en las fotos de los turistas. Esto en NYC lo saben bien y, bueno, en Barcelona por supuesto que también, no nos quedamos cortos.

Así como en el Soho o en el Meatpacking, personalmente no me sentí demasiado en la onda con el rollito este fashion, chic&cool, que va del palo casual, pero que es de lujo y pijo a morir, como que me sentía un tanto desubicada, ya que no solo no es mi estilo, sino que además este rollo me da un poco de rabia, pero bueno… pues eso, que en East Village, la verdad es que fue todo lo contrario, me sentí como pez en el agua.  No quiero decir con eso que, por ejemplo, no disfrutara del ambiente cool del Soho o del encanto exclusivo del Meatpacking District o de la rareza de alto standing y de película de Tribeca. Supongo que una de las muchas maravillas de esta ciudad es que es tan diversa que cada uno puede encontrar su rinconcito particular con el que identificarse o en el que sentir que va más con su manera de vivir y de estar en el mundo.

whole earthPor cierto, unas palabrejas para The Whole Earth Bakery & Kitchen y su dueño Peter.  Es, bueno era, una tienda de comida vegana para llevar, sobre todo, de pasteles, bollería, smoothies y demás cositas dulces (aunque también saladas), donde me encantó el cariño y la cercanía con la que trataban a los clientes. Me comí un cheese(less)cake de arándanos riquísimo acompañado de un café XL, que, por cierto, me tomé en muy buena compañía. Un viejo y muy entrañable vecino del barrio y amigo del dueño me estuvo explicando, mientras compartíamos la única mesa del pequeño local, algunas historias y luchas de East Village y sus gentes humildes. Whole Earth, a parte de ser un lugar libre de crueldad y libre de especismo, era un lugar sencillo y de barrio, y cuyo dueño, Peter y su gente desde sus inicios en este barrio popular y rocker colaboraban activamente en la lucha social y participaban en acciones reivindicativas y activas para mejorar la vida de la gente del barrio, que muchas veces malvive en la calle, o que es inmigrante y acaba de llegar o que tiene problemas serios con el alcohol y las drogas. Es una lástima que hace justo un par de meses, Peter tuviera que cerrar la tienda, abierta desde 1978, como consecuencia de un desahucio. Así de asqueroso es el mundo en el que vivimos. Dejo un poema de despedida que una poeta callejera dedicó a la desaparecida Whole Earth Bakery:

The End;
We’ll miss you
Whole Earth Bakery,
with your beginning 
steeped in history — riot, clubs, 
screaming protest–

Vegan pastries, 
only a few can master
them– delicate, melt in mouth–

Your departure
will leave a silence 
the birds will peck at,

your playlist 
turned to personal kitchen
where friends will laugh
and remember the East Village
with a little taste from heaven.

Abigail Mott
December 28, 2012

Y bueno, cuelgo la galería de fotos anunciada y luego, no puedo evitar poner un link de una canción mítica e histórica de The Ramones, un poco para ir a juego con el ambientillo del post. Espero que quien lea, escuche y vea la entrada de hoy, le guste, y por lo menos, si no es ni con lo leído, ni con lo visto (la calidad de la escritura y de las fotografías reconozco que son más que cuestionables), pues por lo menos, que disfrute con la música.

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The Ramones, “Sheena is a punk rocker”, en directo en CBGB, New York 1977: