The colors of New York – summer 1939

Ya sé que este video a estas alturas corre por todos los rincones de la red, pero es que lo he visto y no he podido resistirme a la tentación de colgarlo.

Es un video de Nueva York grabado en verano de 1939, por un turista francés, Jean Vivier. El estado de conservación de las imágenes, tomadas en Kodachrome de 16mm, es tremendo y la calidad del color es espectacular.

Está colgado en youtube en el canal del archivista italiano Vincent Romano (Romano-Archives) y parece que es solo una pequeño “tastet” de la grabación completa que hizo Vivier. Son solo 3 minutos, pero son una maravilla.

Por cierto, las imágenes de Harlem son bellísimas.

Espero que lo disfruten.

[LAMENTABLEMENTE EL VIDEO ESTÁ TEMPORALMENTE INHABILITADO, EL CANAL DE ROMANO-ARCHIVES VOLVERÁ A SUBIRLO A LA RED EN UNAS DOS SEMANAS. 08/06/2013. PACIENCIA…]

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«J’habite de l’autre côté», vida de inmigrante

Moi un noir

Sigo con mi neura personal de ir colgando las cosas que siempre pensé que me gustaría poner en un blog el día que tuviera uno. Y como últimamente no sé que me pasa que estoy muy “visual”, pues hoy también pondré un link de un video (para variar…).

Pues bien, lo que hoy quiero colgar aquí es un clásico de la antropología, aunque también se ha de decir que parece que es un documento importante para la historia del cine, más concretamente dentro de lo que los entendidos conocen como la Nouvelle Vague francesa, pues el documental en cuestión fue una fuente de inspiración para el gran Jean-Luc Godard y su cine. Ojo, que no es que me haya vuelto entendida en cine, no. Sigo tan pez como siempre. Por lo que hasta aquí la contextualización cinéfila y me vuelvo a la cosa antropológica, que no es que entienda mucho más, pero bueno, a lo mejor sí que me defiendo con un poco más de dignidad (no mucha más, pero…).

Moi, un noir (Yo, un negro) es una película del antropólogo y cineasta francés Jean Rouch. Es de 1958 y es una especie de película que no sabría bien cómo clasificar, pero que, para entendernos, bien se podría decir que está a medio camino entre el documental etnográfico y la ficción de una película “normal”. Es “muy Rouch”. De hecho, parece que el formato de la peli es justo lo que entusiasmó a Godard.

Jean Rouch en esta peli retrata la vida de los trabajadores inmigrantes que viven en un suburbio de la ciudad de Abidjan, cuando Costa de Marfil aún era una colonia francesa, aunque ya se estaban empezando a preparar las independencias en África. Aunque pueda parecer muy lejano, el tema es más cercano y familiar de lo que parece a primera vista. No deja de ser un trabajo sobre inmigración en contexto urbano. Al fin y al cabo, «un urbícola africano es siempre un urbícola» que decía Clyde Mitchell y «un minero africano es siempre un minero» (Epstein). De hecho, es uno de los trabajos pioneros en este tema. Y bueno, en particular, no deja de ser el mismo tema de mi investigación doctoral (supongo que en este momento se me está viendo el plumero de por qué lo pongo…).

Es fascinante ver cómo en esa época, tanto los antropólogos franceses como británicos, que hasta entonces se habían interesado únicamente en estudiar los pueblos africanos y sus rollos étnicos, tribales y todo eso (los nuer, los azande, los dogon, etc.), pues se empiezan a interesar en investigar cómo era la vida de los trabajadores extranjeros en contextos urbanos africanos marcados por la creciente actividad capitalista que propiciaba el “saqueo” colonial y postcolonial de primeras materias (cereales, café, madera, minerales, etc.) y la necesidad de mano de obra barata para llevarlo a cabo. Como digo, no solo fue Rouch. Por la misma época, en el Copperbelt (región de Zambia y República Centroafricana), en la zona colonial británica, Clyde Mitchell, Max Gluckman and company se pusieron al frente del mítico Instituto Rhodes-Livingstone, cuyos estudios pioneros sobre este tema y sus planteamientos teóricos y metodológicos son aún hoy un punto de referencia y una fuente de inspiración para muchos de los que trabajamos en este ámbito temático específico.

Moi, un noir nos enseña cómo es la vida cotidiana de Oumarou Gandara y Petit Jules, dos jóvenes originarios de Níger y a quienes Rouch deja que sean ellos mismos quienes nos cuenten su historia y nos enseñen su vida. Incluso les deja que se pongan ellos mismos el nombre de los personajes que quieren interpretar en el filme: Oumarou Gandara es Edward G. Robinson y Petit Jules es Eddie Constantine. El filme juega entremezclando la dura realidad que viven estos dos jóvenes y el contraste con sus sueños y aspiraciones de una vida ideal. Esos sueños de grandeza de Oumarou y Petit Jules que les hacen sobrellevar su duro día a día los construyen con un imaginario sacado de las películas de Hollywood y de los campeonatos de boxeo americanos. Aunque tal vez, a tenor de los motivos decorativos de los salones de belleza, bares y tiendas que vemos constantemente a lo largo de la película, tal vez ese imaginario que les hacía soñar en ser como los actores y actrices de las películas americanas, no solo estaba en la cabeza de estos dos jóvenes, sino que lo estaba en las de toda la juventud obrera colonial de Treichville.

Ya no comento más, porque sino no acabo. Es una película muy bonita y es extraordinaria, de verdad. Las pelis de Jean Rouch son un placer. El link está en versión original en francés y subtitulado al inglés (siento no haberlo encontrado subtitulado al español…), pero creo que se puede entender y seguir bien. Por cierto, me encanta Dorothy Lamour.

Otro día ya me extenderé más en otras pelis geniales de Jean Rouch que también tienen que estar por aquí. Les maîtres fous, Petit à petit, La pyramide humaine, La chasse au lion à l’arc… A ver qué día aprendo a colgarlas en un dropbox o un photobucket de estos o algo así y no tener que tirar de youtubes, porque el día menos pensado quitan el video y se queda el post tirado. Paciencia, todo se andará.

Enjoy!


[P.D.: mensaje a los lectores de la primera versión nocturna (o vía mail) de este post: ciertamente, la noche a veces me confunde… fe de erratas… no es escuela de Chicago. La escuela a la que estaba directamente vinculado el Rhodes-Livingstone era obviamente la escuela de Manchester. Ya sé que Manchester y Chicago como que no están muy cerca. Pero a decir verdad, en realidad sí que lo están… Las tres escuelas (Chicago, Manchester y RLI) tenían plantemientos muy afines. Incluso algunos de los investigadores del Rhodes-Livingstone en particular recogieron directamente ideas de la ciudad y de lo urbano de Wirth, Blumer and company (los de Chicago)… Ahora que pienso, tampoco era un gran disparate esta confusión de ciudades (pero ha sido la costumbre…). En fin, que si no lo puntualizaba, no me quedaba tranquila.]

El meu carrer

De cuando el Serrat era el Serrat, dejo esta canción que además de formar parte de la banda sonora de mi infancia, no deja de ser algo parecido a un canto «antigentrificación». Lo siento por los friends del facebook, ya sé que me repito más que el ajo, pero ya sabéis que la creatividad no es mi fuerte.

(abajo, después del link del youtube, está la traducción al castellano)
el meu carrer copia

el meu carrer – mi calle

El meu carrer
és fosc i tort,
té gust de port
i nom de poeta.
Estret i brut,
fa olor de gent
i té els balcons plens
de roba estesa.

El meu carrer
no val dos rals:
són cent portals
trencats a trossos
i una font on
van a abeurar
infants i gats,
coloms i gossos.

És un racó on mai no entra el sol,
un carrer qualsevol.

El meu carrer
té cinc fanals
perquè els xavals
llancin pedrades.
Hi ha una pensió
i tres forns de pa,
i un bar
a cada cantonada.

El meu carrer
és gent d’arreu
que penca i beu,
que sua i menja,
i es lleven amb
el primer sol,
i van al futbol
cada diumenge,

o a fer esparral al volantí,
o a fer un dòmino amb vi.

El meu carrer
és un infant
que va berenant
pa amb oli i sucre,
i juga a daus
i a “cavall fort”,
mig bo, mig bord
escolà i cuca.

El meu carrer
del barri baix
viu al calaix
de les baldufes,
amb patacons,
i l’àlbum “Nestlé”
i els trossos
d’una vella estufa.

I a poc a poc se’m fa malbé
el meu carrer.

Joan Manuel Serrat (1970)

MI CALLE

(Joan Manuel Serrat, 1970)

Mi calle es oscura y torcida, tiene sabor a puerto y nombre de poeta.
Estrecha y sucia, huele a gente y tiene los balcones llenos de ropa tendida.

Mi calle no vale dos reales: son cien portales rotos en pedazos

y una fuente donde van a abrevar niños y gatos, palomas y perros.
Es un rincón donde nunca entra el sol, una calle cualquiera.

Mi calle tiene cinco farolas para que los chavales tiren pedradas.
Hay una pensión y tres hornos de pan, y un bar en cada esquina.

Mi calle es gente de todas partes que penca y bebe, que suda y come,
y se levantan con el primer sol y van al fútbol cada domingo,
o a pescar al volantín, o a jugar al dominó con vino.

Mi calle es un niño que va merendando pan con aceite y azúcar,
y juega a dados y a ‘cavall fort’, medio bueno, medio borde, monaguillo y pillo.

Mi calle del barrio bajo vive en el cajón de las peonzas, con los cromos,
y el álbum ‘Nestlé’ y los trozos de una vieja estufa.

Y poco a poco se me estropea
mi calle.

El Forat de la Vergonya – “remember” del documental de Falconetti Peña.

forat vergonya

Más cosas que deben estar en este blog. Aprovecho para colgar un documental que si bien ya tiene unos añitos y tal vez mucha gente ya lo conoce, me parece que es extraordinario y que debe estar aquí, sí o sí.  Además, desgraciadamente no está tan pasado de moda como pudiera parecer. En muchas ciudades esto es lo que hay, especulación inmobiliaria a costa de las clases populares, esas que no queda bien que se vean y menos en la “millor botiga del món” que es Barcelona.  El motivo de mi “revisita” a este documental  tiene una especie de trasfondo sentimental recién surgido, pues a pesar de que hace relativamente poco que vivo en esta parte del barrio, le estoy cogiendo muchísimo cariño. Sé que si algún día tengo que dejar esta ciudad, voy a echarlo mucho de menos. Aunque ya lo dice el dicho, “roda el món y torna al Born”.

El documental se llama “El Forat” (El agujero). Es el documental que hizo Falconetti Peña en 2004 sobre el Forat de la Vergonya, en el barrio de Sant Pere y Santa Caterina (Casc Antic de Barcelona). El Forat de la Vergonya (el agujero de la vergüenza) es el nombre popular con el que la gente del barrio bautizó, a raíz de lo que se muestra en el documental, la zona que hoy en día el ayuntamiento llama oficialmente Jardins del Pou de la Figuera, que es el espacio público que queda entre las calles Sant Pere Més Baix, Jaume Giralt, Metges i Carders. Lo pongo porque además de un ejemplo de lucha vecinal y de lucha de las clases populares por conservar un espacio que debería estar al servicio de todos y no al servicio de los especuladores, además de eso, es un ejemplo y un orgullo de apropiación popular del espacio público que emociona solo de verlo.

Dejo la sinopsis que hizo el propio autor y abajo el link del documental completo. Si no lo habéis visto, espero que os guste y que os emocione como a mí.

***

Entre 2000 y 2003, PROCIVESA; la Empresa Inmobiliaria encargada de reestructurar diversas áreas de la Barcelona vieja, expropió a bajo precio varias manzanas de la Ribera. Luego las derribó. Los vecinos bautizaron el nuevo espacio vacío surgido donde antes estaban sus casas como el Forat de la Vergonya (el Agujero de la Vergüenza). Con ello denunciaban una situación que consideraban degradante por múltiples razones: el abandono en que los poderes públicos había sumido a un barrio ya de por sí muy castigado, las obras interminables, la pérdida de derechos de los realojados en pisos nuevos, etc.

El malestar se concretó en una acción singular: en las Navidades de 2001 a 2002, un pequeño colectivo de vecinos plantó un abeto de Navidad en la tierra de nadie, justo enfrente de la última manzana habitada pendiente de derribo. Con ello reivindicaban conseguir una zona verde donde el Ayuntamiento tenía previsto construir un parking y nuevos apartamentos para estudiantes.

El abeto se convirtió rápidamente en el símbolo de un conflicto que se ha devenido en ejemplo paradigmático de las contradicciones urbanísticas de la nueva Barcelona.

Empecé a grabar en las navidades del 2000. De los balcones del Forat colgaban carteles y pancartas reivindicativas: “FORA ESPCULADORS DEL BARRI”, “LOS VECINOS QUEREMOS ZONA VERDE”, “DERECHO A LOS CONTRATOS INDEFINIDOS”.

Al poco tiempo volví a pasar por el Forat. El abeto había sido cortado. Los vecinos sospechaban muy seriamente de PROCIVESA como autora o inductora de la tala. Plantaron otro abeto que una semana después amaneció repentinamente seco: lo habían envenenado. Sembraron un tercer abeto de navidad en pleno mes de mayo.

Mientras tanto, PROCIVESA, nerviosa ante el cariz que empezaba a tomar el asunto, aceleraba los derribos recurriendo a métodos brutales. Una mañana apareció en el Forat un grupo de okupas que, rápidamente, se instaló en varios edificios abandonados. Lógicamente, eso despertó el interés de la policía, cuya presencia se hizo más constante en la zona.

He querido mostrar en el documental la capacidad de resistencia de las clases populares a las agresiones del ejército inmobiliario que asola la ciudad.

Chema Falconetti

La foule. La ville. La Piaf.

Auguste Renoir

Auguste Renoir, «Bal au Moulin de la Galette» (1876)

Como lo prometido es deuda (y nunca mejor dicho después del post del otro día sobre el tema), cuelgo el link de una de mis canciones favoritas de Édith Piaf, “La foule” o lo que es lo mismo, la multitud, la muchedumbre, el gentío, como se prefiera llamar. Este post haría pareja con el del cuento de E.A. Poe. Creo que tienen muchos puntos en común (y no solo en el título).

Me gusta por las impresiones que traza de la ciudad y de la vida urbana: la gente, el anonimato, los cruces de miradas y los amores fugaces, la velocidad de las imágenes, las pinceladas de vida que, a ritmo frenético, percibimos al cruzarnos y meternos y mezclarnos entre una multitud anónima dentro de la que nosotros mismos formamos parte… En fin, ya sé que no está muy de moda decir esto e igual tengo una visión demasiado romántica de la cosa urbana en sí, pero qué le voy a hacer, a mí me gustan las ciudades, las calles, la jungla urbana, cuanto más caótica, más movida y más viva y viviente, mejor.

Pongo la letra completa en francés y su traducción al castellano.

La foule

Je revois la ville en fête et en délire
Suffoquant sous le soleil et sous la joie
Et j’entends dans la musique les cris, les rires
Qui éclatent et rebondissent autour de moi
Et perdue parmi ces gens qui me bousculent
Étourdie, désemparée, je reste là
Quand soudain, je me retourne, il se recule,
Et la foule vient me jeter entre ses bras…

Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Écrasés l’un contre l’autre
Nous ne formons qu’un seul corps
Et le flot sans effort
Nous pousse, enchaînés l’un et l’autre
Et nous laisse tous deux
Épanouis, enivrés et heureux.

Entraînés par la foule qui s’élance
Et qui danse
Une folle farandole
Nos deux mains restent soudées
Et parfois soulevés
Nos deux corps enlacés s’envolent
Et retombent tous deux
Épanouis, enivrés et heureux…

Et la joie éclaboussée par son sourire
Me transperce et rejaillit au fond de moi
Mais soudain je pousse un cri parmi les rires
Quand la foule vient l’arracher d’entre mes bras…

Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Nous éloigne l’un de l’autre
Je lutte et je me débats
Mais le son de sa voix
S’étouffe dans les rires des autres
Et je crie de douleur, de fureur et de rage
Et je pleure…

Entraînée par la foule qui s’élance
Et qui danse
Une folle farandole
Je suis emportée au loin
Et je crispe mes poings,
maudissant la foule qui me vole
L’homme qu’elle m’avait donné
Et que je n’ai jamais retrouvé…

Traducción al castellano:

La multitud

Vuelvo a ver la ciudad en fiesta y en delirio
sofocada bajo el sol y la alegría
y escucho entre la música y los gritos,
las risas que estallan y resuenan a mi alrededor.
Y perdida entre la gente que me empuja
aturdida, desamparada, me quedo ahí.
Cuando de pronto me giro, él retrocede,
y la multitud me arroja entre sus brazos…
Llevados por la multitud que nos lleva,
nos arrastra
Apiñados uno contra el otro,
no formamos más que un solo cuerpo
y el torrente sin esfuerzo
nos empuja, encadenados uno al otro
y nos deja a los dos
risueños, embriagados y felices.

Arrastrados por la multitud que se abalanza
y que baila
una loca farándula,
nuestras manos permanecen unidas.
Y a veces en lo alto,
nuestros cuerpos enlazados levantan el vuelo
y vuelven a caer
risueños, embriagados y felices…

Y la alegría salpicada por su sonrisa
me atraviesa y salpica en el fondo de mi ser
pero de pronto ahogo un grito entre las risas
cuando la multitud viene a arrancarlo de entre mis brazos.

Llevados por la multitud que nos lleva,
nos arrastra,
nos aleja uno del otro.
Yo lucho y me resisto.
Pero el sonido de su voz
se atraganta entre las risas de los otros,
Y grito de dolor, de furor y de rabia
Y lloro…

Arrastrados por la multitud que se abalanza
y que baila
una loca farándula,
Me arrastran lejos
y aprieto los puños
maldiciendo a la multitud que me roba
al hombre que me había dado
y que nunca jamás volví a encontrar…

Cuando un cuento te cuenta más que mil manuales…

Cuelgo aquí uno de mis cuentos favoritos. Hace ya un montón de años que lo leí, pero hoy me lo volví a encontrar por ahí. Cosas que pasan. Aunque habla de Londres, para mí es París, supongo que por Baudelaire y porque en él se respira el mismo “air du temps” que en las obras de los artistas de la época. Es el aire de la modernidad y de los tiempos modernos. Siempre he pensado que si me pudiera meter en un túnel del tiempo, me iría al París de la segunda mitad del XIX. Sin dudarlo. Otro día colgaré La Foule de la Piaf, que por lo mismo que esta joya, también tiene que estar en este blog de antropología sí o sí. Este cuento en particular, debería ser de lectura obligada en métodos y técnicas etnográficas. Tiene mucho que ver con el oficio.

Fritz Eichenberg

 

«El hombre de la multitud»

Edgar Allan Poe – 1840

Ce grand malheur de ne pouvoir être seul.
(La Bruyère)

Bien se ha dicho de cierto libro alemán que er lässt sich nicht lesen -no se deja leer-. Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de noche en sus lechos, estrechando convulsivamente las manos de espectrales confesores, mirándolos lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón desesperado y apretada la garganta a causa de esos misterios que no permiten que se los revele. Una y otra vez, ¡ay!, la conciencia del hombre soporta una carga tan pesada de horror que sólo puede arrojarla a la tumba. Y así la esencia de todo crimen queda inexpresada. No hace mucho tiempo, en un atardecer de otoño, hallábame sentado junto a la gran ventana que sirve de mirador al café D…, en Londres. Después de varios meses de enfermedad, me sentía convaleciente y con el retorno de mis fuerzas, notaba esa agradable disposición que es el reverso exacto del ennui; disposición llena de apetencia, en la que se desvanecen los vapores de la visión interior   -άχλϋς ή πριν έπήεν- y el intelecto electrizado sobrepasa su nivel cotidiano, así como la vívida aunque ingenua razón de Leibniz sobrepasa la alocada y endeble retórica de Gorgias. El solo hecho de respirar era un goce, e incluso de muchas fuentes legítimas del dolor extraía yo un placer. Sentía un interés sereno, pero inquisitivo, hacia todo lo que me rodeaba. Con un cigarro en los labios y un periódico en las rodillas, me había entretenido gran parte de la tarde, ya leyendo los anuncios, ya contemplando la variada concurrencia del salón, cuando no mirando hacia la calle a través de los cristales velados por el humo.

Dicha calle es una de las principales avenidas de la ciudad, y durante todo el día había transitado por ella una densa multitud. Al acercarse la noche, la afluencia aumentó, y cuando se encendieron las lámparas pudo verse una doble y continua corriente de transeúntes pasando presurosos ante la puerta. Nunca me había hallado a esa hora en el café, y el tumultuoso mar de cabezas humanas me llenó de una emoción deliciosamente nueva. Terminé por despreocuparme de lo que ocurría adentro y me absorbí en la contemplación de la escena exterior.

Al principio, mis observaciones tomaron un giro abstracto y general. Miraba a los viandantes en masa y pensaba en ellos desde el punto de vista de su relación colectiva. Pronto, sin embargo, pasé a los detalles, examinando con minucioso interés las innumerables variedades de figuras, vestimentas, apariencias, actitudes, rostros y expresiones.

La gran mayoría de los que iban pasando tenían un aire tan serio como satisfecho, y sólo parecían pensar en la manera de abrirse paso en el apiñamiento. Fruncían las cejas y giraban vivamente los ojos; cuando otros transeúntes los empujaban, no daban ninguna señal de impaciencia, sino que se alisaban la ropa y continuaban presurosos. Otros, también en gran número, se movían incansables, rojos los rostros, hablando y gesticulando consigo mismos como si la densidad de la masa que los rodeaba los hiciera sentirse solos. Cuando hallaban un obstáculo a su paso cesaban bruscamente de mascullar pero redoblaban sus gesticulaciones, esperando con sonrisa forzada y ausente que los demás les abrieran camino. Cuando los empujaban, se deshacían en saludos hacia los responsables, y parecían llenos de confusión. Pero, fuera de lo que he señalado, no se advertía nada distintivo en esas dos clases tan numerosas. Sus ropas pertenecían a la categoría tan agudamente denominada decente. Se trataba fuera de duda de gentileshombres, comerciantes, abogados, traficantes y agiotistas; de los eupátridas y la gente ordinaria de la sociedad; de hombres dueños de su tiempo, y hombres activamente ocupados en sus asuntos personales, que dirigían negocios bajo su responsabilidad. Ninguno de ellos llamó mayormente mi atención.

El grupo de los amanuenses era muy evidente, y en él discerní dos notables divisiones. Estaban los empleados menores de las casas ostentosas, jóvenes de ajustadas chaquetas, zapatos relucientes, cabellos con pomada y bocas desdeñosas. Dejando de lado una cierta apostura que, a falta de mejor palabra, cabría denominar oficinesca, el aire de dichas personas me parecía el exacto facsímil de lo que un año o año y medio antes había constituido la perfección del bon ton. Afectaban las maneras ya desechadas por la clase media -y esto, creo, da la mejor definición posible de su clase.

La división formada por los empleados superiores de las firmas sólidas, los «viejos tranquilos», era inconfundible. Se los reconocía por sus chaquetas y pantalones negros o castaños, cortados con vistas a la comodidad; las corbatas y chalecos, blancos; los zapatos, anchos y sólidos, y las polainas o los calcetines, espesos y abrigados. Todos ellos mostraban señales de calvicie, y la oreja derecha, habituada a sostener desde hacía mucho un lapicero, aparecía extrañamente separada. Noté que siempre se quitaban o ponían el sombrero con ambas manos y que llevaban relojes con cortas cadenas de oro de maciza y antigua forma. Era la suya la afectación de respetabilidad, si es que puede existir una afectación tan honorable.

Había aquí y allá numerosos individuos de brillante apariencia, que fácilmente reconocí como pertenecientes a esa especie de carteristas elegantes que infesta todas las grandes ciudades. Miré a dicho personaje con suma detención y me resultó difícil concebir cómo los caballeros podían confundirlos con sus semejantes. Lo exagerado del puño de sus camisas y su aire de excesiva franqueza los traicionaba inmediatamente.

Los jugadores profesionales -y había no pocos- eran aún más fácilmente reconocibles. Vestían toda clase de trajes, desde el pequeño tahúr de feria, con su chaleco de terciopelo, corbatín de fantasía, cadena dorada y botones de filigrana, hasta el pillo, vestido con escrupulosa y clerical sencillez, que en modo alguno se presta a despertar sospechas. Sin embargo, todos ellos se distinguían por el color terroso y atezado de la piel, la mirada vaga y perdida y los labios pálidos y apretados. Había, además, otros dos rasgos que me permitían identificarlos siempre; un tono reservadamente bajo al conversar, y la extensión más que ordinaria del pulgar, que se abría en ángulo recto con los dedos. Junto a estos tahúres observé muchas veces a hombres vestidos de manera algo diferente, sin dejar de ser pájaros del mismo plumaje. Cabría definirlos como caballeros que viven de su ingenio. Parecen precipitarse sobre el público en dos batallones: el de los dandys y el de los militares. En el primer grupo, los rasgos característicos son los cabellos largos y las sonrisas; en el segundo, los levitones y el aire cejijunto.

Bajando por la escala de lo que da en llamarse superioridad social, encontré temas de especulación más sombríos y profundos. Vi buhoneros judíos, con ojos de halcón brillando en rostros cuyas restantes facciones sólo expresaban abyecta humildad; empedernidos mendigos callejeros profesionales, rechazando con violencia a otros mendigos de mejor estampa, a quienes sólo la desesperación había arrojado a la calle a pedir limosna; débiles y espectrales inválidos, sobre los cuales la muerte apoyaba una firme mano y que avanzaban vacilantes entre la muchedumbre, mirando cada rostro con aire de imploración, como si buscaran un consuelo casual o alguna perdida esperanza; modestas jóvenes que volvían tarde de su penosa labor y se encaminaban a sus fríos hogares, retrayéndose más afligidas que indignadas ante las ojeadas de los rufianes, cuyo contacto directo no les era posible evitar; rameras de toda clase y edad, con la inequívoca belleza en la plenitud de su feminidad, que llevaba a pensar en la estatua de Luciano, por fuera de mármol de Paros y por dentro llena de basura; la horrible leprosa harapienta, en el último grado de la ruina; el vejestorio lleno de arrugas, joyas y cosméticos, que hace un último esfuerzo para salvar la juventud; la niña de formas apenas núbiles, pero a quien una larga costumbre inclina a las horribles coqueterías de su profesión, mientras arde en el devorador deseo de igualarse con sus mayores en el vicio; innumerables e indescriptibles borrachos, algunos harapientos y remendados, tambaleándose, incapaces de articular palabra, amoratado el rostro y opacos los ojos; otros con ropas enteras aunque sucias, el aire provocador pero vacilante, gruesos labios sensuales y rostros rubicundos y abiertos; otros vestidos con trajes que alguna vez fueron buenos y que todavía están cepillados cuidadosamente, hombres que caminan con paso más firme y más vivo que el natural, pero cuyos rostros se ven espantosamente pálidos, los ojos inyectados en sangre, y que mientras avanzan a través de la multitud se toman con dedos temblorosos todos los objetos a su alcance; y, junto a ellos, pasteleros, mozos de cordel, acarreadores de carbón, deshollinadores, organilleros, exhibidores de monos amaestrados, cantores callejeros, los que venden mientras los otros cantan, artesanos desastrados, obreros de todas clases, vencidos por la fatiga, y todo ese conjunto estaba lleno de una ruidosa y desordenada vivacidad, que resonaba discordante en los oídos y creaba en los ojos una sensación dolorosa.

A medida que la noche se hacía más profunda, también era más profundo mi interés por la escena; no sólo el aspecto general de la multitud cambiaba materialmente (pues sus rasgos más agradables desaparecían a medida que el sector ordenado de la población se retiraba y los más ásperos se reforzaban con el surgir de todas las especies de infamia arrancadas a sus guaridas por lo avanzado de la hora), sino que los resplandores del gas, débiles al comienzo de la lucha contra el día, ganaban por fin ascendiente y esparcían en derredor una luz agitada y deslumbrante. Todo era negro y, sin embargo, espléndido, como el ébano con el cual fue comparado el estilo de Tertuliano.

Los extraños efectos de la luz me obligaron a examinar individualmente las caras de la gente y, aunque la rapidez con que aquel mundo pasaba delante de la ventana me impedía lanzar más de una ojeada a cada rostro, me pareció que, en mi singular disposición de ánimo, era capaz de leer la historia de muchos años en el breve intervalo de una mirada.

Pegada la frente a los cristales, ocupábame en observar la multitud, cuando de pronto se me hizo visible un rostro (el de un anciano decrépito de unos sesenta y cinco o setenta años) que detuvo y absorbió al punto toda mi atención, a causa de la absoluta singularidad de su expresión. Jamás había visto nada que se pareciese remotamente a esa expresión. Me acuerdo de que, al contemplarla, mi primer pensamiento fue que, si Retzch la hubiera visto, la hubiera preferido a sus propias encarnaciones pictóricas del demonio. Mientras procuraba, en el breve instante de mi observación, analizar el sentido de lo que había experimentado, crecieron confusa y paradójicamente en mi Cerebro las ideas de enorme capacidad mental, cautela, penuria, avaricia, frialdad, malicia, sed de sangre, triunfo, alborozo, terror excesivo, y de intensa, suprema desesperación. «¡Qué extraordinaria historia está escrita en ese pecho!», me dije. Nacía en mí un ardiente deseo de no perder de vista a aquel hombre, de saber más sobre él. Poniéndome rápidamente el abrigo y tomando sombrero y bastón, salí a la calle y me abrí paso entre la multitud en la dirección que le había visto tomar, pues ya había desaparecido. Después de algunas dificultades terminé por verlo otra vez; acercándome, lo seguí de cerca, aunque cautelosamente, a fin de no llamar su atención. Tenía ahora una buena oportunidad para examinarlo. Era de escasa estatura, flaco y aparentemente muy débil. Vestía ropas tan sucias como harapientas; pero, cuando la luz de un farol lo alumbraba de lleno, pude advertir que su camisa, aunque sucia, era de excelente tela, y, si mis ojos no se engañaban, a través de un desgarrón del abrigo de segunda mano que lo envolvía apretadamente alcancé a ver el resplandor de un diamante y de un puñal. Estas observaciones enardecieron mi curiosidad y resolví seguir al desconocido a dondequiera que fuese.

Era ya noche cerrada y la espesa niebla húmeda que envolvía la ciudad no tardó en convertirse en copiosa lluvia. El cambio de tiempo produjo un extraño efecto en la multitud, que volvió a agitarse y se cobijó bajo un mundo de paraguas. La ondulación, los empujones y el rumor se hicieron diez veces más intensos. Por mi parte la lluvia no me importaba mucho; en mi organismo se escondía una antigua fiebre para la cual la humedad era un placer peligrosamente voluptuoso. Me puse un pañuelo sobre la boca y seguí andando. Durante media hora el viejo se abrió camino dificultosamente a lo largo de la gran avenida, y yo seguía pegado a él por miedo a perderlo de vista. Como jamás se volvía, no me vio. Entramos al fin en una calle transversal que, aunque muy concurrida, no lo estaba tanto como la que acabábamos de abandonar. Inmediatamente advertí un cambio en su actitud. Caminaba más despacio, de manera menos decidida que antes, y parecía vacilar. Cruzó repetidas veces a un lado y otro de la calle, sin propósito aparente; la multitud era todavía tan densa que me veía obligado a seguirlo de cerca. La calle era angosta y larga y la caminata duró casi una hora, durante la cual los viandantes fueron disminuyendo hasta reducirse al número que habitualmente puede verse a mediodía en Broadway, cerca del parque (pues tanta es la diferencia entre una muchedumbre londinense y la de la ciudad norteamericana más populosa). Un nuevo cambio de dirección nos llevó a una plaza brillantemente iluminada y rebosante de vida. El desconocido recobró al punto su actitud primitiva. Dejó caer el mentón sobre el pecho, mientras sus ojos giraban extrañamente bajo el entrecejo fruncido, mirando en todas direcciones hacia los que le rodeaban. Se abría camino con firmeza y perseverancia. Me sorprendió, sin embargo, advertir que, luego de completar la vuelta a la plaza, volvía sobre sus pasos. Y mucho más me asombró verlo repetir varias veces el mismo camino, en una de cuyas ocasiones estuvo a punto de descubrirme cuando se volvió bruscamente.

Otra hora transcurrió en esta forma, al fin de la cual los transeúntes habían disminuido sensiblemente. Seguía lloviendo con fuerza, hacía fresco y la gente se retiraba a sus casas. Con un gesto de impaciencia el errabundo entró en una calle lateral comparativamente desierta. Durante cerca de un cuarto de milla anduvo por ella con una agilidad que jamás hubiera soñado en una persona de tanta edad, y me obligó a gastar mis fuerzas para poder seguirlo. En pocos minutos llegamos a una feria muy grande y concurrida, cuya disposición parecía ser familiar al desconocido. Inmediatamente recobró su actitud anterior, mientras se abría paso a un lado y otro, sin propósito alguno, mezclado con la muchedumbre de compradores y vendedores.

Durante la hora y media aproximadamente que pasamos en el lugar debí obrar con suma cautela para mantenerme cerca sin ser descubierto. Afortunadamente llevaba chanclos que me permitían andar sin hacer el menor ruido. En ningún momento notó el viejo que lo espiaba. Entró de tienda en tienda, sin informarse de nada, sin decir palabra y mirando las mercancías con ojos ausentes y extraviados. A esta altura me sentía lleno de asombro ante su conducta, y estaba resuelto a no perderle pisada hasta satisfacer mi curiosidad. Un reloj dio sonoramente las once, y los concurrentes empezaron a abandonar la feria. Al cerrar un postigo, uno de los tenderos empujó al viejo, e instantáneamente vi que corría por su cuerpo un estremecimiento. Lanzóse a la calle, mirando ansiosamente en todas direcciones, y corrió con increíble velocidad por varias callejuelas sinuosas y abandonadas, hasta volver a salir a la gran avenida de donde habíamos partido, la calle del hotel D… Pero el aspecto del lugar había cambiado. Las luces de gas brillaban todavía, mas la lluvia redoblaba su fuerza y sólo alcanzaban a verse contadas personas. El desconocido palideció. Con aire apesadumbrado anduvo algunos pasos por la avenida antes tan populosa, y luego, con un profundo suspiro, giró en dirección al río y, sumergiéndose en una complicada serie de atajos y callejas, llegó finalmente ante uno de los más grandes teatros de la ciudad. Ya cerraban sus puertas y la multitud salía a la calle. Vi que el viejo jadeaba como si buscara aire fresco en el momento en que se lanzaba a la multitud, pero me pareció que el intenso tormento que antes mostraba su rostro se había calmado un tanto. Otra vez cayó su cabeza sobre el pecho; estaba tal como lo había visto al comienzo. Noté que seguía el camino que tomaba el grueso del público, pero me era imposible comprender lo misterioso de sus acciones.

Mientras andábamos los grupos se hicieron menos compactos y la inquietud y vacilación del viejo volvieron a manifestarse. Durante un rato siguió de cerca a una ruidosa banda formada por diez o doce personas; pero poco a poco sus integrantes se fueron separando, hasta que sólo tres de ellos quedaron juntos en una calleja angosta y sombría, casi desierta. El desconocido se detuvo y por un momento pareció perdido en sus pensamientos; luego, lleno de agitación, siguió rápidamente una ruta que nos llevó a los límites de la ciudad y a zonas muy diferentes de las que habíamos atravesado hasta entonces. Era el barrio más ruidoso de Londres, donde cada cosa ostentaba los peores estigmas de la pobreza y del crimen. A la débil luz de uno de los escasos faroles se veían altos, antiguos y carcomidos edificios de madera, peligrosamente inclinados de manera tan rara y caprichosa que apenas sí podía discernirse entre ellos algo así como un pasaje. Las piedras del pavimento estaban sembradas al azar, arrancadas de sus lechos por la cizaña. La más horrible inmundicia se acumulaba en las cunetas. Toda la atmósfera estaba bañada en desolación. Sin embargo, a medida que avanzábamos los sonidos de la vida humana crecían gradualmente y al final nos encontramos entre grupos del más vil populacho de Londres, que se paseaban tambaleantes de un lado a otro. Otra vez pareció reanimarse el viejo, como una lámpara cuyo aceite está a punto de extinguirse. Otra vez echó a andar con elásticos pasos. Doblamos bruscamente en una esquina, nos envolvió una luz brillante y nos vimos frente a uno de los enormes templos suburbanos de la Intemperancia, uno de los palacios del demonio Ginebra.

Faltaba ya poco para el amanecer, pero gran cantidad de miserables borrachos entraban y salían todavía por la ostentosa puerta. Con un sofocado grito de alegría el viejo se abrió paso hasta el interior, adoptó al punto su actitud primitiva y anduvo de un lado a otro entre la multitud, sin motivo aparente. No llevaba mucho tiempo así, cuando un súbito movimiento general hacia la puerta reveló que la casa estaba a punto de ser cerrada. Algo aún más intenso que la desesperación se pintó entonces en las facciones del extraño ser a quien venía observando con tanta pertinacia. No vaciló, sin embargo, en su carrera, sino que con una energía de maniaco volvió sobre sus pasos hasta el corazón de la enorme Londres. Corrió rápidamente y durante largo tiempo, mientras yo lo seguía, en el colmo del asombro, resuelto a no abandonar algo que me interesaba más que cualquier otra cosa. Salió el sol mientras seguíamos andando y, cuando llegamos de nuevo a ese punto donde se concentra la actividad comercial de la populosa ciudad, a la calle del hotel D…, la vimos casi tan llena de gente y de actividad como la tarde anterior. Y aquí, largamente, entre la confusión que crecía por momentos, me obstiné en mi persecución del extranjero. Pero, como siempre, andando de un lado a otro, y durante todo el día no se alejó del torbellino de aquella calle. Y cuando llegaron las sombras de la segunda noche, y yo me sentía cansado a morir, enfrenté al errabundo y me detuve, mirándolo fijamente en la cara. Sin reparar en mí, reanudó su solemne paseo, mientras yo, cesando de perseguirlo, me quedaba sumido en su contemplación.

-Este viejo -dije por fin-representa el arquetipo y el genio del profundo crimen. Se niega a estar solo. Es el hombre de la multitud. Sería vano seguirlo, pues nada más aprenderé sobre él y sus acciones. El peor corazón del mundo es un libro más repelente que el Hortulus Animae, y quizá sea una de las grandes mercedes de Dios el que er lässt sich nicht lesen.

FIN

[«The Man of the Crowd» – traducción de Julio Cortázar]