Y si, por un momento, tomáramos un zoológico como marco de experiencia, ¿qué veríamos?

Impresiones sueltas sobre una muestra de interacción humano-chimpancé vista desde una perspectiva situada.

 

BREVE ACLARACIÓN INTRODUCTORIA

Esto no pretende ser un análisis en profundidad de nada. Lo que escribo a continuación no viene a reflejar más que una serie de inferencias teóricas o analíticas que me pasaron por la cabeza al ver este video (tal vez porque las tengo en la cabeza todo el día para otros temas, no sé…). Aclaro que las he puesto así, casi al tun-tún y sin trabajarlas, ni con el interés de argumentarlas demasiado. Este post es una especie de esbozo íntimo, de work in progress extraño, de un texto que no sé si algún día acabaré escribiendo, pero en fin, ahí queda colgado de momento.

Precisamente este es uno de los usos personales de este blog, donde me puedo permitir algunas licencias que en un “texto serio” o académico serían absolutamente inaceptables.

Y por supuesto, dejar claro que no soy especialista en etología animal, ni pretendo hacer un análisis etológico del asunto, por lo que este post, según como, puede parecer casi una especie de boutade. Pero en fin, allá voy.

En el marco de las Jornadas Antiespecistas que tuvieron lugar los días 12 y 13 de enero en la Casa de la Solidaritat (BCN), durante una de las charlas (la de Romina Kachanoski sobre violencia especista), tuve la oportunidad de visionar el documento que cuelgo aquí.

Y al verlo, lo primero que me vino a la cabeza fue Goffman (¡cómo no!). Me acordé de aquello que casi todo el mundo olvida sobre Goffman: que él no era un interaccionista simbólico. No, no lo era, claro que no, de ninguna de las maneras. Y no lo era justamente porque defendía que en una situación de copresencia, lo que marca el devenir de la interacción es la información relativa al medio social que un interactuante infiere del otro, y viceversa.  Es decir, en una situación cara a cara, las inferencias consisten en clasificar lo que percibimos en el otro dentro de grandes categorías “macrosociales” (encuadrándo al otro dentro de un género, una clase social, un rango de edad, una especie, etc.). Estas inferencias tienen el objetivo de situar socialmente al individuo que tenemos enfrente para poder adecuar nuestro comportamiento y nuestra manera de interactuar a lo que requiera la situación. Es decir, sirven para establecer y definir el orden de la situación.

Por situación se entendería el espacio-tiempo definido convencionalmente en el que dos personas o más están copresentes o comunican y controlan mutuamente sus apariencias, su lenguaje corporal y sus actividades.

La información social que se infiere del contacto cara a cara opera en dos frentes simultáneos. Por un lado, existe la información que se desprende de las categorías macrosociales a la que he hecho referencia antes. Como recuerda Harvey Sacks, disponemos siempre de diversos «conjuntos alternativos de categorías» (2000: 67) que, al iniciar una situación de copresencia —o interacción—, «transformamos en expectativas normativas» (Goffman, 2001b: 12), de manera que tratamos de anticipar —y, de hecho, anticipamos— información social acerca de quienes tenemos enfrente. De ello se desprende que la operatividad de estas categorías macrosociales en la interacción cara a cara, implica la necesidad de que los copresentes posean una concepción anticipada de percepciones y explicaciones corraboradoras de la experiencia.

Sin embargo, en la interacción que se ve en el documento que he colgado: ¿qué categoría macrosocial está usando el humano? ¿Qué concepción anticipada de la percepción tiene? ¿Esta concepción anticipada, qué expectativa de la experiencia le proporciona?

Pienso que la interacción que se puede ver en el video es un ejemplo de que la categoría macrosocial del individuo está directamente vinculada a su cosmovisión, en esta caso, una cosmovisión claramente especista, que hace que el humano, en esta interacción, no le conceda al chimpancé la categoría de persona(*), sino una categoría inferiorizada y, además en este caso reforzada por la situación, donde quedan perfectamente escenificados mediante la disposición espacial los roles que cumplen unos y otros: en un zoológico, con la separación de un cristal, se delimita claramente quién posee la categoría social de persona y quién la de no-persona. En ese momento, el humano ha clasificado a quién tiene enfrente como una no-persona y como un no-humano, por lo que toda la situación (corporalidad del chimpancé, indicaciones gestuales, separación por el cristal, zoológico como espacio lúdico, etc.) es interpretada por éste bajo estos códigos culturales que le hacen percibir la experiencia de una determinada manera: a pesar de reconocer los gestos del chimpancé, a pesar de reconocer perfectamente que le está haciendo indicaciones para que le abra la jaula, el humano se ríe y lo interpreta como una situación divertida. La lectura que hace de la percepción durante el momento de interacción no se ve nunca modificada, a pesar de que la acción recíproca no se esté adecuando a las categorías macrosociales aplicadas previamente por el individuo humano.

Ante esto, así a bote pronto, me vienen a la cabeza dos cosas con las que podría pensar en relacionar el video en cuestión:

En primer lugar, pienso que este video es una clara muestra de que la situación no es en ningún caso autónoma del orden social, como defenderían los situacionistas o los defensores de la acción comunicativa, hoy tan en boga entre nuestros teóricos de la democracia y el ciudadanismo (léase Habermas y sus devotos). Pero bueno, tampoco hacía falta este video para llegar a esta conclusión.

En segundo lugar, y tal vez lo más importante para lo que me interesa aquí, es que en lo que veo podría intentar establecerse algún vínculo con el concepto de estigma de Goffman, quien obviamente no hablaba de especismo en sus escritos, ni hacía una distinción sistemática entre persona/humano (quiero decir que siempre se refería a la interacción inter-humana), pero creo que en buena medida, su definición podría aplicarse o, cuando menos, nos podría servir como punto de partida para analizar lo que sucede en este tipo de interacciones entre personas humanas y no-personas no-humanas. Aunque también se podría abordar este tema directamente desde el concepto de persona…

Entonces, a lo que iba: el medio social establece las categorías de personas que en él se pueden encontrar (y por tanto, de las personas y de las no-personas), el medio social pone el límite de lo que es y no es una persona.

Luego, Goffman nos dice que el estigma es una relación (al loro, una relación, no algo que uno lleva en sí mismo) entre un atributo y un esterotipo. Entonces, para que se entienda:

A nivel cognitivo (“macrosocial”), delimitamos unas categorías de personas y al entrar en una interacción, seleccionamos qué tipo de categoría debemos aplicarle a la persona que tenemos en frente.  (Entiéndase que la persona que tenemos enfrente hace lo propio también con nosotros).

Dentro de estas categorías que tenemos montadas, hay clasificados individuos con atributos indesesables (un loco, un criminal, un inmigrante, etc.) y/o de inferioridad (un pobre, un discapacitado, un animal no-humano, etc.). Cuando digo indeseables o inferiores y pongo un ejemplo entre paréntesis, quede claro que me refiero a la valoración que hace el individuo que está clasificando in situ, no es porque yo entienda que son así.

Normalmente, lo que refleja el estigma es justamente un determinado orden moral y social. Los estigmatizados son los sujetos que contravienen la norma establecida, que no por ello significa que la norma es “justa” para con la persona estigmatizada. De alguna manera, con esta categorización de atributos, lo que hacemos es construir una teoría del estigma hacia estas personas, es decir, montamos una ideología para explicar (esto es, justificar) su inferioridad o su explotación o su trato desigual dentro de un determinado grupo social y organizar el orden de la situación mediante unos parámetros  excepcionales (excepcionales para el “estigmatizador”, claro está, pues el efecto estimatizador/interiorizador que ejerce uno sobre el otro acabaría siendo lo que marca el orden de la interacción). El estigma está marcando el orden de la interacción y la organización de la experiencia, de manear que, en el caso que me ocupa, el chimpancé podría encajar bien en lo que Goffman conviene en llamar estigmatizado “desacreditado”.

Lo curioso es que estos atributos construidos tienen un carácter bastante peculiar: para el “estigmatizador”, estos atributos permanecen indefectiblemente invariables a pesar de la experiencia, devienen contrarios a los sentimientos, a los estados de ánimo y a las intenciones que el individuo estigmatizado puede tener o mostrar durante el periodo que dura la interacción. Esto mismo sería lo que se ve en el video: el chimpancé está “emitiendo” toda una serie de información, pero el humano no modifica su interpretación de esa información y continua aplicando unas categorías macrosociales determinadas que hacen que interprete la experiencia tal como éste la había “previsto”, al haberle asignado al chimpancé una serie de atributos inferiorizadores (referidos, claro está, a la concepción que tiene éste de los animales no-humanos, etc.), reforzada por el lugar/momento en el que se está dando la interacción (zoológico, lugar lúdico, etc.).

A todo esto se le llama “estereotipia”, que vendría a ser el recorte de nuestras expectativas normativas referentes a la conducta y al carácter de quien tenemos enfrente durante una interacción debido a la aplicación de esta concepción anticipada de percepciones que usamos para corroborar la experiencia en una situación determinada.

Obviamente se podría analizar con mucha más profundidad todo esto y buscar los pros y los contras y los puntos débiles de todo esto, que ya los intuyo. ¿Puede aplicarse un análisis situado para explicar una discriminación por especie? Yo pienso que ¿y por qué no? Pero es que, ostras, tampoco hay modelos teóricos sólidos sobre este tema. Estamos acostumbrados a leer sobre estigmas en inmigrantes, discapacitados mentales o físicos, mujeres, etc., y, parece que aplicarlo a este tipo de interacciones tiene que ser diferente, y quieras que no, cuesta. Pero bueno, en cualquier caso, por lo menos, creo que el video puede ser un buen ejemplo, para hacer un ejercicio de análisis para intentar explicar la aparente incongruencia de la situación.

Y bueno, espero no haber escrito mucho en “goffmaniano”, esa especie de lenguaje que sin querer se nos engancha a los que trabajamos desde perspectivas situadas y que nos vuelve totalmente incomprensibles para el resto de mortales.

Por cierto, mil gracias a Romina Kachanoski por haberme facilitado el link.

Espero no tener que borrar este post, escandalizada, al releerlo en la distancia algún día.

Y si alguien lo lee (aunque me muero un poco de vergüenza cada vez que pienso en esa posibilidad…), cualquier comentario o crítica (en público o en privado, como sea), por supuesto que son más que bienvenidos.

Algunas de las referencias citadas explícitamente:

GOFFMAN, E. (2001), La presentación de la persona en la vida cotidiana, Buenos Aires, Amorrortu.

— (2001b), Estigma. La identidad deteriorada, Buenos Aires, Amorrortu.

— (2006), Frame Analysis. Los marcos de la experiencia. Madrid, CIS.

MAUSS, M. (1971), «Sobre una categoría del espíritu humano: la noción de persona y la noción del ‘yo’», Sociología y Antropología, Madrid, Tecnos, pp. 308-333.

SACKS, H. (2000), «La máquina de hacer inferencias» en E. Goffman et al., Sociologías de la situación, Madrid, La Piqueta, pp. 61-81.


(*) Ojo! Cuando hablo de persona, me refiero a la acepción moral y social del término, siguiendo la definición establecida en su día por Marcel Mauss. Quede claro que, en ningún caso me refiero al significado “popular” en occidente, que considera persona y ser humano como términos equivalentes (aunque a la práctica no lo sean tampoco, pero en fin, este es otro tema).