Máscaras anti-gas

occupy gezi

“Hay un problema que se llama Twitter”. Esta es la afirmación que hizo hace unos días el primer ministro turco, Recept Tayyip Erdogan, aludiendo a la supuesta toxicidad del intercambio de información vía redes sociales. A través de estos medios, el contenido de la información se hace más difícil de controlar sutilmente por el poder (control sutil e indirecto, como les gusta hacerlo para que todo parezca democrático), dada la inmediatez y la multisituacionalidad de las fuentes de las que emana toda esa información. Esta “toxicidad” parece que radica también en la capacidad de twitter y demás redes virtuales de interconectar a las personas y movilizarlas virtualmente a espacios y tiempos concretos donde, como por arte de magia, en un momento dado, devendrán presencias corpóreas, reales. Con estas declaraciones, Erdogan quiso responsabilizar así a las redes sociales de los disturbios en Estambul y otras ciudades turcas. O mejor dicho, más que responsabilizar, de esta manera, lo que quiso hacer fue justificar e intentar legitimar los ataques represivos brutales de la policía hacia los ciudadanos turcos.

Quería poner esta linda foto del pajarito de twitter con la máscara anti-gas. Creo que la máscara se ha convertido ya en todo un símbolo del levantamiento del pueblo turco contra su Estado, contra el neoliberalismo y contra el capital. La máscara anti-gas ya no solo es la máscara de autoprotección de los manifestantes turcos contra los lacrimógenos y el gas pimienta con los que la policía les ataca en las calles, sino que también, la máscara anti-gas se ha convertido a nivel global en el símbolo que representa y evidencia la toxicidad del estado, de la democracia, del capitalismo y de sus gobernantes. El aire de la democracia neoliberal es ya irrespirable para demasiados. El capitalismo y su más fiel servidor, el Estado, nos están ahogando hasta matarnos.

Dejo aquí un genial fragmento de lo que recientemente ha escrito Rafael Narbona sobre lo que está sucediendo en Turquía. Son unas reflexiones que suscribo completamente y lo copio y pego literalmente de su blog porque, como casi siempre que leo a Narbona, me veo incapaz de expresarlo mejor:

Sólo hay una cosa clara. Los pueblos se rebelan contra el Nuevo Orden Mundial. El Neoliberalismo no es una escuela del pensamiento económico, sino la fórmula ideada por el capitalismo para perpetuar la explotación y la desigualdad. Los turcos que protestan en la calle no obran a ciegas. No son “saqueadores” o “terroristas”. Saben lo que hacen. Por eso, gritan “Abajo el fascismo”, “Unidos con codo contra el fascismo” o “Erdogan, dictador, llegó tu hora”. Simplificando, piden libertad, justicia y solidaridad. Su clamor es un clamor universal que ya se ha escuchado en Madrid, Atenas, París, Roma, Dublín y Lisboa. Saber que la policía ha atacado las sedes del Partido Comunista en Turquía me infunde cierta esperanza, pues confirma que el fantasma del comunismo sigue vivo, dispuesto a quitarle el sueño a los ricos y poderosos. En el mundo actual, no hay muchos motivos para el optimismo, pero contemplar las calles de Estambul en llamas y con el asfalto roto me hace sonreír, pensando que el espíritu humano renace en el momento más inesperado. Los turcos luchan con la dignidad del esclavo que se alza contra sus amos, sin ignorar que la victoria es la posibilidad más remota. Su ejemplo debería extenderse por el resto del planeta, sobre todo en países como España, donde el paro, la pobreza, los desahucios y la desnutrición infantil afectan a un porcentaje escandaloso de personas. Ya lo dije una vez y lo repito. La indignación debería convertirse en insurrección. Si alguien me considera un exaltado, le recuerdo el caso de un niño de una escuela de Girona al que le sorprendieron hace unos días hurgando en la basura. “Eso está mal”, dijo la maestra. “¿Por qué?”, replicó el niño. “Es lo que hace mi mamá”. Otro niño se permitió un gesto de humor: “Traigo un bocadillo mágico. Pan con pan”. Mientras se producen estas escenas, Amancio Ortega ya es la tercera fortuna del planeta con 43.000 millones de euros. El contraste es obsceno y profundamente inmoral. Ojalá las calles de Madrid, Barcelona, Valencia o Donostia imiten a los turcos, pero sin batucadas ni consignas pacifistas. No hacen falta reformas, sino una revolución. Los estudiantes que se rebelaron en mayo de 1968 no se equivocaban al escribir en las paredes: “No pongas parches; la estructura está podrida”. Una estructura podrida nunca podrá ser la base de un mañana ético, sin niños hambrientos ni trabajadores explotados.

Rafael Narbona.

Fragmento extraído del blog http://www.rafaelnarbona.es

Para leer su post completo, que lo recomiendo 100%: pinchar aquí.

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