20-N

La Historia (o si se quiere, el relato histórico oficial), siempre tiende a “decantarse” del lado de los vencedores. ¿A quién le importan los perdedores dentro de este imaginario capitalista de ganadores o perdedores? Esto en España (por este motivo y, sobre todo, por otros motivos derecho-fachosos bien sabidos, también conocidos como “La Transición” o el timo de la estampita), se traduce en que, bien con alegría o bien con tristeza, pero siempre se acaba recordando lo que les pasó a los fascistas. Sin embargo, el 20 de noviembre, otros preferimos recordar y reivindicar la figura de luchadores que dejaron la vida para acabar con el fascismo y que murieron por la libertad y por dejarnos un mundo mejor.

“El cadáver llegó a Barcelona tarde por la noche. Había llovido todo el día y los coches que escoltaban el féretro estaban llenos de barro. La bandera rojinegra que cubría el coche fúnebre estaba sucia. En la casa de los anarquistas, que antes de la revolución había sido la sede de la Cámara de Industria y Comercio, los preparativos ya habían comenzado el día anterior. El vestíbulo había sido transformado en capilla ardiente. Como por milagro, todo se había hecho a tiempo. La ornamentación era simple, sin pompa ni detalles artísticos. De las paredes colgaban paños rojos y negros, un baldaquín del mismo color, algunos candelabros, flores y coronas: eso era todo. Sobre las dos pueras laterales, por donde debía pasar la multitud en duelo, se había colocado, a la usanza española, grandes letreros donde se leía: “Durruti os dice que entréis” y “Durruti os dice que salgáis”.

Unos milicianos vigilaban el féretro, con los fusiles en posición de descanso. Después, los hombres que habían venido con el ataúd desde Madrid, lo condujeron a la casa. A nadie se le había ocurrido abrir los grandes batientes del portal, y los portadores del féretro tuvieron que estrecharse al pasar por una pequeña puerta lateral. Les había costado abrise paso a través de la multitud que se agolpaba ante la casa. Desde las galerías del vestíbulo, que no habían sido decoradas, miraban unos curiosos. El ambiente era de expectativa, como en un teatro. La gente fumaba. Algunos se quitaban la gorra, a otros no se les ocurría hacerlo. Había mucho ruido. Algunos milicianos que venían del frente, eran saludados por sus amigos. Los centinelas trataban de hacer retroceder a los presentes. También esto causaba ruido. El hombre encargado de la ceremonia daba indicaciones. Alguién tropezó y cayó sobre una corona. Uno de los que llevaban el ataúd encendió cuidadosamente su pipa, mientras la tapa del féretro era levantada. El rostro de Durruti yacía sobre seda blanca, bajo un vidrio. Tenía la cabeza envuelta en una bufanda blanca que le daba aspecto de árabe.

Era una escena trágica y grotesca a la vez. Parecía un aguafuerte de Goya. La describo tal como la ví, para que se pueda entrever lo que conmueve a los españoles. La muerte, en España, es como un amigo, un compañero, un obrero que se conoce en el campo el taller. Nadie alborota cuando viene, se quiere a los amigos, pero no se los importuna. Se los deja ir y venir como quieran. Quizás el viejo fatalismo de los moros que reaparece aquí, después de encubrirse durante siglos bajo los rituales de la Iglesia católica.

Durruti era un amigo. Tenía muchos amigos. Se había convertido en el ídolo de todo un pueblo. Era muy querido, y de corazón. Todos los allí presentes en esa hora lamentaban su pérdida y le ofrendaban su afecto. Y sin embargo, aparte de su compañera, una francesa, sólo vi llorar a una persona: una vieja criada que había trabajado en esa casa cuando todavía iban y venían por allí los industriales, y que probablemente nunca lo había conocido personalmente. Los demás sentían su muerte como una pérdida atroz e irreparable, pero expresaban sus sentimientos con sencillez. Callarse, quitarse la gorra y apagar los cigarrillos, era para ellos tan extraordinario como santiguarse o echar agua bendita.

Miles de personas desfilaron ante el ataúd de Durruti durante la noche. Esperaron bajo la lluvia, en largas filas. Su amigo y su líder había muerto. No me atrevería a decir hasta qué punto era dolor y hasta qué punto curiosidad. Pero estoy seguro de que un sentimiento les era completamente ajeno: el respeto ante la muerte.

El entierro se llevó a cabo al día siguiente por la mañana. Desde el principio fue evidente que la bala que había matado a Durruti había alcanzado también el corazón de Barcelona. Se calcula que uno de cada cuatro habitantes de la ciudad había acompañado su féretro, sin contar las masas que flanqueaban las calles, miraban por las ventanas y ocupaban los tejados e incluso los árboles de las Ramblas. Todos los partidos y organizaciones sindicales sin distinción habían convocado a sus miembros. Al lado de las banderas de los anarquistas flameaban sobre la multitud los colores de todos los grupos antifascistas de España. Era un espectáculo grandioso, imponente y extravagante; nadie había guiado, organizado ni ordenado a esas masas. Nada salía de acuerdo a lo planeado. Reinaba un caos inaudito.

El comienzo del funeral había sido fijado para las diez. Ya una hora antes era imposible acercarse a la casa del Comité Regional Anarquista. Nadie había pensado en bloquear el camino que el cortejo fúnebre recorría. Los obreros de todas las fábricas de Barcelona se habían congregado, se entreveraban y se impedían mutuamente el paso. El escuadrón de caballería y la escolta motorizada que debían haber encabezado el cortejo fúnebre se hallaban totalmente bloqueados, estrujados por la muchedumbre de trabajadores. Por todas partes de veían coches cubiertos de coronas, atascados e imposibilitados de avanzar o retroceder. Con un esfuerzo mayúsculo se logró allanar el camino para que los ministros pudieran llegar al féretro.

A las diez y media, el ataúd de Durruti, cubierto con una bandera rojinegra, salió de la casa de los anarquistas llevado en hombros por los milicianos de su columna. Las masas dieron el último saludo con el puño en alto. Entonaron el himno anarquista “Hijos del pueblo”. Se despertó una gran emoción. Por alguna razón, o por error, se había hecho venir a dos orquestas: una tocaba muy bajo y otra muy alto. No lograban tocar al mismo compás. Las motocicletas rugían, los coches tocaban la bocina, los oficiales de las milicias hacían señales con sus silbatos, y los portadores del féretro no podían avanzar. Era imposible organizar el paso de una comitiva en medio de ese tumulto. Ambas orquestas volvieron a ejecutar la misma canción una y otra vez. Ya habían renunciado a mantener el mismo ritmo. Se escuchaban los tonos pero la melodía era irreconocible, Los puños seguían en alto. Por último cesó la música, descendieron los puños y se volvió a escuchar el estruendo de la muchedumbre en cuyo seno, sobre los hombros de sus compañeros, reposaba Durruti.

Pasó por lo menos media hora antes que se despejara la calle para que la comitiva pudiera iniciar su marcha. Transcurrieron varias horas hasta que llegó a la plaza Cataluña, situada sólo a unos centenares de metros de allí. Los jinetes del escuadrón se abrieron paso, cada uno por su lado. Los músicos, dispersados entre la multitud, trataron de volver a reunirse. Los coches cargados de coronas dieron un rodeo por las calles laterales para incorporarse por cualquier parte al cortejo fúnebre. Todos gritaban a más no poder.

No, no eran las exequias de un rey, era un sepelio organizado por el pueblo. Nadie daba órdenes, todo ocurría espontáneamente. Reinaba lo imprevisible. Era simplemente un funeral anarquista, y allí residía su majestad. Tenía aspecto extravagante, pero en ningún momento perdía su grandeza extraña y lúgubre.

Los discursos fúnebres se pronunciaron al pie de la columna de Colón, no muy lejos del sitio donde una vez había luchado y caído a su lado el mejor amigo de Durruti (N. del E. ese amigo era Ascaso)

García Oliver, el único superviviente de los compañeros habló como amigo, como anarquista y como ministro de Justicia de la República española.

Después tomó la palabra el cónsul ruso. Concluyó su discurso, que había pronunciado en catalán, con el lema “¡Muerte al fascismo!”. El presidente de la Generalitat, Companys, habló hasta el final: “¡Compañeros!”, comenzó y terminó con la consigna “¡Adelante!”

Se había dispuesto que la comitiva fúnebre se disolviera después de los discursos. Sólo algunos amigos de Durruti debían acompañar el coche fúnebre al cementerio. Pero este programa no pudo cumplirse. Las masas no se movieron de su sitio; ya habían ocupado el cementerio, y el camino hacia la tumba estaba bloqueado. Era difícil avanzar, pues, para colmo, miles de coronas habían vuelto intransitables las alamedas del cementerio.

Caía la noche. Comenzó a llover otra vez. Pronto la lluvia se hizo torrencial y el cementerio se convirtió en un pantano donde se ahogaban las coronas. A último momento se decidió postergar el sepelio. Los portadores del féretro regresaron de la tumba y condujeron su carga a la capilla ardiente.

Durruti fue enterrado al día siguiente”.

H. E. Kaminski (escritor alemán, 1899-1963)

Fuente: contraindicaciones.net

durruti timbre

La Barcelona que volem – La Barcelona que queremos

Cuelgo este documental de 1997 dirigido por Juan Gamero y que se emitió en su día en La2 de Televisión Española dentro del espacio “La Noche Temática”, dedicado al movimiento anarquista en España. Visto el panorama que tenemos actualmente y la pena de televisión pública que tenemos -que ni en los mejores tiempos del NO-DO-, me parece increíble que este tipo de documentales los produjera TVE.  De verdad que hoy creo que sería impensable que la televisión del régimen pagara y emitiera un documental sobre este tema.

Para quien no lo haya visto, el documental explica la experiencia y la transformación social que se vivió en la zona del bando republicano de la mano del movimiento anarcosindicalista y anarco-comunista en la llamada “revolución española” durante la Guerra Civil (1936-1939). Habla de cómo se transformó la sociedad y cómo se pudieron empezar a poner en práctica las ideas anarco-comunistas y libertarias, esa utopía anarquista tan supuestamente irrealizable y que tanto nos echan en cara todos esos que, o bien están en contra de la libertad, o bien tienen miedo de ser libres y dejar de obedecer porque así se lo han inculcado desde la escuela.

Durante la revolución, la Barcelona obrera y cenetista fue el centro desde el que se difundieron y propagaron el ideal libertario y la revolución social. Es tal vez el único orgullo que nos queda ya a algunos barceloneses que estamos hartos y avergonzados de algunas cosas que suceden en esta ciudad. Por lo menos para mí, justamente el pasado anarquista y obrero de Barcelona y lo que narra el documental es uno de los motivos por los que me resisto a renegar de la ciudad.

Desde los Juegos Olímpicos del 92, las políticas capitalistas y neoliberales han convertido esta maldita ciudad en un museo, en un centro de especulación urbanística y turística, en la que se puede mirar, pero no tocar y en la que todo lo que queda feo a la vista (como los pobres, los sintecho, los drogadictos, las prostitutas, los inmigrantes, etc.) hay que esconderlo debajo de la alfombra para que las fotos de los turistas salgan tan bonitas como los fotogramas de Vicky, Cristina, Barcelona.

El documental muestra una ciudad y una mentalidad de la gente obrera muy alejada de los valores aburguesados y adormilados de la mayoría de sus habitantes de hoy. Este es un link que tenía que estar en el blog. La del documental es la Barcelona que se cargaron con gusto los fascistas y sus discípulos pseudodemócratas de hoy, por eso creo que es bueno y necesario recuperar estos documentales, para que no caiga en el olvido en el que ellos insisten y que tan fervorosamente desean.

El Forat de la Vergonya – “remember” del documental de Falconetti Peña.

forat vergonya

Más cosas que deben estar en este blog. Aprovecho para colgar un documental que si bien ya tiene unos añitos y tal vez mucha gente ya lo conoce, me parece que es extraordinario y que debe estar aquí, sí o sí.  Además, desgraciadamente no está tan pasado de moda como pudiera parecer. En muchas ciudades esto es lo que hay, especulación inmobiliaria a costa de las clases populares, esas que no queda bien que se vean y menos en la “millor botiga del món” que es Barcelona.  El motivo de mi “revisita” a este documental  tiene una especie de trasfondo sentimental recién surgido, pues a pesar de que hace relativamente poco que vivo en esta parte del barrio, le estoy cogiendo muchísimo cariño. Sé que si algún día tengo que dejar esta ciudad, voy a echarlo mucho de menos. Aunque ya lo dice el dicho, “roda el món y torna al Born”.

El documental se llama “El Forat” (El agujero). Es el documental que hizo Falconetti Peña en 2004 sobre el Forat de la Vergonya, en el barrio de Sant Pere y Santa Caterina (Casc Antic de Barcelona). El Forat de la Vergonya (el agujero de la vergüenza) es el nombre popular con el que la gente del barrio bautizó, a raíz de lo que se muestra en el documental, la zona que hoy en día el ayuntamiento llama oficialmente Jardins del Pou de la Figuera, que es el espacio público que queda entre las calles Sant Pere Més Baix, Jaume Giralt, Metges i Carders. Lo pongo porque además de un ejemplo de lucha vecinal y de lucha de las clases populares por conservar un espacio que debería estar al servicio de todos y no al servicio de los especuladores, además de eso, es un ejemplo y un orgullo de apropiación popular del espacio público que emociona solo de verlo.

Dejo la sinopsis que hizo el propio autor y abajo el link del documental completo. Si no lo habéis visto, espero que os guste y que os emocione como a mí.

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Entre 2000 y 2003, PROCIVESA; la Empresa Inmobiliaria encargada de reestructurar diversas áreas de la Barcelona vieja, expropió a bajo precio varias manzanas de la Ribera. Luego las derribó. Los vecinos bautizaron el nuevo espacio vacío surgido donde antes estaban sus casas como el Forat de la Vergonya (el Agujero de la Vergüenza). Con ello denunciaban una situación que consideraban degradante por múltiples razones: el abandono en que los poderes públicos había sumido a un barrio ya de por sí muy castigado, las obras interminables, la pérdida de derechos de los realojados en pisos nuevos, etc.

El malestar se concretó en una acción singular: en las Navidades de 2001 a 2002, un pequeño colectivo de vecinos plantó un abeto de Navidad en la tierra de nadie, justo enfrente de la última manzana habitada pendiente de derribo. Con ello reivindicaban conseguir una zona verde donde el Ayuntamiento tenía previsto construir un parking y nuevos apartamentos para estudiantes.

El abeto se convirtió rápidamente en el símbolo de un conflicto que se ha devenido en ejemplo paradigmático de las contradicciones urbanísticas de la nueva Barcelona.

Empecé a grabar en las navidades del 2000. De los balcones del Forat colgaban carteles y pancartas reivindicativas: “FORA ESPCULADORS DEL BARRI”, “LOS VECINOS QUEREMOS ZONA VERDE”, “DERECHO A LOS CONTRATOS INDEFINIDOS”.

Al poco tiempo volví a pasar por el Forat. El abeto había sido cortado. Los vecinos sospechaban muy seriamente de PROCIVESA como autora o inductora de la tala. Plantaron otro abeto que una semana después amaneció repentinamente seco: lo habían envenenado. Sembraron un tercer abeto de navidad en pleno mes de mayo.

Mientras tanto, PROCIVESA, nerviosa ante el cariz que empezaba a tomar el asunto, aceleraba los derribos recurriendo a métodos brutales. Una mañana apareció en el Forat un grupo de okupas que, rápidamente, se instaló en varios edificios abandonados. Lógicamente, eso despertó el interés de la policía, cuya presencia se hizo más constante en la zona.

He querido mostrar en el documental la capacidad de resistencia de las clases populares a las agresiones del ejército inmobiliario que asola la ciudad.

Chema Falconetti