Perpet(r/u)adores de la barbarie y el dolor agónico

Este miércoles y jueves pasados (10 y 11 de julio) se ha estado debatiendo en el Congreso de los Diputados la ILP protaurina que pretende declarar la tauromaquia Bien de Interés Cultural (BIC). Esta Iniciativa Legislativa Popular ha sido promovida por la Federación de Entidades Taurinas de Catalunya, que siguen rabiando ansiosos de contemplar sangre y tortura taurinas en estas tierras. Recordemos que en Catalunya, el 28 de julio de 2010, tras una dura ILP, se aprobó la abolición de las corridas de toros y la ley entró en vigor en enero de 2012.

Todos sabemos que van a aprobar la ILP sin problemas y con honores y laureles. Con el gobierno casposo que tenemos (y otros que no están en el gobierno pero que también están en el Congreso), ni siquiera hacía falta promoverla, como seguramente tampoco hará falta promover que vuelvan a poner la hurraca en la bandera oficial del estado, ni que vuelvan a hacer cantar el cara al sol a los escolares, todo llegará “solo”. En cualquier caso, me parece curioso que esta ILP, que quiere que la tauromaquia siga siendo subvencionada y protegida con dinero público al serle otorgado el reconocimiento este que llaman “BIC”, esté pasando bastante desapercibida entre la gente, incluso en los grandes medios del Régimen. No sé si es bueno o es malo, pero por lo menos, es curioso porque yo entendía que las ILP eran cuestiones que preocupaban al pueblo (y que por lo tanto estaban en la calle, se hablaba de ello, etc.) y no tengo esta sensación de que se hable de ello salvo en círculos animalistas o antianimalistas. No sé si esa indiferencia de la gente de la calle es porque los que callan otorgan y están de acuerdo (aunque hubieran ido raudos y veloces a firmar la ILP, no?) o más bien es porque a nadie le parece vital que la tauromaquia sea BIC. También hacer notar que estos de la ILP protaurina han conseguido poco más de 500.000 firmas en todo el Estado (las mínimas requeridas) en casi 12 meses (la ILP antitaurina de Catalunya recogió 105.000 firmas solo en Catalunya, más del doble de las mínimas requeridas, y en solo 4 meses, que era el plazo marcado por ley aquí) y va a conseguir la aprobación en el Congreso. La ILP de la PAH, que pedía una solución económica y social para los afectados por la estafa de las hipotecas, llegó al congreso con más de 1.400.000 firmas y la tumbaron. En fin. Será un tema de prioridades.

José Enrique Zaldívar es veterinario de la Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia (AVAT). En su comparecencia (muy parecida a la que en su día dió en el Parlament) explica de manera muy clara y creo que muy bien argumentada con datos objetivos, las consecuencias de la lidia en el toro, el daño que se le inflige a este durante la lidia desde un punto de vista físico y las lesiones físicas y anatómicas que se le producen al toro y el dolor que como consecuencia de ello, sufre en lenta agonía hasta su muerte. Por eso he puesto el link, no es muy largo y creo que vale la pena escucharlo.

Como veréis que dice Zaldívar, incluso en los propios reglamentos de la lidia, se usan términos como “castigo” y “agonía”. ¿Pero esto no habíamos quedado que solo era propio de humanos? Aaa…migos… Es lo de siempre: lo que se niega del animal (capacidad de sentir emociones-miedo, dolor, ira, etc., capacidad de sufrir, de sentir dolor físico) es justamente lo que se usa para estructurar una práctica y provocar los resultados que se buscan en el animal: que el toro reaccione de una manera determinada para que desempeñe el papel que le han asignado dentro del show, que no es otro que el rol de toro “bravo” y que “pelea” (lucha por su vida ante un ataque salvaje para el que nadie le ha entrenado ni le ha avisado previamente). De esta manera, el macabro espectáculo parece una coreografía artística. Sí, y es macabro, sí, y eso no se puede negar, porque aún en el caso de que no supiéramos ni viéramos el sufrimiento del toro, lo que sí se ve es cómo se burla al toro, cómo se le humilla, cómo se le hiere, cómo sangra, cómo se le da muerte. Y eso no me puede negar nadie que es lo que se ve si se mira una corrida. El espectáculo es macabro si uno observa desde fuera a aquellos que, no solo les importa una mierda el sufrimiento de un animal, sino que además les hace gracia y es lo que pagan por ver.

No me quiero enrollar mucho más, pero evidentemente la clave está en la consideración del toro y el lugar que ocupan los animales dentro de la “cosmovisión” de nuestra sociedad. En nuestra sociedad los animales no-humanos son no-personas (no solo que no son considerados personas, sino que son individuos que son definidos justamente por negación y contraposición: no-persona/no-humano), por tanto, el sufrimiento de un animal no-humano no es relevante. Estoy cansada de ver estudios panegíricos y etnografías pretendidamente “objetivas” sobre la “fiesta” y en ninguna se dedica siquiera un capítulo a hablar del toro (pero no en términos simbólicos, metafísicos, estéticos, no: hablar del toro y de lo que le pasa a este). El toro simplemente no es un “otro”, no es ni social, ni individual, ni etnográficamente relevante y por tanto se omite, no está. No importa. En cuanto al espectáculo en sí, nadie considera importante que un animal sufra, da lo mismo. La empatía se frena cuando el “otro” es un animal no-humano. La empatía no ha lugar cuando consideramos que el “otro” no solo no tiene nada en común con “nosotros”, sino que además consideramos que posee atributos antitéticos a nosotros y que consideramos moralmente inferiores a los nuestros.

En fin. Barbarie, en la segunda acepción de la RAE, significa “fiereza, crueldad”. Y no nos referimos a la bestias, no. A pesar de que para griegos y romanos el bárbaro siempre era el (y lo) que venía de fuera, paradójicamente en este caso, el bárbaro, es el que pretende institucionalizar y perpetuar por ley la barbarie desde dentro, es justamente el que está aquí y es el que se considera el más legitimado para representar y hablar en nombre de la cultura y de la identidad autóctonas.

Que no me cuenten milongas tradicionalistas, ni artísticas, ni literarias, ni estéticas: infligir un castigo a un animal para provocarle agonía y muerte sabiendo perfectamente y reconociendo que se le provoca dolor, es simplemente inaceptable. Por ahí no paso, no. Solo espero que algún día los animales humanos dejen a los toros y al resto de animales vivir y morir en paz.

Divagaciones en torno a “The Master” de Paul Thomas Anderson.

“El hombre no pertenece al reino animal”. Este es el mantra que hacen escuchar y escribir a Freddie Quell una y otra vez. Mientras Freddie oye (más que escucha) el mensaje que sale a través de sus auriculares, éste escribe en su libreta “Do you want to fuck?” (¿Quieres echar un polvo?), dibuja una cara sonriente y le enseña la nota a la chica que tiene sentada enfrente, también con los auriculares puestos, muy aplicada ella, al tiempo que él la mira fijamente con una pícara sonrisa buscando la aprobación a su propuesta.

Hace unos días se estrenó en España The Master de Paul Thomas Anderson, una película que algun@s veníamos esperando con ansia desde hacía ya unos cuantos meses desde que se estrenó en el festival de Venecia. Lo bueno se hace esperar, dicen. Y ciertamente, así es en este caso. The Master es un peliculón. Con todas las letras.

Pero como esto no es un blog de cine, sino que es otra cosa, mi intención no es hacer un análisis cinematográfico ni ponerla en relación con la historia del cine, más que nada porque no tengo ni idea de cine y no me quiero meter en camisas de once varas. Lo que quiero hacer aquí es grosso modo lo que en cualquier caso intenta hacer siempre un antropólogo y que bien se podría resumir con la mítica frase que Lisa (Grace Kelly) le espeta a Jeff (James Stewart) en The Rear Window: “Tell me exactly what you saw and what you think it means” (Cuéntame exactamente qué viste y qué crees que significa). Espero no convertir esto en un spoiler, sino en un post que anime a ver la peli y a reflexionar acerca de lo que se podría interpretar, pues una de las cosas que más me gustaron del planteamiento es que no es unívoco y juega con la insinuación, dejando muchos aspectos en el aire, sobre todo en cuanto a la relación entre los dos personajes principales, lo cual propicia la reflexión del espectador.

Pues bien, The Master narra la historia de un veterano de guerra que ha quedado tocado y hundido por la violencia vivida durante su periplo a bordo de un barco de combate de la US-Navy durante la II Guerra Mundial y que no ha encontrado otra vía más que el alcohol para apaciguar el dolor. Una vez finalizada la guerra, el protagonista, de alguna manera, ya no tiene ningún objetivo concreto por el que luchar en la vida, con lo cual, está condenado a vagar por el mundo, desorientado, sin norte, perdido.

Esta desorientación vital y esta frustración del protagonista es interpretada por Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), el Maestro, creador y líder de una nueva docrtrina llamada “la Causa”, como un obstáculo que impide a Freddie interiorizar las pautas y normas de conducta social y “elevar” su espíritu hasta convertirse en un ser humano, en un ser pretendidamente superior, dominado por la razón y cuya felicidad es directamente proporcional al grado de seguimiento de las convenciones y constricciones propias de la ceremonia constante que conlleva la vida en sociedad.

Freddie es presentado como un animal y con los rasgos de interacción social que, en general, identificamos con el comportamiento animal: es un ser eminentemente físico, corpóreo, dominado por el instinto, regido por las pulsaciones sexuales y de autoconservación, por la defensa y protección de su corporalidad más inmediata y de su territorio vital, dominado por las emociones y los sentimientos más básicos y elementales de la existencia. Cuando siente que invaden su espacio vital y no tiene espacio para recular y restablecerlo, ataca violentamente. Freddie se nos muestra como un ser dominado, en definitiva, por todo aquello que desde la “racionalidad” humana occidental se ha tachado peyorativamente de comportamiento animal e inhumano, por supuesto, siempre partiendo de esta dualidad conceptual (y moral) de hombre versus animal, como si en efecto, fueran dos naturalezas distintas, separadas y, sobre todo, opuestas.

El personaje de Freddie pone en tensión y, sobre todo, en tela de juicio, el eterno debate entre naturaleza y cultura (o instinto y razón, o cuerpo y mente, etc.). Un debate que prácticamente solo se podría entender desde un punto de vista occidental, pues es en esta civilización donde se ha insistido, ya desde la Grecia clásica (si no antes!) en convertirlas en dos esferas conceptuales separadas, como si lo que hace el ser humano (o sea, la cultura) no formara parte del resto de cosas (la naturaleza). Por no entrar en el concepto de naturaleza, término totalmente etnocéntrico y antropocéntrico, que resulta de considerar lo que nos rodea como algo separado de lo propiamente humano.

Según este paradigma explicativo y que en el filme vine representado por la doctrina del Maestro Lancaster Dodd, la razón o la racionalidad es lo que nos hace humanos y nos separa de las “bestias”. La vida del individuo es una lucha por vencer y anular al animal que lleva dentro. En este caso concreto, se podría resumir la racionalidad como la capacidad humana para ceñirse y someterse a las reglas sociales y al orden público establecido. Así, el hombre dejaría su condición inicial de animal porque se ha dado cuenta de que, aceptando según qué constricciones, son más grandes los beneficios que los perjuicios. En otras palabras: en un momento de la historia, el hombre racional puso en un plato de la balanza su salvajismo o, mejor dicho, su individualidad y su deseo de libertad y, en el otro, puso su sumisión a las normas sociales. Se dio cuenta de que obtenía más beneficios poniéndose el “corsé” social, y renunció a su parte animal. Entonces fue cuando surgió el Homo sapiens.

Pues mira tú cómo son las cosas que casualmente, unos días antes de ver la película, leí una entrada de Manuel Delgado en su blog en el que hace algunas breves consideraciones históricas acerca del origen del amor, que creo que son pertinentes y bastante interesantes en relación a la peli. Delgado hace un repaso referenciado al origen de la idea de racionalidad en el siglo XVIII y cómo a partir de ahí, los instintos pasan a ser asociados no a la naturaleza, sino a una patología del alma, a una desviación. La razón humana se convierte en la vía para tranquilizar y dominar las apetencias carnales, pues es en ellas donde se entiende que está la causa de las conductas antisociales. A partir de aquí, surge el concepto de amor, vinculado a la idea de “utilidad” (siempre el maldito utilitarismo, que no hay manera de sacárselo de encima…) y a la idea de vida en familia. Por supuesto, en este contexto, el amor sería algo muy alejado del dejarse llevar por los instintos y las pulsiones carnales, sino el interés por el bienestar común (el de la pareja y por extensión, la familia, en este caso concreto). [El link al blog está a la derecha, en Omniverso particular, entrada del 01 enero de 2013]. Pues justo ahí es donde se podría situar la mentalidad de Lancaster Dodd y sobre todo la de su mujer, Peggy, la cual acaba siendo la más firme defensora de la doctrina de la Causa (poniendo a raya más de una vez a su marido, como en la secuencia de la masturbación después de la fiesta).

Por cierto, como se ve, el tema de la Cienciología, que tanto morbo causa a algunos periodistas y críticos de cine no es el tema de la película. En El País, por ejemplo, el otro día sacaban una entrevista a Paul Thomas Anderson en la que el periodista no hacía más que preguntarle por la Cienciología, no sé si es que el periodista no había visto la película o si simplemente es que era imbécil. En fin, dejo el link también por si pica la curiosidad: aquí. El surgimiento de la cienciología, no es más que un contexto histórico y social que PTA toma para hacérselo venir bien y abordar el tema que le interesa tratar. Pero nada más.

A lo que iba: para el Maestro Dodd, firme defensor de estos principios (por lo menos teóricamente o, cuando menos, de puertas hacia fuera), la domesticación o el adiestramiento mediante repetición se presentan como la solución que debe refrenar la naturaleza animal de Freddie, sacarlo de su desviación, enterrar al animal y elevarlo a la condición de humano. Freddie, un animal salvaje (o un animal, a secas), se convierte entonces en un animal de laboratorio con el que experimentar. Y hay que decir que la forma de Joaquin Phoenix de poner en escena el personaje te hace pensar claramente en un animal de laboratorio o en un animal salvaje en cautividad. De hecho, en diversas entrevistas, el actor explica que para preparar el personaje visionó grabaciones de animales en cautividad, en zoos, en perreras y en laboratorios de experimentación para replicar los movimientos corporales y los comportamientos de estos. Aprovecho para dejar el link de un par de estas entrevistas que me parecen muy interesantes, porque el actor además de esto, explica cómo interpretó la personalidad del personaje para darle cuerpo y forma en la pantalla:

Entrevista en Time

Entrevista en Interview Magazine (esta es especialmente interesante)

Pero claro, una vez el director nos presenta estos dos polos opuestos (Freddie y Dodd), ¿qué sucede? Pues sucede que las cosas no son tan claras, ni tan unidireccionales como las quiere pintar el Maestro Dodd (o como las pintan muchos, no hace falta irse a la Dianética, ni a la película). Y además es justamente esa defensa radical de la racionalidad que hace Dodd, la que hace nacer la sospecha más que fundada de que la doctrina de la Causa se la inventa sobre la marcha y la que le deja al descubierto, dejándonos entrever su faceta de líder manipulador, que solo ansía el poder y el reconocimiento personal.

Por otra parte, lo que le demuestra constantemente Freddie es que, ante todo y por mucho que los humanos insistamos en ponernos el “corsé social”, el animal que somos sigue estando ahí. Podemos debatir sobre si la razón (y la racionalidad) es una construcción social o es la esencia que hace del hombre un ser superior, pero no podemos dudar en ningún caso sobre si nuestro cuerpo está ahí o no. Y si está el cuerpo y lo físico (y lo fisiológico si se quiere), está el lazo con el reino animal. Sin el cuerpo y todo lo asociado a él, no hay razón ni mente que valgan. Y eso Dodd lo sabe perfectamente, pues lo primero que le dice a Freddie cuando se conocen, es que le es familiar. Dodd se reconoce y se encuentra reflejado en él. Para Dodd, Freddie es la conexión con su instinto, con sus pulsiones sexuales, con sus emociones, con su corporalidad. Pero eso no quita, que al mismo tiempo, Freddie le sea útil para desarrollar su ciencia y venderla a gente ansiosa por encontrar un sentido a su vida y que les haga pensar en la valía de su miserable existencia.

Y ¿qué pasa con Freddie? Personalmente, creo que Freddie al principio está aterrado, tiene miedo, porque no sabe cómo desenvolverse en el mundo, pero al final pienso que se da cuenta de que Dodd no le va a “curar” y en realidad no sé si él busca que le curen. Freddie conecta con Dodd justamente en ese punto de “animalidad”, de hecho, a él, Dodd también le es familiar. La relación que establece con éste no es de hijo-padre, sino que Freddie actúa con instinto animal: aunque Freddie sospecha de que buena parte de lo que predica Dodd es mentira, le defiende con saña, pero no porque se sienta deudor de la ayuda que le está brindando, sino por lealtad hacia Dodd, porque le reconoce como igual. Obviamente todo esto que estoy soltando aquí es interpretación mía, quede claro. Repito que la gracia de la peli es esta.

Pienso que Freddie, tal vez sospecha que no le tienen que curar de nada, que a él no le compensa la renuncia a la individualidad, a la libertad. El final de la peli, cuando se reencuentra en Inglaterra con Dodd, creo que es bastante revelador en ese sentido: en realidad, ¿de qué le deberían curar? Ya sé que no viene al caso, pero viendo la película me acordé de Adela, la yonqui (dicho con cariño) que habitualmente está en la esquina de mi casa, que siempre le dice a la gente: “Yo puedo estar muy loca, ya lo sé, pero no tengo un pelo de tonta”. Pues Freddie Quell igual. Puede que esté loco, que su conducta tienda a ser antisocial, pero no tiene un pelo de tonto. ¿Está dispuesto a pagar el precio de “curarse”? ¿Hasta qué punto tiene sentido despreciar la condición de animal para ganarse la inclusión social? ¿Libertad o barbarie? (desde el punto de vista de la siempre hipotética concepción de la vida de Freddie, barbarie equivaldría a reprimir su condición de animal y someter su cuerpo a la norma social y a la lógica racional).

En cualquier caso, ¿hasta qué punto tiene sentido preguntarse todas estas cosas, puesto que no podemos elegirlas ni descartar ninguna de ellas? Yo creo que esto es lo que quiere reflejar Paul Thomas Anderson. Aunque desde mi punto de vista, se decanta levemente en pos de la parte animal o instintiva o corporal del ser humano, la reivindica. El filme le recuerda al hombre cuál es su naturaleza y deja en entredicho las imposiciones rituales de la vida social (controlar el cuerpo, controlar la emoción, controlar el instinto, etc.) que de alguna manera, acaban alienando a las personas convirtiendo la vida social humana en una barrera, en algo contranatura, cuando, por definición, no debería serlo.

La verdad es que la compleja relación entre estos dos personajes tan opuestos y al mismo tiempo tan parecidos es fascinante y, a mi modo de entender, temas técnicos y estéticos al margen, es lo que hace que la historia sea tan apasionante. Uno es lo que anhela el otro, pero en realidad uno es el espejo del otro. Y ambos devienen conscientes de ello en el decurso de la película. El propio Joaquin Phoenix ha definido la película como una bonita historia de amor. Y estoy totalmente de acuerdo, a mí también me lo pareció.

[Para los que quieran una crítica seria y profesional de la película, dejo el link de la de Javier Ocaña en El País]