¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?

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Melancholia, Lars von Trier (2011)

«En la medida en que una actuación destaca los valores oficiales corrientes de la sociedad en la cual tiene lugar, podemos considerarla, a la manera de Durkheim y Radcliffe-Brown, como una ceremonia, un expresivo rejuvenecimiento y reafirmación de los valores morales de la comunidad. […] El mundo es, en verdad, una boda».

Erving Goffman, La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959)

La primera vez que vi esta obra de arte pensé en Goffman y Durkheim. Sociedad. Individuo. Melancolía… Pero es mucho más que eso. La película sugiere tantas cosas y sé que hay tantas otras que se me escapan… Es abrumadora.

Hasta el jueves que viene la reponen en el Cine Méliès (Barcelona), por si alguien de Barna se quiere regalar una noche de éxtasis cinéfilo en pantalla grande (como tiene que ser): Melancholia.

P.D.: El título del post lo “cogí prestado” de Ruben Darío.

«Poderoso caballero es don Dinero». La deuda económica como estigma social

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Hoy quería colgar aquí algunas reflexiones en las que estoy empezando a trabajar en un texto (así como en plan más formal y eso…) y que giran en torno a los conceptos de deuda y crédito en nuestra sociedad. Obviamente lo que vivimos en la actualidad en los estados occidentales (y en España aún con más intensidad) tiene de por sí bastantes puntos en común con mi tema de investigación doctoral. Sin embargo, no me entró el gusanillo de escribir algo sobre esto hasta que no me sumergí en la lectura del libro ya casi clásico de David Graeber sobre la deuda: Debt: The First 5,000 years. Luego, la reciente comparecencia de Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) en el Congreso de los Diputados acabó por animarme a hacerlo.

Hubo un punto de la exposición de Ada Colau que me pareció clave y me alegré que lo hiciera explícito como argumento central de la ILP. Es en relación al concepto de “deuda” y a la vinculación de este concepto no solo al ámbito de lo económico sino también y sobre todo, al ámbito de lo social. Se ha de decir que no es que lo verbalizara Ada Colau en ese mismo instante, sino que esta vinculación es parte central del corpus “conceptual” y de principios de actuación con los que trabaja la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH).

Lo que decía: Ada Colau verbalizó algo que es una realidad social y que todos sabemos de sobras, pues de una manera u otra, más o menos amargamente, todos vivimos bajo esa constante amenaza del crédito y, su contrapartida, la deuda. Forma parte de nuestra cotidianeidad en una sociedad vinculada al sistema económico capitalista. La portavoz de la PAH denunció que, al no existir la dación en pago, las personas afectadas por el impago de su hipoteca están de facto afectadas de por vida, pues más allá de perder su vivienda y ser desahuciadas, cargan con la deuda del crédito hipotecario contraído (más intereses por demoras varias) hasta su muerte. Como se sabe, esto pasa con las hipotecas y con cualquier otra deuda económica importante que contraiga cualquier persona con una entidad crediticia. Cuando digo persona, me refiero a una persona física (de las de carne y hueso, quiero decir), porque luego está esa casta especial y superior de “personas”, conocidas como “personas jurídicas” o comúnmente “empresas” a cuyo servicio los estados ponen toda una serie de mecanismos y procedimientos legales que les permiten renegociar, pactar quitas, declararse insolventes con cierta facilidad, etc. Mecanismos que tienen la “maravillosa” cualidad de que difícilmente se contagian a la persona de carne y hueso que hay detrás (comúnmente llamada “empresario”), quien puede eludir con suma facilidad el ser marcado con la cruz (o estigma social) que le identifica a nivel financiero y social y moral como deudor o moroso. Pero claro, esta diferencia de trato entre personas de carne y hueso y empresas tiene que ver bastante con el tema de este post.

Bueno, que me voy del tema. Lo que decía: lo que Ada dijo más concretamente es que la deuda económica condenaba a estas personas a morir socialmente y, por tanto, a vivir excluidas del sistema social.  Este es un punto clave: la vinculación directa que existe en las sociedades capitalistas entre la acepción económica de deuda y la acepción social y moral del término.

 La definición de “deuda” que recogen los diccionarios de lenguas occidentales es bastante significativa y es un reflejo de esta constante asociación entre economía y moral que existe en nuestra sociedad y la subordinación de esta a aquella. Aquí en la entrada del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua es más que evidente:

deuda.

(Del lat. debĭta, pl. n. de debĭtum, débito).

1. f. Obligación que alguien tiene de pagar, satisfacer o reintegrar a otra persona algo, por lo común dinero.

2. f. Obligación moral contraída con alguien.

3. f. Pecado, culpa u ofensa. Y perdónanos nuestras deudas.

Creo que es justamente en el concepto de deuda ―piedra angular del funcionamiento de nuestro sistema económico y social―y a esta constante identificación (o trasvase de significados) entre su acepción económica y su acepción moral, dónde se puede ver claramente aquello que nos decía Polanyi sobre la sociedades basadas en una economía de mercado, donde el incrustamiento  o “embeddedness” se había invertido. El concepto clásico de “embeddedness” hace referencia a la imbricación existente entre economía y relaciones sociales y, más concretamente, en el modo en que la economía se encuentra subordinada a las relaciones sociales, y no a la inversa. Las sociedades capitalistas como la nuestra funcionarían justamente a la inversa: las relaciones sociales están subordinadas a la esfera económica, cuya influencia llega hasta el punto de marcar el lugar que ocupa cada individuo dentro del mapa o de la escala social.

Si lo pensamos bien, esta subordinación nuestra de la esfera social a la esfera económica es como rara. En un principio, desde la antropología, cuando se habla de economía se hace referencia a los procesos materiales de subsistencia, es decir, las formas en que se organizan las personas en la producción y reproducción de los bienes materiales y servicios que hacen la vida posible. Lo económico se referiría pues a las relaciones sociales que participan en la producción de vida material, a través de la interacción organizada de los seres humanos y la naturaleza (Narotzky). Por eso Polanyi nos habla de esta subordinación de lo económico a lo social y no al revés. Aunque tal vez sería más apropiado no definir lo económico como algo incrustado a lo social, como si fuera algo con entidad propia, como si fuera una esfera dentro de otra esfera, no. Lo económico forma parte de un todo, de ese conjunto inseparable y complejo que es lo social. Pero bien, no vamos a liarnos más en esto porque es solo un apunte.

Entonces, esta concepción de lo económico como algo separado de lo social y la subordinación de las relaciones sociales a ello, rigiendo así la vida social, es justamente lo que puede propiciar la muerte social del individuo. Sin duda, en la sociedad de hoy, el más pesado estigma social que le puede caer a uno encima es el de la deuda económica. Deber dinero, ser insolvente, te convierte automáticamente en un proscrito social. El grado de solvencia económica que marcan los estándares económicos (absolutamente estipulables, delimitables, cuantificables) se traduce en el grado de confianza o de crédito social que la sociedad le concede a un individuo.

La solvencia económica acaba determinando el crédito social de los individuos. Y por tanto, la insolvencia económica equivaldría directamente a la muerte social del individuo condenándolo a la exclusión y convirtiéndolo en un paria condenado a vivir en los márgenes del sistema o bien, dentro de él pero con serios hándicaps o “discapacidades” sociales, también llamados estigmas.

Es algo en lo que tengo que pensar más, pero pienso que este tipo de estigma sería el que Goffman llama estigma del desacreditable (no el del desacreditado). Ser insolvente y ser moroso no es una cruz escarlata que llevas en la frente, sino que es un estigma que permanece oculto, pero que emerge de la oscuridad en el momento menos pensado, es decir, cuando quieres acceder a una vivienda, cuando tienes un contrato de trabajo, cuando quieres alquilar un piso, cuando quieres comprar algo a plazos, cuando pides una beca e incluso cuando quieres viajar al extranjero y necesitas solicitar un visado. Entonces apareces en una lista de morosos y de golpe, las puertas de esta sociedad se te cierran. Tus relaciones sociales (laborales, administrativas, etc.) nunca podrán ser “normales”. Entiéndase el término “normal” dentro del contexto de una sociedad como la nuestra, es decir, una sociedad de consumo supeditada a los mercados económicos y cuya principal forma de vida gira en torno al dinero y, más concretamente, al dinero en forma de crédito.

Para acabar este rollaco, solo un pequeño apunte en torno a este tema del estigma y la deuda. Fruto de la estafa en la que nos hicieron caer, hasta no hace mucho, socialmente hablando, tener una hipoteca era algo que te convertía automáticamente en alguien “normal”. Ahora no hablo en el plano financiero, sino en el plano de las identidades sociales con la que nos relacionamos entre nosotros cotidianamente. Es decir, todo ciudadano que se preciara tenía su piso de compra y su hipoteca. Y firmar una hipoteca era una especie de rito de paso que conducía a los individuos de la edad juvenil (de persona aún en etapa formativa socialmente) a la edad adulta (persona completa y autónoma a nivel moral y social, no a nivel económico, claro está). Socialmente no eras un ser completo, o no eras un ser normal (o normativo), si no tenías una hipoteca, si no tenías una deuda contraída con un banco. Hasta el estallido de la burbuja inmobiliaria, paradójicamente no tener hipoteca te restaba crédito social. Era como si tu confiabilidad social como individuo estuviera avalada por el banco, si él ha confiado en ti, es porque eres una persona “normal”. Aunque bien pensado, de hecho, esta consideración que puede parecer paradójica, en realidad está regida por la misma lógica que ahora, que no es otra que la lógica económica capitalista. Tanto antes, como ahora, lo que marca el crédito (y el descrédito) social y moral es la deuda económica. Antes, un crédito (hipotecario) servía para avalar tu crédito social como sujeto y te hacía aceptable socialmente. Ahora, su contrapartida, la deuda, sirve para avalar tu descrédito social como sujeto, convirtiéndote en un estigmatizado.

Pero ojo! con esto del antes y el ahora. Esto que he presentado como una paradoja, en realidad no lo es. Solo hay una especie de “dislocación” de perspectiva de clase (vaya expresión más rara, pero creo que se entiende): tanto antes como ahora siempre ha sido igual. La deuda y el estigma siempre han estado ahí. El problema es que antes el estigma solo afectaba a una “minoría silenciosa” (o mejor dicho silenciada?) y ahora, la cosa está afectando a la clase media (también llamada “mayoría silenciosa”). Y ya sabemos que para la clase media, hasta entonces todo funcionaba de maravilla e incluso señalaban con el dedo del estigma social y de la culpabilidad a los que no podían pagar la hipoteca… hasta que les tocó a ellos pringar. Ahora claro, todo esto injusto y todos indignados. Y ciertamente lo es y hay que luchar contra eso. Pero ahora, claro. Antes no. Lo de siempre.

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Y si, por un momento, tomáramos un zoológico como marco de experiencia, ¿qué veríamos?

Impresiones sueltas sobre una muestra de interacción humano-chimpancé vista desde una perspectiva situada.

 

BREVE ACLARACIÓN INTRODUCTORIA

Esto no pretende ser un análisis en profundidad de nada. Lo que escribo a continuación no viene a reflejar más que una serie de inferencias teóricas o analíticas que me pasaron por la cabeza al ver este video (tal vez porque las tengo en la cabeza todo el día para otros temas, no sé…). Aclaro que las he puesto así, casi al tun-tún y sin trabajarlas, ni con el interés de argumentarlas demasiado. Este post es una especie de esbozo íntimo, de work in progress extraño, de un texto que no sé si algún día acabaré escribiendo, pero en fin, ahí queda colgado de momento.

Precisamente este es uno de los usos personales de este blog, donde me puedo permitir algunas licencias que en un “texto serio” o académico serían absolutamente inaceptables.

Y por supuesto, dejar claro que no soy especialista en etología animal, ni pretendo hacer un análisis etológico del asunto, por lo que este post, según como, puede parecer casi una especie de boutade. Pero en fin, allá voy.

En el marco de las Jornadas Antiespecistas que tuvieron lugar los días 12 y 13 de enero en la Casa de la Solidaritat (BCN), durante una de las charlas (la de Romina Kachanoski sobre violencia especista), tuve la oportunidad de visionar el documento que cuelgo aquí.

Y al verlo, lo primero que me vino a la cabeza fue Goffman (¡cómo no!). Me acordé de aquello que casi todo el mundo olvida sobre Goffman: que él no era un interaccionista simbólico. No, no lo era, claro que no, de ninguna de las maneras. Y no lo era justamente porque defendía que en una situación de copresencia, lo que marca el devenir de la interacción es la información relativa al medio social que un interactuante infiere del otro, y viceversa.  Es decir, en una situación cara a cara, las inferencias consisten en clasificar lo que percibimos en el otro dentro de grandes categorías “macrosociales” (encuadrándo al otro dentro de un género, una clase social, un rango de edad, una especie, etc.). Estas inferencias tienen el objetivo de situar socialmente al individuo que tenemos enfrente para poder adecuar nuestro comportamiento y nuestra manera de interactuar a lo que requiera la situación. Es decir, sirven para establecer y definir el orden de la situación.

Por situación se entendería el espacio-tiempo definido convencionalmente en el que dos personas o más están copresentes o comunican y controlan mutuamente sus apariencias, su lenguaje corporal y sus actividades.

La información social que se infiere del contacto cara a cara opera en dos frentes simultáneos. Por un lado, existe la información que se desprende de las categorías macrosociales a la que he hecho referencia antes. Como recuerda Harvey Sacks, disponemos siempre de diversos «conjuntos alternativos de categorías» (2000: 67) que, al iniciar una situación de copresencia —o interacción—, «transformamos en expectativas normativas» (Goffman, 2001b: 12), de manera que tratamos de anticipar —y, de hecho, anticipamos— información social acerca de quienes tenemos enfrente. De ello se desprende que la operatividad de estas categorías macrosociales en la interacción cara a cara, implica la necesidad de que los copresentes posean una concepción anticipada de percepciones y explicaciones corraboradoras de la experiencia.

Sin embargo, en la interacción que se ve en el documento que he colgado: ¿qué categoría macrosocial está usando el humano? ¿Qué concepción anticipada de la percepción tiene? ¿Esta concepción anticipada, qué expectativa de la experiencia le proporciona?

Pienso que la interacción que se puede ver en el video es un ejemplo de que la categoría macrosocial del individuo está directamente vinculada a su cosmovisión, en esta caso, una cosmovisión claramente especista, que hace que el humano, en esta interacción, no le conceda al chimpancé la categoría de persona(*), sino una categoría inferiorizada y, además en este caso reforzada por la situación, donde quedan perfectamente escenificados mediante la disposición espacial los roles que cumplen unos y otros: en un zoológico, con la separación de un cristal, se delimita claramente quién posee la categoría social de persona y quién la de no-persona. En ese momento, el humano ha clasificado a quién tiene enfrente como una no-persona y como un no-humano, por lo que toda la situación (corporalidad del chimpancé, indicaciones gestuales, separación por el cristal, zoológico como espacio lúdico, etc.) es interpretada por éste bajo estos códigos culturales que le hacen percibir la experiencia de una determinada manera: a pesar de reconocer los gestos del chimpancé, a pesar de reconocer perfectamente que le está haciendo indicaciones para que le abra la jaula, el humano se ríe y lo interpreta como una situación divertida. La lectura que hace de la percepción durante el momento de interacción no se ve nunca modificada, a pesar de que la acción recíproca no se esté adecuando a las categorías macrosociales aplicadas previamente por el individuo humano.

Ante esto, así a bote pronto, me vienen a la cabeza dos cosas con las que podría pensar en relacionar el video en cuestión:

En primer lugar, pienso que este video es una clara muestra de que la situación no es en ningún caso autónoma del orden social, como defenderían los situacionistas o los defensores de la acción comunicativa, hoy tan en boga entre nuestros teóricos de la democracia y el ciudadanismo (léase Habermas y sus devotos). Pero bueno, tampoco hacía falta este video para llegar a esta conclusión.

En segundo lugar, y tal vez lo más importante para lo que me interesa aquí, es que en lo que veo podría intentar establecerse algún vínculo con el concepto de estigma de Goffman, quien obviamente no hablaba de especismo en sus escritos, ni hacía una distinción sistemática entre persona/humano (quiero decir que siempre se refería a la interacción inter-humana), pero creo que en buena medida, su definición podría aplicarse o, cuando menos, nos podría servir como punto de partida para analizar lo que sucede en este tipo de interacciones entre personas humanas y no-personas no-humanas. Aunque también se podría abordar este tema directamente desde el concepto de persona…

Entonces, a lo que iba: el medio social establece las categorías de personas que en él se pueden encontrar (y por tanto, de las personas y de las no-personas), el medio social pone el límite de lo que es y no es una persona.

Luego, Goffman nos dice que el estigma es una relación (al loro, una relación, no algo que uno lleva en sí mismo) entre un atributo y un esterotipo. Entonces, para que se entienda:

A nivel cognitivo (“macrosocial”), delimitamos unas categorías de personas y al entrar en una interacción, seleccionamos qué tipo de categoría debemos aplicarle a la persona que tenemos en frente.  (Entiéndase que la persona que tenemos enfrente hace lo propio también con nosotros).

Dentro de estas categorías que tenemos montadas, hay clasificados individuos con atributos indesesables (un loco, un criminal, un inmigrante, etc.) y/o de inferioridad (un pobre, un discapacitado, un animal no-humano, etc.). Cuando digo indeseables o inferiores y pongo un ejemplo entre paréntesis, quede claro que me refiero a la valoración que hace el individuo que está clasificando in situ, no es porque yo entienda que son así.

Normalmente, lo que refleja el estigma es justamente un determinado orden moral y social. Los estigmatizados son los sujetos que contravienen la norma establecida, que no por ello significa que la norma es “justa” para con la persona estigmatizada. De alguna manera, con esta categorización de atributos, lo que hacemos es construir una teoría del estigma hacia estas personas, es decir, montamos una ideología para explicar (esto es, justificar) su inferioridad o su explotación o su trato desigual dentro de un determinado grupo social y organizar el orden de la situación mediante unos parámetros  excepcionales (excepcionales para el “estigmatizador”, claro está, pues el efecto estimatizador/interiorizador que ejerce uno sobre el otro acabaría siendo lo que marca el orden de la interacción). El estigma está marcando el orden de la interacción y la organización de la experiencia, de manear que, en el caso que me ocupa, el chimpancé podría encajar bien en lo que Goffman conviene en llamar estigmatizado “desacreditado”.

Lo curioso es que estos atributos construidos tienen un carácter bastante peculiar: para el “estigmatizador”, estos atributos permanecen indefectiblemente invariables a pesar de la experiencia, devienen contrarios a los sentimientos, a los estados de ánimo y a las intenciones que el individuo estigmatizado puede tener o mostrar durante el periodo que dura la interacción. Esto mismo sería lo que se ve en el video: el chimpancé está “emitiendo” toda una serie de información, pero el humano no modifica su interpretación de esa información y continua aplicando unas categorías macrosociales determinadas que hacen que interprete la experiencia tal como éste la había “previsto”, al haberle asignado al chimpancé una serie de atributos inferiorizadores (referidos, claro está, a la concepción que tiene éste de los animales no-humanos, etc.), reforzada por el lugar/momento en el que se está dando la interacción (zoológico, lugar lúdico, etc.).

A todo esto se le llama “estereotipia”, que vendría a ser el recorte de nuestras expectativas normativas referentes a la conducta y al carácter de quien tenemos enfrente durante una interacción debido a la aplicación de esta concepción anticipada de percepciones que usamos para corroborar la experiencia en una situación determinada.

Obviamente se podría analizar con mucha más profundidad todo esto y buscar los pros y los contras y los puntos débiles de todo esto, que ya los intuyo. ¿Puede aplicarse un análisis situado para explicar una discriminación por especie? Yo pienso que ¿y por qué no? Pero es que, ostras, tampoco hay modelos teóricos sólidos sobre este tema. Estamos acostumbrados a leer sobre estigmas en inmigrantes, discapacitados mentales o físicos, mujeres, etc., y, parece que aplicarlo a este tipo de interacciones tiene que ser diferente, y quieras que no, cuesta. Pero bueno, en cualquier caso, por lo menos, creo que el video puede ser un buen ejemplo, para hacer un ejercicio de análisis para intentar explicar la aparente incongruencia de la situación.

Y bueno, espero no haber escrito mucho en “goffmaniano”, esa especie de lenguaje que sin querer se nos engancha a los que trabajamos desde perspectivas situadas y que nos vuelve totalmente incomprensibles para el resto de mortales.

Por cierto, mil gracias a Romina Kachanoski por haberme facilitado el link.

Espero no tener que borrar este post, escandalizada, al releerlo en la distancia algún día.

Y si alguien lo lee (aunque me muero un poco de vergüenza cada vez que pienso en esa posibilidad…), cualquier comentario o crítica (en público o en privado, como sea), por supuesto que son más que bienvenidos.

Algunas de las referencias citadas explícitamente:

GOFFMAN, E. (2001), La presentación de la persona en la vida cotidiana, Buenos Aires, Amorrortu.

— (2001b), Estigma. La identidad deteriorada, Buenos Aires, Amorrortu.

— (2006), Frame Analysis. Los marcos de la experiencia. Madrid, CIS.

MAUSS, M. (1971), «Sobre una categoría del espíritu humano: la noción de persona y la noción del ‘yo’», Sociología y Antropología, Madrid, Tecnos, pp. 308-333.

SACKS, H. (2000), «La máquina de hacer inferencias» en E. Goffman et al., Sociologías de la situación, Madrid, La Piqueta, pp. 61-81.


(*) Ojo! Cuando hablo de persona, me refiero a la acepción moral y social del término, siguiendo la definición establecida en su día por Marcel Mauss. Quede claro que, en ningún caso me refiero al significado “popular” en occidente, que considera persona y ser humano como términos equivalentes (aunque a la práctica no lo sean tampoco, pero en fin, este es otro tema).