Y más paseos por la City… un ‘remember’ de L.E.S. y East Village (fotolibro comentado – segundo fascículo)

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Segunda entrega del fotolibro turístico en fascículos para familiares y amigos. Ya sé que soy un poco pesada con el temita, pero primero, es mi blog y hago lo que me da la gana. Segundo, es que tengo que amortizar el viaje y tercero es que, como dije en la primera entrega, aprovecho el espacio para colgar el fotolibro que prometí en su momento y que no enseñé en su día. Lo que sucede es que voy a mi ritmo de tortuguita y ya llevo un año de restraso, por eso se está haciendo todo como más cansino. Si hubiera tenido el blog antes, lo hubiera hecho antes. Y también quiero que esto me sirva de recuerdo personal. Y no sé por qué doy tantas explicaciones ni a quién se las estoy dando, pero en fin… Espero que no se me junte esta entrega de fascículos con otro viaje de estos así tan intensos y se me colapsen las historietas porque me puedo tirar haciendo fotogalerías toda la vida… Bueno, he dicho que espero que no, pero en realidad miento: ¡ojalá me pasara eso!

Otra cosa: lo que comento un poquito aquí son impresiones mías, que seguramente estén equivocadas y la realidad real sea otra. Seguro que alguien que conozca mejor la ciudad y su historia puede tener mil objeciones a lo que digo, pero lo que quiero poner aquí son solo eso, impresiones que me llevé al pasar por estos lugares y que en su momento recogí en mi especie-de-diario de campo, aunque llamarle diario de campo a lo que uno escribe y anota cuando va de turista es un poco cutre, lo sé, pero ya se me entiende.

Pues lo dicho, que cuelgo una fotogalería de esas anti-artísticas de las mías de East Village y Lower East Side (LES). Son dos barrios distintos pero que bien podrían ser uno, pues me pareció que tenían muchos rasgos en común. De hecho, mucha gente considera que es el mismo, pero bueno. Ambos están en la parte Este de Manhattan, separados por una calle muy ancha, Houston St., y al oeste delimitados más o menos por Bowery St..

Sobre LES, la impresión que tuve paseando por allí es que lo están haciendo “digievolucionar” al “hipsterismo-gafapasta” que predomina en la parte baja de Manhattan, pero a pesar de ello, tiene su encanto. Me pareció también que es un sitio donde la población de tradición y origen judío está bastante presente. La verdad es que el sitio tiene su rollito. Orchard St, Rivington St y alrededores, con sus tiendas (Moo Shoes y las tremendas Baby Cakes, ese vegan power!), el mercado de Essex…

De LES, he de decir que donde más rato pasé fue en el Whole Foods de Houston St, donde me pasé bastantes horas flipando con todos los productos eco y vegan. Allí, muchas veces me compraba la cena a peso (con salsitas incluídas) antes de ir a descansar. Solo un inciso sobre Whole Foods: decir que me los recorrí prácticamente todos. No había entrado nunca en estos supermercados (aquí la cateta al habla…) y cuando por casualidad di con uno de ellos (el de Tribeca, concretamente), casi muero de la emoción. Pasillos enteros de comida vegan, estanterías enteras de no-quesos, yogures de soja de todos los sabores y colores, el pasillo de harinas y de mil pijadas más para hacer pasteles, postres y frostings…. Y la fruta y la verdura, ¡qué pinta! Cuando volví a Barcelona y entré de nuevo a comprar al Veritas, el impacto comparativo fue sobrecogedor…

Pero a mí lo que me enamoró de verdad fue East Village. Pasear por ese barrio fue como estar dentro de un videoclip de The Ramones, The Clash o Led Zeppelin. Me gustó el aire rocker-decadente que se respira, de la época del punk rock, cuando este barrio aún era un barrio de gente humilde y de clase trabajadora y donde también la droga por desgracia estaba haciendo estragos entre la juventud de la época. Tuve la impresión que aún no está tan-tan gentrificado como el SOHO o Greenwich Village, o como lo empieza a estar ya LES, aún hay muchos edificios por rehabilitar y cierta “degradación” en las fachadas y las calles es más que evidente. Por supuesto que lo están transformando y “limpiando” para ponerlo todo bien caro y que venga toda la panda hipster y yuppie (esa typical NYC), pero todavía vi mucha población inmigrante (es decir, trabajadores inmigrantes, currantes, me refiero). Por ejemplo, me acuerdo también del Tompkins Square Park donde estaban repartiendo platos de comida caliente a mendigos y demás gente que lo necesitaba y que normalmente está en ese parque. También está plagado de community gardens, lo cual no sé si interpretarlo como que hay mucha vida de barrio o como que la cosa está empezando a repoblarse de yuppies-happy-eco-people de esos con pinta de intelectuales que van en bici y que pretenden crear algo parecido a la vida de barrio, pues forma parte de su visión romántica de un mundo mejor con relaciones más humanas y de proximidad (eso sí, dentro del ombligo del capital, pero bueno, paradojas urbanas fascinantes). Las casas de tattoos de St. Marks Place, la mítica tienda Trash and Vaudeville de ropa punk, rocker, rockabillie, mod y gótica y que vestía a las juventudes de todos estos movimientos alternativos (algunos dirían “tribus urbanas”, pero no me gusta mucho este concepto, porque a parte de anticuado, estos eran y significaban mucho más que lo que connota el término) que surgieron en este barrio alrededor del Rock’n’roll y de la música en los 70’s-80’s. The Ramones, por ejemplo, sacaban de esta tienda las vestimentas para los conciertos. En sus tiempos, East Village era el barrio del rock, donde se movían sus gentes y sus músicas, donde estaban salas de concierto tan míticas como CBGB, Electric Circus y Fillmore East, entre otras. En fin, que aún se respira un poquito ese aire, aún aún queda algo. Lo que ahora tiene más bien un punto de aire nostálgico de todo lo que fue, parece como que ya solo queda un rastro tenue de perfume de todo aquello.

Y luego, está también la Alphabet City, que se supone que en los 80 era un sitio muy chungo y peligroso. Leí que, sobre la mala fama de estas calles del alfabeto, que son las únicas de Manhattan que en lugar de por números se llaman por letras, parece que medio en broma se decía esto:

Avenue A, you’re All right (aware) – Avenida A, estás bien (estate al tanto).
Avenue B, you’re Brave (beware) – Avenida B, eres valiente (ten cuidado).
Avenue C, you’re Crazy (caution!) – Avenida C, estás loco (peligro!).
Avenue D, you’re Dead (death) – Avenida D, estás muerto (muerte).

Pero en definitiva, de todas las zonas que visité de Manhattan, creo que East Village es una de las pocas donde todavía se respira un poco de autenticidad. Me pareció un rincón real. East Village es todavía un poquito como dice la canción del Serrat, de “gent d’arreu que penca i beu, que sua i menja” (gente de todas partes, que curra y bebe, que suda y come), con sus cosas bonitas y sus miserias. Esas miserias, que no son otra cosa que la muestra de vida de los barrios populares, que los planes urbanísticos quieren tapar como sea, porque hacen feo y no quedan bien en las fotos de los turistas. Esto en NYC lo saben bien y, bueno, en Barcelona por supuesto que también, no nos quedamos cortos.

Así como en el Soho o en el Meatpacking, personalmente no me sentí demasiado en la onda con el rollito este fashion, chic&cool, que va del palo casual, pero que es de lujo y pijo a morir, como que me sentía un tanto desubicada, ya que no solo no es mi estilo, sino que además este rollo me da un poco de rabia, pero bueno… pues eso, que en East Village, la verdad es que fue todo lo contrario, me sentí como pez en el agua.  No quiero decir con eso que, por ejemplo, no disfrutara del ambiente cool del Soho o del encanto exclusivo del Meatpacking District o de la rareza de alto standing y de película de Tribeca. Supongo que una de las muchas maravillas de esta ciudad es que es tan diversa que cada uno puede encontrar su rinconcito particular con el que identificarse o en el que sentir que va más con su manera de vivir y de estar en el mundo.

whole earthPor cierto, unas palabrejas para The Whole Earth Bakery & Kitchen y su dueño Peter.  Es, bueno era, una tienda de comida vegana para llevar, sobre todo, de pasteles, bollería, smoothies y demás cositas dulces (aunque también saladas), donde me encantó el cariño y la cercanía con la que trataban a los clientes. Me comí un cheese(less)cake de arándanos riquísimo acompañado de un café XL, que, por cierto, me tomé en muy buena compañía. Un viejo y muy entrañable vecino del barrio y amigo del dueño me estuvo explicando, mientras compartíamos la única mesa del pequeño local, algunas historias y luchas de East Village y sus gentes humildes. Whole Earth, a parte de ser un lugar libre de crueldad y libre de especismo, era un lugar sencillo y de barrio, y cuyo dueño, Peter y su gente desde sus inicios en este barrio popular y rocker colaboraban activamente en la lucha social y participaban en acciones reivindicativas y activas para mejorar la vida de la gente del barrio, que muchas veces malvive en la calle, o que es inmigrante y acaba de llegar o que tiene problemas serios con el alcohol y las drogas. Es una lástima que hace justo un par de meses, Peter tuviera que cerrar la tienda, abierta desde 1978, como consecuencia de un desahucio. Así de asqueroso es el mundo en el que vivimos. Dejo un poema de despedida que una poeta callejera dedicó a la desaparecida Whole Earth Bakery:

The End;
We’ll miss you
Whole Earth Bakery,
with your beginning 
steeped in history — riot, clubs, 
screaming protest–

Vegan pastries, 
only a few can master
them– delicate, melt in mouth–

Your departure
will leave a silence 
the birds will peck at,

your playlist 
turned to personal kitchen
where friends will laugh
and remember the East Village
with a little taste from heaven.

Abigail Mott
December 28, 2012

Y bueno, cuelgo la galería de fotos anunciada y luego, no puedo evitar poner un link de una canción mítica e histórica de The Ramones, un poco para ir a juego con el ambientillo del post. Espero que quien lea, escuche y vea la entrada de hoy, le guste, y por lo menos, si no es ni con lo leído, ni con lo visto (la calidad de la escritura y de las fotografías reconozco que son más que cuestionables), pues por lo menos, que disfrute con la música.

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The Ramones, “Sheena is a punk rocker”, en directo en CBGB, New York 1977:

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La foule. La ville. La Piaf.

Auguste Renoir

Auguste Renoir, «Bal au Moulin de la Galette» (1876)

Como lo prometido es deuda (y nunca mejor dicho después del post del otro día sobre el tema), cuelgo el link de una de mis canciones favoritas de Édith Piaf, “La foule” o lo que es lo mismo, la multitud, la muchedumbre, el gentío, como se prefiera llamar. Este post haría pareja con el del cuento de E.A. Poe. Creo que tienen muchos puntos en común (y no solo en el título).

Me gusta por las impresiones que traza de la ciudad y de la vida urbana: la gente, el anonimato, los cruces de miradas y los amores fugaces, la velocidad de las imágenes, las pinceladas de vida que, a ritmo frenético, percibimos al cruzarnos y meternos y mezclarnos entre una multitud anónima dentro de la que nosotros mismos formamos parte… En fin, ya sé que no está muy de moda decir esto e igual tengo una visión demasiado romántica de la cosa urbana en sí, pero qué le voy a hacer, a mí me gustan las ciudades, las calles, la jungla urbana, cuanto más caótica, más movida y más viva y viviente, mejor.

Pongo la letra completa en francés y su traducción al castellano.

La foule

Je revois la ville en fête et en délire
Suffoquant sous le soleil et sous la joie
Et j’entends dans la musique les cris, les rires
Qui éclatent et rebondissent autour de moi
Et perdue parmi ces gens qui me bousculent
Étourdie, désemparée, je reste là
Quand soudain, je me retourne, il se recule,
Et la foule vient me jeter entre ses bras…

Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Écrasés l’un contre l’autre
Nous ne formons qu’un seul corps
Et le flot sans effort
Nous pousse, enchaînés l’un et l’autre
Et nous laisse tous deux
Épanouis, enivrés et heureux.

Entraînés par la foule qui s’élance
Et qui danse
Une folle farandole
Nos deux mains restent soudées
Et parfois soulevés
Nos deux corps enlacés s’envolent
Et retombent tous deux
Épanouis, enivrés et heureux…

Et la joie éclaboussée par son sourire
Me transperce et rejaillit au fond de moi
Mais soudain je pousse un cri parmi les rires
Quand la foule vient l’arracher d’entre mes bras…

Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Nous éloigne l’un de l’autre
Je lutte et je me débats
Mais le son de sa voix
S’étouffe dans les rires des autres
Et je crie de douleur, de fureur et de rage
Et je pleure…

Entraînée par la foule qui s’élance
Et qui danse
Une folle farandole
Je suis emportée au loin
Et je crispe mes poings,
maudissant la foule qui me vole
L’homme qu’elle m’avait donné
Et que je n’ai jamais retrouvé…

Traducción al castellano:

La multitud

Vuelvo a ver la ciudad en fiesta y en delirio
sofocada bajo el sol y la alegría
y escucho entre la música y los gritos,
las risas que estallan y resuenan a mi alrededor.
Y perdida entre la gente que me empuja
aturdida, desamparada, me quedo ahí.
Cuando de pronto me giro, él retrocede,
y la multitud me arroja entre sus brazos…
Llevados por la multitud que nos lleva,
nos arrastra
Apiñados uno contra el otro,
no formamos más que un solo cuerpo
y el torrente sin esfuerzo
nos empuja, encadenados uno al otro
y nos deja a los dos
risueños, embriagados y felices.

Arrastrados por la multitud que se abalanza
y que baila
una loca farándula,
nuestras manos permanecen unidas.
Y a veces en lo alto,
nuestros cuerpos enlazados levantan el vuelo
y vuelven a caer
risueños, embriagados y felices…

Y la alegría salpicada por su sonrisa
me atraviesa y salpica en el fondo de mi ser
pero de pronto ahogo un grito entre las risas
cuando la multitud viene a arrancarlo de entre mis brazos.

Llevados por la multitud que nos lleva,
nos arrastra,
nos aleja uno del otro.
Yo lucho y me resisto.
Pero el sonido de su voz
se atraganta entre las risas de los otros,
Y grito de dolor, de furor y de rabia
Y lloro…

Arrastrados por la multitud que se abalanza
y que baila
una loca farándula,
Me arrastran lejos
y aprieto los puños
maldiciendo a la multitud que me roba
al hombre que me había dado
y que nunca jamás volví a encontrar…

Recuerdos de Harlem: una experiencia religiosa

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Photo: David Goldman for The New York Times

La primavera pasada, ya pronto hará un año (¡Dios mío, el tiempo va volando!), pude por fin irme a dar una vuelta por Nueva York. Hice montón de fotos. Bueno, supongo que lo típico cuando uno va de turisteo. Pero en verdad no es que sea una apasionada de hacer fotos. Más bien todo lo contrario. Además, reconozco que soy bastante mala en esto del “arte de la fotografía”. Mis fotografías siempre, indefectiblemente, pierden belleza y encanto respecto al original. Por eso, suelo reprimirme y no tomo demasiadas, porque salen feas y total, no vale la pena. Además, es que no me gusta nada esto de tirar fotos, me distrae de lo importante y tengo la sensación que me pierdo buena parte de lo que está pasando delante de mis ojos.

Pues a todo esto, no sé qué me pasó esta vez, que me dio por tirar fotos “a tort i a dret”. No obstante, he de confesar que, en realidad, las fotografías las hice, además de para dar cuenta a familiares y amigos de lo que vi y para intentar transmitirles mediante imágenes instantáneas lo que viví y sentí allí durante esos días (aunque al final casi no lo hice…), sobre todo las tomé para mí, para uso personal e intransferible.

Esos pocos días allí fueron una especie de largo paseo durante el cual me dediqué casi exclusivamente a deambular, a vagar perdida dejándome llevar absorta y abrumada por las calles y rincones de esta mágica ciudad. La cosa es que como una, que no tiene mucho mundo recorrido y que cuando sale de casa solo le falta la boina de Marianico el Corto y se deja sorprender de manera muy facilona, pues todo el tiempo que pasé en Nueva York fue un no parar de emociones y sensaciones. Y tan plácidamente metida en mi papel de flâneuse ocasional, me sobrevino una necesidad espiritual, aunque casi fisiológica, de retener de alguna manera la experiencia y las sensaciones que estaba viviendo, de cogerlas y no dejarlas escapar para que se quedaran conmigo (o mejor dicho, yo con ellas) para siempre.

Sobra decir que la idea fue un estrepitoso fracaso. Las fotos salieron feas, planas, muertas. Imposible retener en ellas todo lo percibido, sentido, vivido. Pero, en fin, menos es nada y ciertamente, hoy cuando miro las fotos se me activan los recuerdos y, con ellos, puedo casi oír y sentir aún un tenue rumor de todo lo vivido allí. Si bien es cierto que la intensidad del recuerdo se va atenuando a medida que pasa el tiempo, por lo menos quedan las fotos.

Pues bien, un poquito de estos recuerdos son los que quería compartir hoy en el blog. He pensado que como al final no hice el prometido fotolibro de marras, pues así la family y los friends, pues pueden aprovechar para verlas. Lo que cuelgo aquí son algunas instantáneas de Harlem, un barrio en el que tuve la oportunidad de pasar buena parte del tiempo que estuve por allí y en el que me hubiera quedado para siempre. Aunque me olvidé de recoger cosas esenciales que ahora echo de menos: las tiendas y puestos en la calle de esencias y aceites, las infinitas tiendas de productos de belleza para negros, los cientos de peluquerías de hombres, el mercadillo africano, las entrañables groceries con luces de neón como las que atracan en las pelis de Harlem, la Malcolm Shabazz Mosque, el Lenox Lounge, los restaurantes de soul food (vegan too!), las canchas de street basket del Marcus Garvey Park, el constante chirrido de las ruedas de los coches al arrancar (solo lo escuché en Harlem!), la música a todo trapo saliendo de los coches…

Fue precisamente de Harlem de dónde me llevé la experiencia más intensa de todas las que viví en Nueva York. Asistir a una misa de domingo en la First Corinthian Baptist Church fue una auténtica experiencia religiosa. Y aunque seguramente no leerá nunca esto, aprovecho para agradecer a Georgia que hiciera sus más y sus menos con la gente de su comunidad para que se avinieran a acomodarme en la zona de aforo normal de la iglesia y no en la zona apartada (casi en la intemperie) donde colocan habitualmente a los turistas. Ciertamente, escuchar y ver un coro de gospel es un bonito espectáculo, aunque sea en domingo y a las 8 de la mañana, y no solo desde un punto de vista musical. Sin embargo, lo más intenso de la misa, sin ninguna duda, no está en el escenario, sino en las bancadas.

Recuerdo a las acomodadoras distribuyendo pañuelos y abanicos para calmar el calor y el sudor entre los asistentes, las grandes pantallas de plasma que retransmitían la misa y que además avisaban de las matrículas de los coches mal estacionados, la estética y la forma de vestir de domingo tan inconfundible de las mujeres (y de los hombres!) de Harlem, las señoras mayores con su sombrero, bailando y cantando enérgicamente todas y cada una de las canciones del coro, las entradas en trance de algunos fieles y coristas, los hombres clamando al cielo para hacer llegar su voz a las alturas celestiales… Por supuesto que también fue un verdadero placer escuchar y vivir el sermón del pastor Michael A. Walrond Jr., el pastor Mike, como le llaman los habituales de la FCBC y que como me decía Georgia -siempre recordándome que me fijara bien en que el pastor Mike daba el sermón en jeans y americana: “Aunque no seas creyente, escuchar al pastor Mike te deja buen rollo dentro del cuerpo y te vuelves a casa con las pilas cargadas para toda la semana”.

Pues bien.. paradójicamente y a pesar de esa necesidad loca que me entró de recolectar impresiones y recuerdos, resulta que me dejé llevar tanto por la situación y la emoción colectiva de la misa, que no pensé en guardar ningún testigo de lo que viví en la iglesia, de manera que no conservo más recuerdo que el que, por supuesto, permanece en mi memoria y en mi piel. C’est dommage.

En fin, ahí van las cuatro fotillas mal echadas de este barrio que por supuesto, no hacen honor ni a su encanto, ni a su emoción, ni a su espíritu humilde, ni a su historia, ni a sus héroes, ni a su mística, ni a su magia.

Y hasta aquí la mamarrachada turística del día.

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