Sí, trabajan de put@s, ¿algún problema?

images

Hace días que no escribo por aquí, circunstancias de la vida que no vienen al caso, pero creo que hoy necesito ponerme otra vez a ello, más que nada por aquello de la función terapéutica de sacar para fuera lo que me pone de mala leche por dentro, ya sabéis. Y por ahí me ronda un temita que o me saco la espina o me va a hacer mal. En fin, al grano, que una de las cosas que  siempre me ha costado más comprender es esta continua polémica que salpica de manera recurrente los medios de comunicación (y las legislaciones políticas) en torno al estatus de los trabajadores del sexo.  Eso sí, los políticos y medios afines suelen meter baza en el asunto, pero no solucionan el auténtico problema. Pero claro, es que primero tendríamos que ponernos de acuerdo en cuál es el problema aquí. Porque mucho me temo que estamos hablando de problemas diferentes.

Para empezar quede claro que “el problema de la prostitución” no reside en las personas que ejercen la prostitución. El problema reside en la creencia (no sé si esotérica) por parte de determinadas administraciones públicas y formaciones políticas de que la actividad sexual no es susceptible de ser considerada una actividad laboral y por tanto, desde la legalidad no debe ser regulada como tal. Y por tanto, o debe ser prohibida (ilegal) o debemos mirar hacia otro lado haciendo ver que no la vemos (alegal).

Lo “curioso” del asunto es que a menudo los que están obsesionados en regular la prostitución, porque parece que les escandaliza y lo encuentran moral y socialmente abominable (en muchos casos hipócritamente, of course) pues precisamente son los que insisten en negar a las prostitutas* (ya sean mujeres, hombres o trans) su condición o estatus de trabajador@s y con ello, reconocerles así el acceso a los mismos derechos y garantías que cualquier otro trabajador. (Claro que hoy por hoy en España, después de las reformas laborales, hablar de derechos de los trabajadores es hablar de poco o casi nada, pero en fin, ese es otro tema).

La cosa es que no acabo de entender cuál es la diferencia a priori entre trabajar, por ejemplo, de peluquera autónoma, o de traductora jurada freelance (o autónoma), o de abogada, y trabajar de prostituta.

En realidad miento. Sí, veo dos diferencias. La primera es que esta última (la prostituta) no tiene reconocido ningún derecho como trabajadora, es decir, que se la excluye y se la estigmatiza laboral y sobre todo socialmente, por la actividad laboral que desempeña. Y la segunda, directamente derivada de la primera, es que ésta está absolutamente vendida ante la explotación laboral salvaje (y es aquí donde caben todas las mafias, tráfico de blancas, macarras varios, inseguridad y posibilidad de sufrir daños personales y tropelías varias ante clientes tarados, etc.). [Por no hablar de una tercera diferencia clave: el hecho de que en muchas ocasiones, o por lo menos, en aquellas en que la prostitución suele ser más reprimida, ésta se desarrolla en el espacio público, y por lo tanto las hace “visibles”, pero esto merecería un post a parte creo…]

Porque a ver, a lo que iba y para hacerlo sencillo: En la sociedad en la que vivimos, podemos trabajar produciendo objetos o produciendo servicios y el trabajo es una actividad que el trabajador realiza con su cuerpo y/o su mente y que “vende” (normalmente malvende y no demasiado libremente) a cambio de dinero a un empleador (o cliente). Entonces, ¿por qué se considera que la actividad sexual a cambio de dinero no encaja dentro de la definición de “trabajo”?

Algunos dicen que las personas que se dedican a ello no lo hacen por gusto o placer y que por ese motivo, trabajar en el sexo, es deleznable y habría que abolirlo. Pues no lo sé si es así, la verdad. Supongo que algunas personas habrá que lo harán libremente por qué les gusta y es una buena manera de ganarse el parné haciendo algo que te gusta. Pero por supuesto, otras muchas realizarán este trabajo sin que les guste ni una pizca, muriéndose de asco al principio, hasta que se acostumbran a sobrellevarlo. Pero ahora bien, ¿usted cree que esto es diferente de otros trabajos? ¿De verdad cree que la señora que limpia los pañales de los ancianos en una residencia o la limpiadora de los urinarios públicos lo hacen por puro placer a la actividad que desempeñan? Personalmente conozco a muy poca gente que tenga la suerte de realizar una actividad profesional que coincida con lo que más le apasiona hacer en la vida; la mayoría no tenemos esa suerte. Pero si este es el motivo para perseguir la prostitución, vale, estoy de acuerdo, hagámoslo, pero no solo la prostitución, sino todos los trabajos. Lo que habría que erradicar de la sociedad es la maldita alienación en el trabajo a la que nos obliga a la mayoría el sistema económico en el que vivimos.

Y luego está el tema del “ejercer libremente”, que también se las trae. Obviamente siempre que se habla de estar a favor de la actividad laboral relacionada con el sexo se apostilla que eso es así siempre que los trabajadores ejerzan de manera libre y consentida, sin estar sometidos a tratas o a mafias que les obliguen a ejercer. Estamos de acuerdo. Estamos en contra de la explotación, que quede bien claro. Pero permítaseme lanzar una reflexión, ¿quién ejerce libremente una profesión? El jornalero que trabaja a destajo o el minero que se juega el tipo bajo tierra cada día ejercen libremente? Si pudieran decidir entre ir cada mañana a ejercer esa actividad o no hacerlo, libremente decidirían ser explotados laboralmente?  Supongo que sí, son libres solo si consideramos que “libertad” es la necesidad de conseguir dinero para poder sobrevivir en nuestra sociedad (pagar un techo donde dormir, comida y esas cosas) y que la única manera de hacerlo es “vendiendo” tu trabajo. Un concepto extraño de libertad, sin duda. ¿Cuándo un trabajador firma un contrato, es un acuerdo de igual a igual entre ambas partes? Formalmente sí, pero a la práctica sabemos que no. Las condiciones te las pone el empleador, y si no quieres, ok, no firmas, te quedas sin trabajo y sin dinero. Listo y que pase el siguiente a firmarlo. Pues eso, que a veces nos quedamos tan anchos llamando libertad a algunas cosas y nos rasgamos las vestiduras con otras.

Pero que quede bien claro porque este tema siempre es controvertido, estoy en contra de TODA explotación, y todo este rollo que estoy metiendo es justamente por eso. E insisto que en el caso de las trabajadoras del sexo que son explotadas se trata de explotación laboral que está fuera de toda regulación, con lo cual es peor. Estamos en contra de que las trabajadoras del sexo sean explotadas por mafias, pero también por empleadores legales que abusan y se pasan por el forro los derechos de los trabajadores. Por eso, en mi opinión es necesario empezar reconociendo a las trabajadoras del sexo como tales y llamar a las cosas por su nombre. Queda mucho camino por andar, sin duda.

Vale, tal vez algún lector puede objetar a todo esto que estoy diciendo porque considera que ya está correcto que la prostitución siga siendo alegal como hasta ahora, es decir, que no esté regulada por el Estado, puesto que considera que éste no tiene que regular una actividad personal que alguien a título privado quiere hacer con su cuerpo y sexo a cambio de dinero. Entonces a este lector, le diría dos cosas: primero, que esa concepción del sexo como algo perteneciente a la esfera privada e íntima es una concepción bastante moralista bastante cristianoide (que se le ve el plumero, vaya) y segundo,  me juego algo a que también estará de acuerdo en que eliminen toda regulación laboral y dejen al “mercado libre” laboral que se autorregule. No creo en el Estado, pero mucho menos en el libre mercado. Por lo que en ese caso, querido lector con esta opinión, paso de tu cara ultraliberal capitalista, pero antes de pasar de ti del todo, permíteme que te recomiende la lectura del ya mítico capítulo de Karl Polanyi «El mercado autorregulado y las mercancías ficticias: mano de obra, tierra y dinero», lo encontrarás en su obra llamada La gran transformación, tal vez te suena.

Y obviamente no quiero acabar sin recalcar un elemento clave en toda esta eterna polémica: la moral. Esa moralidad con regusto cristianoide que la tenemos tan metida en nuestras entrañas sociales, que cuesta sacársela de encima. Esa idea que sin querer aún permanece de que el sexo es algo privado, una especie de ofrenda ritual e íntima que se intercambian los miembros de una pareja y que tiene un único posible desencadenante: el amor. ¡Ay, el amor romántico y el sexo, otro gran tema! Y luego está esta visión del sexo biológico de las mujeres como algo sagrado, como una “flor” que no se pude “mancillar” por el dinero y que debe ser protegido y solo desvelado en las ocasiones establecidas. Justamente creo que por ello son las trabajadoras del sexo las más señaladas con el dedo por los amantes de la moral. Pero en fin…

En cualquier caso, no deja de ser un tema controvertido y en el que entran en juego muchos otros aspectos. Pero ahora que pienso, lo ideal sería no ya que l@s trabajador@s del sexo pudieran trabajar con garantías, sino sobre todo que pudieran tener voz y voto en este asunto y dejar de ser automáticamente obviados y ocultados en las políticas públicas y estigmatizad@s, marginad@s y excluid@s socialmente por la actividad que desempeñan.

* Quede claro que a lo largo del texto cuando hablo de putas, prostitutas y trabajadoras del sexo, me refiero a TODAS las personas que se dedican a ello, independientemente de su género. Yo he elegido el género femenino para hablar de ellas en este texto, pero el género de cada una de ellas que lo elijan (si es que quieren elegirlo) ellas mismas, que para eso es suyo.

putasindignadas

La clase obrera invisibilizada: de ni-nis, currelas, inmigrantes y otros parias

Hace unos meses, la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), en pleno debate de la ILP, decidió distribuir pegatinas con el lema “Stop Desahucios” a través de la revista Pronto. Recuerdo perfectamente que cuando salió la revista, muchos de los colectivos de “indignados” estaban escandalizados por ello e hicieron “rular” por la red (facebook, twitter) la foto de la revista con las pegatinas, al tiempo que clamaban contra la revista Pronto por supuestamente banalizar una lucha social muy seria. Paradójicamente, poco después, Ada Colau anunció que colaboraría semanalmente con la revista, atendiendo una sección de consultas sobre hipotecas, desahucios, etc. Justificó esa decisión diciendo que los lectores de la revista Pronto pertenecían a un sector social al que las problemáticas que defiende la PAH seguramente le eran muy familiares y que, por tanto, era una manera de poder atender sus dudas y además podría servir para movilizar a ese sector (señoras de clases populares, de Santa Coloma, del Hospi o de Vallecas, sin formación superior, ni másteres, ni idiomas, muchas probablemente amas de casa o fregadoras de escaleras).  Más tarde, Ada Colau acudió (y ha acudido más de una vez) al programa de telecinco El Gran Debate a explicar los motivos de la lucha que lleva a cabo la gente de la PAH.

Zas! en toda la boca a los colectivos de alternativos “rebelde-way” de clase media, que hasta hace 2 días pensaban que el mundo y el sistema capitalista eran maravillosos y que bueno sí, ahora han “despertado”, que ya es algo.  Pero claro, lo han hecho cuando les han tocado a ellos su posición en la escala social y los han mandado un poquito hacia abajo y los han puesto al lado de esa clase social a la que supuestamente defienden, pero con la que no se quieren “ajuntar” demasiado, porque por favor, ellos tienen más clase, tienen carreras, se han ido de erasmus, no ven la tele, consumen solo ocio de teatro y ven cine indie y hacen todas esas cosas que marcan una posición de clase social (aunque paradójicamente ellos parezcan no ser conscientes)… Pero bueno, han despertado, ya es algo.

Da un poco de rabia cuando esta gente, que suele enarbolar la voz de las clases bajas en sus luchas sociales, miran por encima del hombro a los currelas y a las chonis y echan pestes de todo lo que suelen hacer y decir estos, sobre todo, en relación al ocio: la telebasura, el fútbol, la música comercial, el botellón, las macrodiscotecas, etc. etc. Estamos de acuerdo que la televisión y todas esas cosas son herramientas para idiotizar a las masas. También es cierto que una de las “gracias” del sistema es que provoca que los más pobres y explotados casi no tengan ni tiempo de pensar y de hacer algo más allá que sobrevivir en su asfixiante día a día. Eso no les exime de no luchar, está claro. Pero es que no sé si esta clase media tan alternativa se avendría a que en las manis se sumaran chonis, ‘nengs’ e inmigrantes. Por cierto, ¿alguien los ha visto en las manis? ¿Alguien de estos colectivos se ha preguntado por qué en las manis no está presente la clase baja? ¿A alguien le preocupa esto? ¿O es mejor que no se nos ajunten, no vaya a ser que “manchen” o desprestigien la causa? Vuelve a pasar lo de siempre en estos casos y que por ejemplo, en temas de inmigración lo vemos repetidamente: lo de confundir la consecuencia con la causa. Es el rollo aquel de la profecía autocumplida. Una cosa es que el sistema trate de idiotizar a las masas y que cree gente de clase baja, sin formación y de cultura e intereses populares (no me gusta este término “popular”, pero creo que se me entiende). Otra cosa es pensar que esa gente es idiota y por tanto, despreciable e inferior per se.

Si existe algún lector asiduo al blog (…bola del oeste…), ya sabrá que este tema del estigma clasista hacia la clase baja por parte de colectivos y sectores sociales que dicen luchar contra eso, es algo que me quema bastante. Que conste que no son todos así y que además siempre me sabe mal expresar esta especie de resentimiento (que reconozco que es más bien visceral, emocional y poco reflexivo), pues muchos de mis amigos, compañeros de universidad, etc. pertenecen a esta clase social y están envueltos en colectivos de estos “militantes” (o “activistas”, que es más cool) que antes se llamaban de progres y que hoy se llaman de izquierda o incluso de extrema izquierda (donde también hay mucho señorito de casa mediobien). Incluso yo misma, que siempre digo que me identifico con esta clase baja, que es de la que provengo, tampoco soy un “especimen” paradigmático, y me lo podrían echar en cara tanto muchos de este sector alternativo vinculado a los movimientos sociales como excolegas de la escuela, excompañeros de curro, vecinos o familiares. Sin embargo, no sé por qué pero esto de ser de clase baja es algo que se lleva escrito en la cara y te lo huelen los de las medianías a cien leguas. Pero, bueno, ¿y qué pasa?¿eh?

Todo esto viene porque el 14 de julio pasado se publicó en Kaos en la Red un magnífico artículo escrito por Nega, el rapero de Los Chikos del Maíz y que venía en respuesta a un escrito previo de Pablo Iglesias de La Tuerka, una de las cabezas “mediáticas” de esto que se llama “movimientos sociales”. Justamente Nega habla sobre esto y lo denuncia con la intención de dar un toque de atención y reivindicar que en la lucha debemos estar todos incluídos y no excluir a los excluidos. El propio sistema capitalista con su ideología para la clase media (masas) ha despojado a la clase obrera del componente “obrero”, que es lo que la aglutinaría a toda, y no debemos caer en su trampa. Pongo el link del artículo, es larguito, pero vale la pena detenerse a leerlo. En realidad, esta entrada de hoy era para introducir el artículo de Nega, pero como siempre me enrollo como las persianas… sorry…

«La clase obrera hoy: canis e informáticos (Respuesta a Pablo Iglesias), La clase obrera, los de abajo, los invisibles, los explotados… en el marco del capitalismo post-industrial»

P.D.: Perdón por la chapa despotricante que contiene la entrada, hoy tocaba blog en modo “terapia antirábica total”… es un alivio tener esto para escribir… si alguien lee esto, espero comprenda el uso que a menudo le doy al blog.

currelantes-del-mundo-unios

«Poderoso caballero es don Dinero». La deuda económica como estigma social

el-roto-deudores-540x632

Hoy quería colgar aquí algunas reflexiones en las que estoy empezando a trabajar en un texto (así como en plan más formal y eso…) y que giran en torno a los conceptos de deuda y crédito en nuestra sociedad. Obviamente lo que vivimos en la actualidad en los estados occidentales (y en España aún con más intensidad) tiene de por sí bastantes puntos en común con mi tema de investigación doctoral. Sin embargo, no me entró el gusanillo de escribir algo sobre esto hasta que no me sumergí en la lectura del libro ya casi clásico de David Graeber sobre la deuda: Debt: The First 5,000 years. Luego, la reciente comparecencia de Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) en el Congreso de los Diputados acabó por animarme a hacerlo.

Hubo un punto de la exposición de Ada Colau que me pareció clave y me alegré que lo hiciera explícito como argumento central de la ILP. Es en relación al concepto de “deuda” y a la vinculación de este concepto no solo al ámbito de lo económico sino también y sobre todo, al ámbito de lo social. Se ha de decir que no es que lo verbalizara Ada Colau en ese mismo instante, sino que esta vinculación es parte central del corpus “conceptual” y de principios de actuación con los que trabaja la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH).

Lo que decía: Ada Colau verbalizó algo que es una realidad social y que todos sabemos de sobras, pues de una manera u otra, más o menos amargamente, todos vivimos bajo esa constante amenaza del crédito y, su contrapartida, la deuda. Forma parte de nuestra cotidianeidad en una sociedad vinculada al sistema económico capitalista. La portavoz de la PAH denunció que, al no existir la dación en pago, las personas afectadas por el impago de su hipoteca están de facto afectadas de por vida, pues más allá de perder su vivienda y ser desahuciadas, cargan con la deuda del crédito hipotecario contraído (más intereses por demoras varias) hasta su muerte. Como se sabe, esto pasa con las hipotecas y con cualquier otra deuda económica importante que contraiga cualquier persona con una entidad crediticia. Cuando digo persona, me refiero a una persona física (de las de carne y hueso, quiero decir), porque luego está esa casta especial y superior de “personas”, conocidas como “personas jurídicas” o comúnmente “empresas” a cuyo servicio los estados ponen toda una serie de mecanismos y procedimientos legales que les permiten renegociar, pactar quitas, declararse insolventes con cierta facilidad, etc. Mecanismos que tienen la “maravillosa” cualidad de que difícilmente se contagian a la persona de carne y hueso que hay detrás (comúnmente llamada “empresario”), quien puede eludir con suma facilidad el ser marcado con la cruz (o estigma social) que le identifica a nivel financiero y social y moral como deudor o moroso. Pero claro, esta diferencia de trato entre personas de carne y hueso y empresas tiene que ver bastante con el tema de este post.

Bueno, que me voy del tema. Lo que decía: lo que Ada dijo más concretamente es que la deuda económica condenaba a estas personas a morir socialmente y, por tanto, a vivir excluidas del sistema social.  Este es un punto clave: la vinculación directa que existe en las sociedades capitalistas entre la acepción económica de deuda y la acepción social y moral del término.

 La definición de “deuda” que recogen los diccionarios de lenguas occidentales es bastante significativa y es un reflejo de esta constante asociación entre economía y moral que existe en nuestra sociedad y la subordinación de esta a aquella. Aquí en la entrada del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua es más que evidente:

deuda.

(Del lat. debĭta, pl. n. de debĭtum, débito).

1. f. Obligación que alguien tiene de pagar, satisfacer o reintegrar a otra persona algo, por lo común dinero.

2. f. Obligación moral contraída con alguien.

3. f. Pecado, culpa u ofensa. Y perdónanos nuestras deudas.

Creo que es justamente en el concepto de deuda ―piedra angular del funcionamiento de nuestro sistema económico y social―y a esta constante identificación (o trasvase de significados) entre su acepción económica y su acepción moral, dónde se puede ver claramente aquello que nos decía Polanyi sobre la sociedades basadas en una economía de mercado, donde el incrustamiento  o “embeddedness” se había invertido. El concepto clásico de “embeddedness” hace referencia a la imbricación existente entre economía y relaciones sociales y, más concretamente, en el modo en que la economía se encuentra subordinada a las relaciones sociales, y no a la inversa. Las sociedades capitalistas como la nuestra funcionarían justamente a la inversa: las relaciones sociales están subordinadas a la esfera económica, cuya influencia llega hasta el punto de marcar el lugar que ocupa cada individuo dentro del mapa o de la escala social.

Si lo pensamos bien, esta subordinación nuestra de la esfera social a la esfera económica es como rara. En un principio, desde la antropología, cuando se habla de economía se hace referencia a los procesos materiales de subsistencia, es decir, las formas en que se organizan las personas en la producción y reproducción de los bienes materiales y servicios que hacen la vida posible. Lo económico se referiría pues a las relaciones sociales que participan en la producción de vida material, a través de la interacción organizada de los seres humanos y la naturaleza (Narotzky). Por eso Polanyi nos habla de esta subordinación de lo económico a lo social y no al revés. Aunque tal vez sería más apropiado no definir lo económico como algo incrustado a lo social, como si fuera algo con entidad propia, como si fuera una esfera dentro de otra esfera, no. Lo económico forma parte de un todo, de ese conjunto inseparable y complejo que es lo social. Pero bien, no vamos a liarnos más en esto porque es solo un apunte.

Entonces, esta concepción de lo económico como algo separado de lo social y la subordinación de las relaciones sociales a ello, rigiendo así la vida social, es justamente lo que puede propiciar la muerte social del individuo. Sin duda, en la sociedad de hoy, el más pesado estigma social que le puede caer a uno encima es el de la deuda económica. Deber dinero, ser insolvente, te convierte automáticamente en un proscrito social. El grado de solvencia económica que marcan los estándares económicos (absolutamente estipulables, delimitables, cuantificables) se traduce en el grado de confianza o de crédito social que la sociedad le concede a un individuo.

La solvencia económica acaba determinando el crédito social de los individuos. Y por tanto, la insolvencia económica equivaldría directamente a la muerte social del individuo condenándolo a la exclusión y convirtiéndolo en un paria condenado a vivir en los márgenes del sistema o bien, dentro de él pero con serios hándicaps o “discapacidades” sociales, también llamados estigmas.

Es algo en lo que tengo que pensar más, pero pienso que este tipo de estigma sería el que Goffman llama estigma del desacreditable (no el del desacreditado). Ser insolvente y ser moroso no es una cruz escarlata que llevas en la frente, sino que es un estigma que permanece oculto, pero que emerge de la oscuridad en el momento menos pensado, es decir, cuando quieres acceder a una vivienda, cuando tienes un contrato de trabajo, cuando quieres alquilar un piso, cuando quieres comprar algo a plazos, cuando pides una beca e incluso cuando quieres viajar al extranjero y necesitas solicitar un visado. Entonces apareces en una lista de morosos y de golpe, las puertas de esta sociedad se te cierran. Tus relaciones sociales (laborales, administrativas, etc.) nunca podrán ser “normales”. Entiéndase el término “normal” dentro del contexto de una sociedad como la nuestra, es decir, una sociedad de consumo supeditada a los mercados económicos y cuya principal forma de vida gira en torno al dinero y, más concretamente, al dinero en forma de crédito.

Para acabar este rollaco, solo un pequeño apunte en torno a este tema del estigma y la deuda. Fruto de la estafa en la que nos hicieron caer, hasta no hace mucho, socialmente hablando, tener una hipoteca era algo que te convertía automáticamente en alguien “normal”. Ahora no hablo en el plano financiero, sino en el plano de las identidades sociales con la que nos relacionamos entre nosotros cotidianamente. Es decir, todo ciudadano que se preciara tenía su piso de compra y su hipoteca. Y firmar una hipoteca era una especie de rito de paso que conducía a los individuos de la edad juvenil (de persona aún en etapa formativa socialmente) a la edad adulta (persona completa y autónoma a nivel moral y social, no a nivel económico, claro está). Socialmente no eras un ser completo, o no eras un ser normal (o normativo), si no tenías una hipoteca, si no tenías una deuda contraída con un banco. Hasta el estallido de la burbuja inmobiliaria, paradójicamente no tener hipoteca te restaba crédito social. Era como si tu confiabilidad social como individuo estuviera avalada por el banco, si él ha confiado en ti, es porque eres una persona “normal”. Aunque bien pensado, de hecho, esta consideración que puede parecer paradójica, en realidad está regida por la misma lógica que ahora, que no es otra que la lógica económica capitalista. Tanto antes, como ahora, lo que marca el crédito (y el descrédito) social y moral es la deuda económica. Antes, un crédito (hipotecario) servía para avalar tu crédito social como sujeto y te hacía aceptable socialmente. Ahora, su contrapartida, la deuda, sirve para avalar tu descrédito social como sujeto, convirtiéndote en un estigmatizado.

Pero ojo! con esto del antes y el ahora. Esto que he presentado como una paradoja, en realidad no lo es. Solo hay una especie de “dislocación” de perspectiva de clase (vaya expresión más rara, pero creo que se entiende): tanto antes como ahora siempre ha sido igual. La deuda y el estigma siempre han estado ahí. El problema es que antes el estigma solo afectaba a una “minoría silenciosa” (o mejor dicho silenciada?) y ahora, la cosa está afectando a la clase media (también llamada “mayoría silenciosa”). Y ya sabemos que para la clase media, hasta entonces todo funcionaba de maravilla e incluso señalaban con el dedo del estigma social y de la culpabilidad a los que no podían pagar la hipoteca… hasta que les tocó a ellos pringar. Ahora claro, todo esto injusto y todos indignados. Y ciertamente lo es y hay que luchar contra eso. Pero ahora, claro. Antes no. Lo de siempre.

060928_humor_hipoteca

Y si, por un momento, tomáramos un zoológico como marco de experiencia, ¿qué veríamos?

Impresiones sueltas sobre una muestra de interacción humano-chimpancé vista desde una perspectiva situada.

 

BREVE ACLARACIÓN INTRODUCTORIA

Esto no pretende ser un análisis en profundidad de nada. Lo que escribo a continuación no viene a reflejar más que una serie de inferencias teóricas o analíticas que me pasaron por la cabeza al ver este video (tal vez porque las tengo en la cabeza todo el día para otros temas, no sé…). Aclaro que las he puesto así, casi al tun-tún y sin trabajarlas, ni con el interés de argumentarlas demasiado. Este post es una especie de esbozo íntimo, de work in progress extraño, de un texto que no sé si algún día acabaré escribiendo, pero en fin, ahí queda colgado de momento.

Precisamente este es uno de los usos personales de este blog, donde me puedo permitir algunas licencias que en un “texto serio” o académico serían absolutamente inaceptables.

Y por supuesto, dejar claro que no soy especialista en etología animal, ni pretendo hacer un análisis etológico del asunto, por lo que este post, según como, puede parecer casi una especie de boutade. Pero en fin, allá voy.

En el marco de las Jornadas Antiespecistas que tuvieron lugar los días 12 y 13 de enero en la Casa de la Solidaritat (BCN), durante una de las charlas (la de Romina Kachanoski sobre violencia especista), tuve la oportunidad de visionar el documento que cuelgo aquí.

Y al verlo, lo primero que me vino a la cabeza fue Goffman (¡cómo no!). Me acordé de aquello que casi todo el mundo olvida sobre Goffman: que él no era un interaccionista simbólico. No, no lo era, claro que no, de ninguna de las maneras. Y no lo era justamente porque defendía que en una situación de copresencia, lo que marca el devenir de la interacción es la información relativa al medio social que un interactuante infiere del otro, y viceversa.  Es decir, en una situación cara a cara, las inferencias consisten en clasificar lo que percibimos en el otro dentro de grandes categorías “macrosociales” (encuadrándo al otro dentro de un género, una clase social, un rango de edad, una especie, etc.). Estas inferencias tienen el objetivo de situar socialmente al individuo que tenemos enfrente para poder adecuar nuestro comportamiento y nuestra manera de interactuar a lo que requiera la situación. Es decir, sirven para establecer y definir el orden de la situación.

Por situación se entendería el espacio-tiempo definido convencionalmente en el que dos personas o más están copresentes o comunican y controlan mutuamente sus apariencias, su lenguaje corporal y sus actividades.

La información social que se infiere del contacto cara a cara opera en dos frentes simultáneos. Por un lado, existe la información que se desprende de las categorías macrosociales a la que he hecho referencia antes. Como recuerda Harvey Sacks, disponemos siempre de diversos «conjuntos alternativos de categorías» (2000: 67) que, al iniciar una situación de copresencia —o interacción—, «transformamos en expectativas normativas» (Goffman, 2001b: 12), de manera que tratamos de anticipar —y, de hecho, anticipamos— información social acerca de quienes tenemos enfrente. De ello se desprende que la operatividad de estas categorías macrosociales en la interacción cara a cara, implica la necesidad de que los copresentes posean una concepción anticipada de percepciones y explicaciones corraboradoras de la experiencia.

Sin embargo, en la interacción que se ve en el documento que he colgado: ¿qué categoría macrosocial está usando el humano? ¿Qué concepción anticipada de la percepción tiene? ¿Esta concepción anticipada, qué expectativa de la experiencia le proporciona?

Pienso que la interacción que se puede ver en el video es un ejemplo de que la categoría macrosocial del individuo está directamente vinculada a su cosmovisión, en esta caso, una cosmovisión claramente especista, que hace que el humano, en esta interacción, no le conceda al chimpancé la categoría de persona(*), sino una categoría inferiorizada y, además en este caso reforzada por la situación, donde quedan perfectamente escenificados mediante la disposición espacial los roles que cumplen unos y otros: en un zoológico, con la separación de un cristal, se delimita claramente quién posee la categoría social de persona y quién la de no-persona. En ese momento, el humano ha clasificado a quién tiene enfrente como una no-persona y como un no-humano, por lo que toda la situación (corporalidad del chimpancé, indicaciones gestuales, separación por el cristal, zoológico como espacio lúdico, etc.) es interpretada por éste bajo estos códigos culturales que le hacen percibir la experiencia de una determinada manera: a pesar de reconocer los gestos del chimpancé, a pesar de reconocer perfectamente que le está haciendo indicaciones para que le abra la jaula, el humano se ríe y lo interpreta como una situación divertida. La lectura que hace de la percepción durante el momento de interacción no se ve nunca modificada, a pesar de que la acción recíproca no se esté adecuando a las categorías macrosociales aplicadas previamente por el individuo humano.

Ante esto, así a bote pronto, me vienen a la cabeza dos cosas con las que podría pensar en relacionar el video en cuestión:

En primer lugar, pienso que este video es una clara muestra de que la situación no es en ningún caso autónoma del orden social, como defenderían los situacionistas o los defensores de la acción comunicativa, hoy tan en boga entre nuestros teóricos de la democracia y el ciudadanismo (léase Habermas y sus devotos). Pero bueno, tampoco hacía falta este video para llegar a esta conclusión.

En segundo lugar, y tal vez lo más importante para lo que me interesa aquí, es que en lo que veo podría intentar establecerse algún vínculo con el concepto de estigma de Goffman, quien obviamente no hablaba de especismo en sus escritos, ni hacía una distinción sistemática entre persona/humano (quiero decir que siempre se refería a la interacción inter-humana), pero creo que en buena medida, su definición podría aplicarse o, cuando menos, nos podría servir como punto de partida para analizar lo que sucede en este tipo de interacciones entre personas humanas y no-personas no-humanas. Aunque también se podría abordar este tema directamente desde el concepto de persona…

Entonces, a lo que iba: el medio social establece las categorías de personas que en él se pueden encontrar (y por tanto, de las personas y de las no-personas), el medio social pone el límite de lo que es y no es una persona.

Luego, Goffman nos dice que el estigma es una relación (al loro, una relación, no algo que uno lleva en sí mismo) entre un atributo y un esterotipo. Entonces, para que se entienda:

A nivel cognitivo (“macrosocial”), delimitamos unas categorías de personas y al entrar en una interacción, seleccionamos qué tipo de categoría debemos aplicarle a la persona que tenemos en frente.  (Entiéndase que la persona que tenemos enfrente hace lo propio también con nosotros).

Dentro de estas categorías que tenemos montadas, hay clasificados individuos con atributos indesesables (un loco, un criminal, un inmigrante, etc.) y/o de inferioridad (un pobre, un discapacitado, un animal no-humano, etc.). Cuando digo indeseables o inferiores y pongo un ejemplo entre paréntesis, quede claro que me refiero a la valoración que hace el individuo que está clasificando in situ, no es porque yo entienda que son así.

Normalmente, lo que refleja el estigma es justamente un determinado orden moral y social. Los estigmatizados son los sujetos que contravienen la norma establecida, que no por ello significa que la norma es “justa” para con la persona estigmatizada. De alguna manera, con esta categorización de atributos, lo que hacemos es construir una teoría del estigma hacia estas personas, es decir, montamos una ideología para explicar (esto es, justificar) su inferioridad o su explotación o su trato desigual dentro de un determinado grupo social y organizar el orden de la situación mediante unos parámetros  excepcionales (excepcionales para el “estigmatizador”, claro está, pues el efecto estimatizador/interiorizador que ejerce uno sobre el otro acabaría siendo lo que marca el orden de la interacción). El estigma está marcando el orden de la interacción y la organización de la experiencia, de manear que, en el caso que me ocupa, el chimpancé podría encajar bien en lo que Goffman conviene en llamar estigmatizado “desacreditado”.

Lo curioso es que estos atributos construidos tienen un carácter bastante peculiar: para el “estigmatizador”, estos atributos permanecen indefectiblemente invariables a pesar de la experiencia, devienen contrarios a los sentimientos, a los estados de ánimo y a las intenciones que el individuo estigmatizado puede tener o mostrar durante el periodo que dura la interacción. Esto mismo sería lo que se ve en el video: el chimpancé está “emitiendo” toda una serie de información, pero el humano no modifica su interpretación de esa información y continua aplicando unas categorías macrosociales determinadas que hacen que interprete la experiencia tal como éste la había “previsto”, al haberle asignado al chimpancé una serie de atributos inferiorizadores (referidos, claro está, a la concepción que tiene éste de los animales no-humanos, etc.), reforzada por el lugar/momento en el que se está dando la interacción (zoológico, lugar lúdico, etc.).

A todo esto se le llama “estereotipia”, que vendría a ser el recorte de nuestras expectativas normativas referentes a la conducta y al carácter de quien tenemos enfrente durante una interacción debido a la aplicación de esta concepción anticipada de percepciones que usamos para corroborar la experiencia en una situación determinada.

Obviamente se podría analizar con mucha más profundidad todo esto y buscar los pros y los contras y los puntos débiles de todo esto, que ya los intuyo. ¿Puede aplicarse un análisis situado para explicar una discriminación por especie? Yo pienso que ¿y por qué no? Pero es que, ostras, tampoco hay modelos teóricos sólidos sobre este tema. Estamos acostumbrados a leer sobre estigmas en inmigrantes, discapacitados mentales o físicos, mujeres, etc., y, parece que aplicarlo a este tipo de interacciones tiene que ser diferente, y quieras que no, cuesta. Pero bueno, en cualquier caso, por lo menos, creo que el video puede ser un buen ejemplo, para hacer un ejercicio de análisis para intentar explicar la aparente incongruencia de la situación.

Y bueno, espero no haber escrito mucho en “goffmaniano”, esa especie de lenguaje que sin querer se nos engancha a los que trabajamos desde perspectivas situadas y que nos vuelve totalmente incomprensibles para el resto de mortales.

Por cierto, mil gracias a Romina Kachanoski por haberme facilitado el link.

Espero no tener que borrar este post, escandalizada, al releerlo en la distancia algún día.

Y si alguien lo lee (aunque me muero un poco de vergüenza cada vez que pienso en esa posibilidad…), cualquier comentario o crítica (en público o en privado, como sea), por supuesto que son más que bienvenidos.

Algunas de las referencias citadas explícitamente:

GOFFMAN, E. (2001), La presentación de la persona en la vida cotidiana, Buenos Aires, Amorrortu.

— (2001b), Estigma. La identidad deteriorada, Buenos Aires, Amorrortu.

— (2006), Frame Analysis. Los marcos de la experiencia. Madrid, CIS.

MAUSS, M. (1971), «Sobre una categoría del espíritu humano: la noción de persona y la noción del ‘yo’», Sociología y Antropología, Madrid, Tecnos, pp. 308-333.

SACKS, H. (2000), «La máquina de hacer inferencias» en E. Goffman et al., Sociologías de la situación, Madrid, La Piqueta, pp. 61-81.


(*) Ojo! Cuando hablo de persona, me refiero a la acepción moral y social del término, siguiendo la definición establecida en su día por Marcel Mauss. Quede claro que, en ningún caso me refiero al significado “popular” en occidente, que considera persona y ser humano como términos equivalentes (aunque a la práctica no lo sean tampoco, pero en fin, este es otro tema).