Recuerdos de Harlem: una experiencia religiosa

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Photo: David Goldman for The New York Times

La primavera pasada, ya pronto hará un año (¡Dios mío, el tiempo va volando!), pude por fin irme a dar una vuelta por Nueva York. Hice montón de fotos. Bueno, supongo que lo típico cuando uno va de turisteo. Pero en verdad no es que sea una apasionada de hacer fotos. Más bien todo lo contrario. Además, reconozco que soy bastante mala en esto del “arte de la fotografía”. Mis fotografías siempre, indefectiblemente, pierden belleza y encanto respecto al original. Por eso, suelo reprimirme y no tomo demasiadas, porque salen feas y total, no vale la pena. Además, es que no me gusta nada esto de tirar fotos, me distrae de lo importante y tengo la sensación que me pierdo buena parte de lo que está pasando delante de mis ojos.

Pues a todo esto, no sé qué me pasó esta vez, que me dio por tirar fotos “a tort i a dret”. No obstante, he de confesar que, en realidad, las fotografías las hice, además de para dar cuenta a familiares y amigos de lo que vi y para intentar transmitirles mediante imágenes instantáneas lo que viví y sentí allí durante esos días (aunque al final casi no lo hice…), sobre todo las tomé para mí, para uso personal e intransferible.

Esos pocos días allí fueron una especie de largo paseo durante el cual me dediqué casi exclusivamente a deambular, a vagar perdida dejándome llevar absorta y abrumada por las calles y rincones de esta mágica ciudad. La cosa es que como una, que no tiene mucho mundo recorrido y que cuando sale de casa solo le falta la boina de Marianico el Corto y se deja sorprender de manera muy facilona, pues todo el tiempo que pasé en Nueva York fue un no parar de emociones y sensaciones. Y tan plácidamente metida en mi papel de flâneuse ocasional, me sobrevino una necesidad espiritual, aunque casi fisiológica, de retener de alguna manera la experiencia y las sensaciones que estaba viviendo, de cogerlas y no dejarlas escapar para que se quedaran conmigo (o mejor dicho, yo con ellas) para siempre.

Sobra decir que la idea fue un estrepitoso fracaso. Las fotos salieron feas, planas, muertas. Imposible retener en ellas todo lo percibido, sentido, vivido. Pero, en fin, menos es nada y ciertamente, hoy cuando miro las fotos se me activan los recuerdos y, con ellos, puedo casi oír y sentir aún un tenue rumor de todo lo vivido allí. Si bien es cierto que la intensidad del recuerdo se va atenuando a medida que pasa el tiempo, por lo menos quedan las fotos.

Pues bien, un poquito de estos recuerdos son los que quería compartir hoy en el blog. He pensado que como al final no hice el prometido fotolibro de marras, pues así la family y los friends, pues pueden aprovechar para verlas. Lo que cuelgo aquí son algunas instantáneas de Harlem, un barrio en el que tuve la oportunidad de pasar buena parte del tiempo que estuve por allí y en el que me hubiera quedado para siempre. Aunque me olvidé de recoger cosas esenciales que ahora echo de menos: las tiendas y puestos en la calle de esencias y aceites, las infinitas tiendas de productos de belleza para negros, los cientos de peluquerías de hombres, el mercadillo africano, las entrañables groceries con luces de neón como las que atracan en las pelis de Harlem, la Malcolm Shabazz Mosque, el Lenox Lounge, los restaurantes de soul food (vegan too!), las canchas de street basket del Marcus Garvey Park, el constante chirrido de las ruedas de los coches al arrancar (solo lo escuché en Harlem!), la música a todo trapo saliendo de los coches…

Fue precisamente de Harlem de dónde me llevé la experiencia más intensa de todas las que viví en Nueva York. Asistir a una misa de domingo en la First Corinthian Baptist Church fue una auténtica experiencia religiosa. Y aunque seguramente no leerá nunca esto, aprovecho para agradecer a Georgia que hiciera sus más y sus menos con la gente de su comunidad para que se avinieran a acomodarme en la zona de aforo normal de la iglesia y no en la zona apartada (casi en la intemperie) donde colocan habitualmente a los turistas. Ciertamente, escuchar y ver un coro de gospel es un bonito espectáculo, aunque sea en domingo y a las 8 de la mañana, y no solo desde un punto de vista musical. Sin embargo, lo más intenso de la misa, sin ninguna duda, no está en el escenario, sino en las bancadas.

Recuerdo a las acomodadoras distribuyendo pañuelos y abanicos para calmar el calor y el sudor entre los asistentes, las grandes pantallas de plasma que retransmitían la misa y que además avisaban de las matrículas de los coches mal estacionados, la estética y la forma de vestir de domingo tan inconfundible de las mujeres (y de los hombres!) de Harlem, las señoras mayores con su sombrero, bailando y cantando enérgicamente todas y cada una de las canciones del coro, las entradas en trance de algunos fieles y coristas, los hombres clamando al cielo para hacer llegar su voz a las alturas celestiales… Por supuesto que también fue un verdadero placer escuchar y vivir el sermón del pastor Michael A. Walrond Jr., el pastor Mike, como le llaman los habituales de la FCBC y que como me decía Georgia -siempre recordándome que me fijara bien en que el pastor Mike daba el sermón en jeans y americana: “Aunque no seas creyente, escuchar al pastor Mike te deja buen rollo dentro del cuerpo y te vuelves a casa con las pilas cargadas para toda la semana”.

Pues bien.. paradójicamente y a pesar de esa necesidad loca que me entró de recolectar impresiones y recuerdos, resulta que me dejé llevar tanto por la situación y la emoción colectiva de la misa, que no pensé en guardar ningún testigo de lo que viví en la iglesia, de manera que no conservo más recuerdo que el que, por supuesto, permanece en mi memoria y en mi piel. C’est dommage.

En fin, ahí van las cuatro fotillas mal echadas de este barrio que por supuesto, no hacen honor ni a su encanto, ni a su emoción, ni a su espíritu humilde, ni a su historia, ni a sus héroes, ni a su mística, ni a su magia.

Y hasta aquí la mamarrachada turística del día.

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Ain’t got no… I’ve got life!

Pues aquí empieza mi “blog experience”!

Y empezar posteando esta canción de Nina Simone, creo que es un bonito inicio. El vídeo es de una actuación en directo en Harlem por allá 1969.  Dejo la letra traducida al castellano.

¡Queda inaugurado mi blog!

“No tengo… tengo la vida” – Nina Simone

No tengo casa, no tengo zapatos
No tengo dinero, no tengo clase
No tengo amigos, no tengo estudios,
No tengo trabajo, no tengo oficio,
No tengo dinero, ni sitio donde estar
No tengo padre, no tengo madre,
No tengo hijos, no tengo hermanas ni hermanos,
No tengo tierra, no tengo fe
No tengo iglesia, no tengo dios
Yo no tengo amor.

No tengo vino, ni tabaco,
ni ropa, ni país, ni clase, ni estudios, ni amigos,
No tengo nada.
No tengo Dios, ni tierra, ni agua, ni comida,
Ni casa.

Ya dije que no tengo ropa, no tengo trabajo,
Nada de nada.
No tengo mucho tiempo más de vida
Y no tengo amor.
Pero lo que sí tengo
Déjame que te diga lo que sí tengo,
Y lo que nadie me va a quitar…
A menos que yo quiera:

Tengo mi pelo, tengo mi cabeza
Tengo mi cerebro, tengo mis orejas
Tengo mis ojos, tengo mi nariz
Tengo mi boca, tengo mi sonrisa
Tengo mi lengua, tengo mi barbilla
Tengo mi cuello, tengo mis tetas

Tengo mi corazón, tengo mi alma
Tengo mi espalda, tengo mi sexo
Tengo mis brazos, mis manos,
Mis dedos, mis piernas,
Tengo mis pies, mis dedos de los pies
Mi hígado, tengo mi sangre.

Tengo vida, tengo mi libertad
Tengo la vida.

Tengo dolor de cabeza, tengo dolor de muelas
Y tengo demasiados malos ratos como tú.
Tengo mi pelo, mi cabeza
mi cerebro, mis orejas
Mis ojos, mi nariz, mi boca,
Tengo mi sonrisa
Tengo mi lengua, mi barbilla
Mi cuello,  mis tetas.
Tengo mi corazón, tengo mi alma
Tengo mi espalda, tengo mi sexo
Tengo mis brazos, mis manos,
Mis dedos, mis piernas,
Tengo mis pies, mis dedos de los pies
Mi hígado, tengo mi sangre.

Tengo vida,
Tengo mi libertad
Tengo la vida

Y voy a mantenerla
Tengo la vida
Y  nadie me la va a quitar
Tengo la vida.