«Le sang des bêtes»

Estos días se estrenó en Barcelona y Madrid el documental “La Barbacoa”. Habituada a ver los documentales ñoños y/o gore que corren por el gremio, justamente lo que me sorprendió de este filme fue el interés del director, Enric Urrutia, en mostrar la cotidianidad de la explotación animal en granjas y mataderos, y con ello, mostrar el proceso de  “desanimalización” de los animales para poderlos convertir en mercancía y en comida, haciéndolos así encajar en un determinado orden moral.

Lo que vemos plasmado en la pantalla es aquello que habitualmente se conoce como “especismo” y que vendría a reflejar algo así como el papel y el lugar que nuestra sociedad otorga a los animales no-humanos dentro de nuestra cosmovisión.

Dos bonitos palabros: cosmovisión y especismo.

Así rápido y para situar al personal, una cosmovisión o visión del mundo sería una especie de mapa mental del mundo que tenemos en la cabeza gracias al cual podemos movernos y relacionarnos con nuestro entorno. Este mapa estaría compuesto por percepciones, conceptualizaciones y valoraciones de todo lo que nos rodea. No quiero entrar mucho en paranoias filosóficas, pero diríamos que el mundo (o todo lo que hay) no está ordenado en sí mismo, sino que somos nosotros los que lo ordenamos dentro de nuestra cabecita. Entonces, este mapa, por tanto, nos sirve para ordenar y para interpretar nuestra existencia o naturaleza, así como la de todo lo que nos rodea (el mundo). Este mapa no es innato, sino que desde que nacemos se nos va “insertando” en la cabeza durante lo que se conviene en llamar proceso de socialización o de aprendizaje.

Especismo es el término que se usa para describir la existencia de una discriminación moral basada en la diferencia de especie animal. La discriminación especista presupone que los intereses de un individuo sintiente son de menor importancia por el hecho de pertenecer a una especie animal determinada. Entre los humanos, la representación más común del especismo es el antropocentrismo, es decir, la infravaloración de los intereses de quienes no pertenecen a la especie animal Homo sapiens.

En primer lugar, se podría decir que el especismo adopta como válida e indiscutible la distinción y clasificación en especies que el paradigma científico establece. Parte de una fe ciega en la ciencia. Y digo “fe” con toda la idea: toma la ciencia, no como un paradigma explicativo de la realidad, sino que lo toma en términos absolutos, es decir, como el método verdadero de conocimiento y de explicación de la realidad y del entorno. En nuestra sociedad, la ciencia es algo así una suerte de método creador de verdades, como antaño lo fue la religión. Así, la ciencia sería el mapa de base del especismo. El especismo cogería la clasificación en especies que le brinda la ciencia y las jerarquiza moralmente. Dentro de las especies animales o de animales sintientes, les da más valor moral a unas que a otras, aplicando una escala de valores y poniendo siempre al por burro delante, es decir, al homo sapiens, que sería el sumum de la evolución o rey del mambo.

Todo este rollo viene porque a raíz de ver “La Barbacoa”, me acordé de “Le sang des bêtes” (La sangre de las bestias), un magnífico documental de 1949, dirigido por Georges Franju y que muestra el trabajo en un matadero de los suburbios de París. Se pueden comentar infinidad de cosas a propósito de este documental, porque ciertamente es magistral. Pero lo que me hizo pensar en él el otro día fue justamente que revela la normalidad cotidiana (y siempre ocultada) del trabajo en un matadero y cómo este factor de normalidad o de costumbre es lo que le confiere bestialidad a estas acciones. De ahí el doble sentido que se puede encontrar ya en el título: ¿a quién debemos atribuirle la condición de “bête”?

Bueno, de hecho, son muy interesantes los contrastes que aparecen a lo largo de toda la cinta (tanto de los explícitos como de los implícitos), pero, en fin, no comento más para no chafar el visionado:

[Aviso: hay imágenes heavies]