Y más paseos por la City… un ‘remember’ de L.E.S. y East Village (fotolibro comentado – segundo fascículo)

CIMG2057_nyc

Segunda entrega del fotolibro turístico en fascículos para familiares y amigos. Ya sé que soy un poco pesada con el temita, pero primero, es mi blog y hago lo que me da la gana. Segundo, es que tengo que amortizar el viaje y tercero es que, como dije en la primera entrega, aprovecho el espacio para colgar el fotolibro que prometí en su momento y que no enseñé en su día. Lo que sucede es que voy a mi ritmo de tortuguita y ya llevo un año de restraso, por eso se está haciendo todo como más cansino. Si hubiera tenido el blog antes, lo hubiera hecho antes. Y también quiero que esto me sirva de recuerdo personal. Y no sé por qué doy tantas explicaciones ni a quién se las estoy dando, pero en fin… Espero que no se me junte esta entrega de fascículos con otro viaje de estos así tan intensos y se me colapsen las historietas porque me puedo tirar haciendo fotogalerías toda la vida… Bueno, he dicho que espero que no, pero en realidad miento: ¡ojalá me pasara eso!

Otra cosa: lo que comento un poquito aquí son impresiones mías, que seguramente estén equivocadas y la realidad real sea otra. Seguro que alguien que conozca mejor la ciudad y su historia puede tener mil objeciones a lo que digo, pero lo que quiero poner aquí son solo eso, impresiones que me llevé al pasar por estos lugares y que en su momento recogí en mi especie-de-diario de campo, aunque llamarle diario de campo a lo que uno escribe y anota cuando va de turista es un poco cutre, lo sé, pero ya se me entiende.

Pues lo dicho, que cuelgo una fotogalería de esas anti-artísticas de las mías de East Village y Lower East Side (LES). Son dos barrios distintos pero que bien podrían ser uno, pues me pareció que tenían muchos rasgos en común. De hecho, mucha gente considera que es el mismo, pero bueno. Ambos están en la parte Este de Manhattan, separados por una calle muy ancha, Houston St., y al oeste delimitados más o menos por Bowery St..

Sobre LES, la impresión que tuve paseando por allí es que lo están haciendo “digievolucionar” al “hipsterismo-gafapasta” que predomina en la parte baja de Manhattan, pero a pesar de ello, tiene su encanto. Me pareció también que es un sitio donde la población de tradición y origen judío está bastante presente. La verdad es que el sitio tiene su rollito. Orchard St, Rivington St y alrededores, con sus tiendas (Moo Shoes y las tremendas Baby Cakes, ese vegan power!), el mercado de Essex…

De LES, he de decir que donde más rato pasé fue en el Whole Foods de Houston St, donde me pasé bastantes horas flipando con todos los productos eco y vegan. Allí, muchas veces me compraba la cena a peso (con salsitas incluídas) antes de ir a descansar. Solo un inciso sobre Whole Foods: decir que me los recorrí prácticamente todos. No había entrado nunca en estos supermercados (aquí la cateta al habla…) y cuando por casualidad di con uno de ellos (el de Tribeca, concretamente), casi muero de la emoción. Pasillos enteros de comida vegan, estanterías enteras de no-quesos, yogures de soja de todos los sabores y colores, el pasillo de harinas y de mil pijadas más para hacer pasteles, postres y frostings…. Y la fruta y la verdura, ¡qué pinta! Cuando volví a Barcelona y entré de nuevo a comprar al Veritas, el impacto comparativo fue sobrecogedor…

Pero a mí lo que me enamoró de verdad fue East Village. Pasear por ese barrio fue como estar dentro de un videoclip de The Ramones, The Clash o Led Zeppelin. Me gustó el aire rocker-decadente que se respira, de la época del punk rock, cuando este barrio aún era un barrio de gente humilde y de clase trabajadora y donde también la droga por desgracia estaba haciendo estragos entre la juventud de la época. Tuve la impresión que aún no está tan-tan gentrificado como el SOHO o Greenwich Village, o como lo empieza a estar ya LES, aún hay muchos edificios por rehabilitar y cierta “degradación” en las fachadas y las calles es más que evidente. Por supuesto que lo están transformando y “limpiando” para ponerlo todo bien caro y que venga toda la panda hipster y yuppie (esa typical NYC), pero todavía vi mucha población inmigrante (es decir, trabajadores inmigrantes, currantes, me refiero). Por ejemplo, me acuerdo también del Tompkins Square Park donde estaban repartiendo platos de comida caliente a mendigos y demás gente que lo necesitaba y que normalmente está en ese parque. También está plagado de community gardens, lo cual no sé si interpretarlo como que hay mucha vida de barrio o como que la cosa está empezando a repoblarse de yuppies-happy-eco-people de esos con pinta de intelectuales que van en bici y que pretenden crear algo parecido a la vida de barrio, pues forma parte de su visión romántica de un mundo mejor con relaciones más humanas y de proximidad (eso sí, dentro del ombligo del capital, pero bueno, paradojas urbanas fascinantes). Las casas de tattoos de St. Marks Place, la mítica tienda Trash and Vaudeville de ropa punk, rocker, rockabillie, mod y gótica y que vestía a las juventudes de todos estos movimientos alternativos (algunos dirían “tribus urbanas”, pero no me gusta mucho este concepto, porque a parte de anticuado, estos eran y significaban mucho más que lo que connota el término) que surgieron en este barrio alrededor del Rock’n’roll y de la música en los 70’s-80’s. The Ramones, por ejemplo, sacaban de esta tienda las vestimentas para los conciertos. En sus tiempos, East Village era el barrio del rock, donde se movían sus gentes y sus músicas, donde estaban salas de concierto tan míticas como CBGB, Electric Circus y Fillmore East, entre otras. En fin, que aún se respira un poquito ese aire, aún aún queda algo. Lo que ahora tiene más bien un punto de aire nostálgico de todo lo que fue, parece como que ya solo queda un rastro tenue de perfume de todo aquello.

Y luego, está también la Alphabet City, que se supone que en los 80 era un sitio muy chungo y peligroso. Leí que, sobre la mala fama de estas calles del alfabeto, que son las únicas de Manhattan que en lugar de por números se llaman por letras, parece que medio en broma se decía esto:

Avenue A, you’re All right (aware) – Avenida A, estás bien (estate al tanto).
Avenue B, you’re Brave (beware) – Avenida B, eres valiente (ten cuidado).
Avenue C, you’re Crazy (caution!) – Avenida C, estás loco (peligro!).
Avenue D, you’re Dead (death) – Avenida D, estás muerto (muerte).

Pero en definitiva, de todas las zonas que visité de Manhattan, creo que East Village es una de las pocas donde todavía se respira un poco de autenticidad. Me pareció un rincón real. East Village es todavía un poquito como dice la canción del Serrat, de “gent d’arreu que penca i beu, que sua i menja” (gente de todas partes, que curra y bebe, que suda y come), con sus cosas bonitas y sus miserias. Esas miserias, que no son otra cosa que la muestra de vida de los barrios populares, que los planes urbanísticos quieren tapar como sea, porque hacen feo y no quedan bien en las fotos de los turistas. Esto en NYC lo saben bien y, bueno, en Barcelona por supuesto que también, no nos quedamos cortos.

Así como en el Soho o en el Meatpacking, personalmente no me sentí demasiado en la onda con el rollito este fashion, chic&cool, que va del palo casual, pero que es de lujo y pijo a morir, como que me sentía un tanto desubicada, ya que no solo no es mi estilo, sino que además este rollo me da un poco de rabia, pero bueno… pues eso, que en East Village, la verdad es que fue todo lo contrario, me sentí como pez en el agua.  No quiero decir con eso que, por ejemplo, no disfrutara del ambiente cool del Soho o del encanto exclusivo del Meatpacking District o de la rareza de alto standing y de película de Tribeca. Supongo que una de las muchas maravillas de esta ciudad es que es tan diversa que cada uno puede encontrar su rinconcito particular con el que identificarse o en el que sentir que va más con su manera de vivir y de estar en el mundo.

whole earthPor cierto, unas palabrejas para The Whole Earth Bakery & Kitchen y su dueño Peter.  Es, bueno era, una tienda de comida vegana para llevar, sobre todo, de pasteles, bollería, smoothies y demás cositas dulces (aunque también saladas), donde me encantó el cariño y la cercanía con la que trataban a los clientes. Me comí un cheese(less)cake de arándanos riquísimo acompañado de un café XL, que, por cierto, me tomé en muy buena compañía. Un viejo y muy entrañable vecino del barrio y amigo del dueño me estuvo explicando, mientras compartíamos la única mesa del pequeño local, algunas historias y luchas de East Village y sus gentes humildes. Whole Earth, a parte de ser un lugar libre de crueldad y libre de especismo, era un lugar sencillo y de barrio, y cuyo dueño, Peter y su gente desde sus inicios en este barrio popular y rocker colaboraban activamente en la lucha social y participaban en acciones reivindicativas y activas para mejorar la vida de la gente del barrio, que muchas veces malvive en la calle, o que es inmigrante y acaba de llegar o que tiene problemas serios con el alcohol y las drogas. Es una lástima que hace justo un par de meses, Peter tuviera que cerrar la tienda, abierta desde 1978, como consecuencia de un desahucio. Así de asqueroso es el mundo en el que vivimos. Dejo un poema de despedida que una poeta callejera dedicó a la desaparecida Whole Earth Bakery:

The End;
We’ll miss you
Whole Earth Bakery,
with your beginning 
steeped in history — riot, clubs, 
screaming protest–

Vegan pastries, 
only a few can master
them– delicate, melt in mouth–

Your departure
will leave a silence 
the birds will peck at,

your playlist 
turned to personal kitchen
where friends will laugh
and remember the East Village
with a little taste from heaven.

Abigail Mott
December 28, 2012

Y bueno, cuelgo la galería de fotos anunciada y luego, no puedo evitar poner un link de una canción mítica e histórica de The Ramones, un poco para ir a juego con el ambientillo del post. Espero que quien lea, escuche y vea la entrada de hoy, le guste, y por lo menos, si no es ni con lo leído, ni con lo visto (la calidad de la escritura y de las fotografías reconozco que son más que cuestionables), pues por lo menos, que disfrute con la música.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

The Ramones, “Sheena is a punk rocker”, en directo en CBGB, New York 1977:

La foule. La ville. La Piaf.

Auguste Renoir

Auguste Renoir, «Bal au Moulin de la Galette» (1876)

Como lo prometido es deuda (y nunca mejor dicho después del post del otro día sobre el tema), cuelgo el link de una de mis canciones favoritas de Édith Piaf, “La foule” o lo que es lo mismo, la multitud, la muchedumbre, el gentío, como se prefiera llamar. Este post haría pareja con el del cuento de E.A. Poe. Creo que tienen muchos puntos en común (y no solo en el título).

Me gusta por las impresiones que traza de la ciudad y de la vida urbana: la gente, el anonimato, los cruces de miradas y los amores fugaces, la velocidad de las imágenes, las pinceladas de vida que, a ritmo frenético, percibimos al cruzarnos y meternos y mezclarnos entre una multitud anónima dentro de la que nosotros mismos formamos parte… En fin, ya sé que no está muy de moda decir esto e igual tengo una visión demasiado romántica de la cosa urbana en sí, pero qué le voy a hacer, a mí me gustan las ciudades, las calles, la jungla urbana, cuanto más caótica, más movida y más viva y viviente, mejor.

Pongo la letra completa en francés y su traducción al castellano.

La foule

Je revois la ville en fête et en délire
Suffoquant sous le soleil et sous la joie
Et j’entends dans la musique les cris, les rires
Qui éclatent et rebondissent autour de moi
Et perdue parmi ces gens qui me bousculent
Étourdie, désemparée, je reste là
Quand soudain, je me retourne, il se recule,
Et la foule vient me jeter entre ses bras…

Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Écrasés l’un contre l’autre
Nous ne formons qu’un seul corps
Et le flot sans effort
Nous pousse, enchaînés l’un et l’autre
Et nous laisse tous deux
Épanouis, enivrés et heureux.

Entraînés par la foule qui s’élance
Et qui danse
Une folle farandole
Nos deux mains restent soudées
Et parfois soulevés
Nos deux corps enlacés s’envolent
Et retombent tous deux
Épanouis, enivrés et heureux…

Et la joie éclaboussée par son sourire
Me transperce et rejaillit au fond de moi
Mais soudain je pousse un cri parmi les rires
Quand la foule vient l’arracher d’entre mes bras…

Emportés par la foule qui nous traîne
Nous entraîne
Nous éloigne l’un de l’autre
Je lutte et je me débats
Mais le son de sa voix
S’étouffe dans les rires des autres
Et je crie de douleur, de fureur et de rage
Et je pleure…

Entraînée par la foule qui s’élance
Et qui danse
Une folle farandole
Je suis emportée au loin
Et je crispe mes poings,
maudissant la foule qui me vole
L’homme qu’elle m’avait donné
Et que je n’ai jamais retrouvé…

Traducción al castellano:

La multitud

Vuelvo a ver la ciudad en fiesta y en delirio
sofocada bajo el sol y la alegría
y escucho entre la música y los gritos,
las risas que estallan y resuenan a mi alrededor.
Y perdida entre la gente que me empuja
aturdida, desamparada, me quedo ahí.
Cuando de pronto me giro, él retrocede,
y la multitud me arroja entre sus brazos…
Llevados por la multitud que nos lleva,
nos arrastra
Apiñados uno contra el otro,
no formamos más que un solo cuerpo
y el torrente sin esfuerzo
nos empuja, encadenados uno al otro
y nos deja a los dos
risueños, embriagados y felices.

Arrastrados por la multitud que se abalanza
y que baila
una loca farándula,
nuestras manos permanecen unidas.
Y a veces en lo alto,
nuestros cuerpos enlazados levantan el vuelo
y vuelven a caer
risueños, embriagados y felices…

Y la alegría salpicada por su sonrisa
me atraviesa y salpica en el fondo de mi ser
pero de pronto ahogo un grito entre las risas
cuando la multitud viene a arrancarlo de entre mis brazos.

Llevados por la multitud que nos lleva,
nos arrastra,
nos aleja uno del otro.
Yo lucho y me resisto.
Pero el sonido de su voz
se atraganta entre las risas de los otros,
Y grito de dolor, de furor y de rabia
Y lloro…

Arrastrados por la multitud que se abalanza
y que baila
una loca farándula,
Me arrastran lejos
y aprieto los puños
maldiciendo a la multitud que me roba
al hombre que me había dado
y que nunca jamás volví a encontrar…

Cuando un cuento te cuenta más que mil manuales…

Cuelgo aquí uno de mis cuentos favoritos. Hace ya un montón de años que lo leí, pero hoy me lo volví a encontrar por ahí. Cosas que pasan. Aunque habla de Londres, para mí es París, supongo que por Baudelaire y porque en él se respira el mismo “air du temps” que en las obras de los artistas de la época. Es el aire de la modernidad y de los tiempos modernos. Siempre he pensado que si me pudiera meter en un túnel del tiempo, me iría al París de la segunda mitad del XIX. Sin dudarlo. Otro día colgaré La Foule de la Piaf, que por lo mismo que esta joya, también tiene que estar en este blog de antropología sí o sí. Este cuento en particular, debería ser de lectura obligada en métodos y técnicas etnográficas. Tiene mucho que ver con el oficio.

Fritz Eichenberg

 

«El hombre de la multitud»

Edgar Allan Poe – 1840

Ce grand malheur de ne pouvoir être seul.
(La Bruyère)

Bien se ha dicho de cierto libro alemán que er lässt sich nicht lesen -no se deja leer-. Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de noche en sus lechos, estrechando convulsivamente las manos de espectrales confesores, mirándolos lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón desesperado y apretada la garganta a causa de esos misterios que no permiten que se los revele. Una y otra vez, ¡ay!, la conciencia del hombre soporta una carga tan pesada de horror que sólo puede arrojarla a la tumba. Y así la esencia de todo crimen queda inexpresada. No hace mucho tiempo, en un atardecer de otoño, hallábame sentado junto a la gran ventana que sirve de mirador al café D…, en Londres. Después de varios meses de enfermedad, me sentía convaleciente y con el retorno de mis fuerzas, notaba esa agradable disposición que es el reverso exacto del ennui; disposición llena de apetencia, en la que se desvanecen los vapores de la visión interior   -άχλϋς ή πριν έπήεν- y el intelecto electrizado sobrepasa su nivel cotidiano, así como la vívida aunque ingenua razón de Leibniz sobrepasa la alocada y endeble retórica de Gorgias. El solo hecho de respirar era un goce, e incluso de muchas fuentes legítimas del dolor extraía yo un placer. Sentía un interés sereno, pero inquisitivo, hacia todo lo que me rodeaba. Con un cigarro en los labios y un periódico en las rodillas, me había entretenido gran parte de la tarde, ya leyendo los anuncios, ya contemplando la variada concurrencia del salón, cuando no mirando hacia la calle a través de los cristales velados por el humo.

Dicha calle es una de las principales avenidas de la ciudad, y durante todo el día había transitado por ella una densa multitud. Al acercarse la noche, la afluencia aumentó, y cuando se encendieron las lámparas pudo verse una doble y continua corriente de transeúntes pasando presurosos ante la puerta. Nunca me había hallado a esa hora en el café, y el tumultuoso mar de cabezas humanas me llenó de una emoción deliciosamente nueva. Terminé por despreocuparme de lo que ocurría adentro y me absorbí en la contemplación de la escena exterior.

Al principio, mis observaciones tomaron un giro abstracto y general. Miraba a los viandantes en masa y pensaba en ellos desde el punto de vista de su relación colectiva. Pronto, sin embargo, pasé a los detalles, examinando con minucioso interés las innumerables variedades de figuras, vestimentas, apariencias, actitudes, rostros y expresiones.

La gran mayoría de los que iban pasando tenían un aire tan serio como satisfecho, y sólo parecían pensar en la manera de abrirse paso en el apiñamiento. Fruncían las cejas y giraban vivamente los ojos; cuando otros transeúntes los empujaban, no daban ninguna señal de impaciencia, sino que se alisaban la ropa y continuaban presurosos. Otros, también en gran número, se movían incansables, rojos los rostros, hablando y gesticulando consigo mismos como si la densidad de la masa que los rodeaba los hiciera sentirse solos. Cuando hallaban un obstáculo a su paso cesaban bruscamente de mascullar pero redoblaban sus gesticulaciones, esperando con sonrisa forzada y ausente que los demás les abrieran camino. Cuando los empujaban, se deshacían en saludos hacia los responsables, y parecían llenos de confusión. Pero, fuera de lo que he señalado, no se advertía nada distintivo en esas dos clases tan numerosas. Sus ropas pertenecían a la categoría tan agudamente denominada decente. Se trataba fuera de duda de gentileshombres, comerciantes, abogados, traficantes y agiotistas; de los eupátridas y la gente ordinaria de la sociedad; de hombres dueños de su tiempo, y hombres activamente ocupados en sus asuntos personales, que dirigían negocios bajo su responsabilidad. Ninguno de ellos llamó mayormente mi atención.

El grupo de los amanuenses era muy evidente, y en él discerní dos notables divisiones. Estaban los empleados menores de las casas ostentosas, jóvenes de ajustadas chaquetas, zapatos relucientes, cabellos con pomada y bocas desdeñosas. Dejando de lado una cierta apostura que, a falta de mejor palabra, cabría denominar oficinesca, el aire de dichas personas me parecía el exacto facsímil de lo que un año o año y medio antes había constituido la perfección del bon ton. Afectaban las maneras ya desechadas por la clase media -y esto, creo, da la mejor definición posible de su clase.

La división formada por los empleados superiores de las firmas sólidas, los «viejos tranquilos», era inconfundible. Se los reconocía por sus chaquetas y pantalones negros o castaños, cortados con vistas a la comodidad; las corbatas y chalecos, blancos; los zapatos, anchos y sólidos, y las polainas o los calcetines, espesos y abrigados. Todos ellos mostraban señales de calvicie, y la oreja derecha, habituada a sostener desde hacía mucho un lapicero, aparecía extrañamente separada. Noté que siempre se quitaban o ponían el sombrero con ambas manos y que llevaban relojes con cortas cadenas de oro de maciza y antigua forma. Era la suya la afectación de respetabilidad, si es que puede existir una afectación tan honorable.

Había aquí y allá numerosos individuos de brillante apariencia, que fácilmente reconocí como pertenecientes a esa especie de carteristas elegantes que infesta todas las grandes ciudades. Miré a dicho personaje con suma detención y me resultó difícil concebir cómo los caballeros podían confundirlos con sus semejantes. Lo exagerado del puño de sus camisas y su aire de excesiva franqueza los traicionaba inmediatamente.

Los jugadores profesionales -y había no pocos- eran aún más fácilmente reconocibles. Vestían toda clase de trajes, desde el pequeño tahúr de feria, con su chaleco de terciopelo, corbatín de fantasía, cadena dorada y botones de filigrana, hasta el pillo, vestido con escrupulosa y clerical sencillez, que en modo alguno se presta a despertar sospechas. Sin embargo, todos ellos se distinguían por el color terroso y atezado de la piel, la mirada vaga y perdida y los labios pálidos y apretados. Había, además, otros dos rasgos que me permitían identificarlos siempre; un tono reservadamente bajo al conversar, y la extensión más que ordinaria del pulgar, que se abría en ángulo recto con los dedos. Junto a estos tahúres observé muchas veces a hombres vestidos de manera algo diferente, sin dejar de ser pájaros del mismo plumaje. Cabría definirlos como caballeros que viven de su ingenio. Parecen precipitarse sobre el público en dos batallones: el de los dandys y el de los militares. En el primer grupo, los rasgos característicos son los cabellos largos y las sonrisas; en el segundo, los levitones y el aire cejijunto.

Bajando por la escala de lo que da en llamarse superioridad social, encontré temas de especulación más sombríos y profundos. Vi buhoneros judíos, con ojos de halcón brillando en rostros cuyas restantes facciones sólo expresaban abyecta humildad; empedernidos mendigos callejeros profesionales, rechazando con violencia a otros mendigos de mejor estampa, a quienes sólo la desesperación había arrojado a la calle a pedir limosna; débiles y espectrales inválidos, sobre los cuales la muerte apoyaba una firme mano y que avanzaban vacilantes entre la muchedumbre, mirando cada rostro con aire de imploración, como si buscaran un consuelo casual o alguna perdida esperanza; modestas jóvenes que volvían tarde de su penosa labor y se encaminaban a sus fríos hogares, retrayéndose más afligidas que indignadas ante las ojeadas de los rufianes, cuyo contacto directo no les era posible evitar; rameras de toda clase y edad, con la inequívoca belleza en la plenitud de su feminidad, que llevaba a pensar en la estatua de Luciano, por fuera de mármol de Paros y por dentro llena de basura; la horrible leprosa harapienta, en el último grado de la ruina; el vejestorio lleno de arrugas, joyas y cosméticos, que hace un último esfuerzo para salvar la juventud; la niña de formas apenas núbiles, pero a quien una larga costumbre inclina a las horribles coqueterías de su profesión, mientras arde en el devorador deseo de igualarse con sus mayores en el vicio; innumerables e indescriptibles borrachos, algunos harapientos y remendados, tambaleándose, incapaces de articular palabra, amoratado el rostro y opacos los ojos; otros con ropas enteras aunque sucias, el aire provocador pero vacilante, gruesos labios sensuales y rostros rubicundos y abiertos; otros vestidos con trajes que alguna vez fueron buenos y que todavía están cepillados cuidadosamente, hombres que caminan con paso más firme y más vivo que el natural, pero cuyos rostros se ven espantosamente pálidos, los ojos inyectados en sangre, y que mientras avanzan a través de la multitud se toman con dedos temblorosos todos los objetos a su alcance; y, junto a ellos, pasteleros, mozos de cordel, acarreadores de carbón, deshollinadores, organilleros, exhibidores de monos amaestrados, cantores callejeros, los que venden mientras los otros cantan, artesanos desastrados, obreros de todas clases, vencidos por la fatiga, y todo ese conjunto estaba lleno de una ruidosa y desordenada vivacidad, que resonaba discordante en los oídos y creaba en los ojos una sensación dolorosa.

A medida que la noche se hacía más profunda, también era más profundo mi interés por la escena; no sólo el aspecto general de la multitud cambiaba materialmente (pues sus rasgos más agradables desaparecían a medida que el sector ordenado de la población se retiraba y los más ásperos se reforzaban con el surgir de todas las especies de infamia arrancadas a sus guaridas por lo avanzado de la hora), sino que los resplandores del gas, débiles al comienzo de la lucha contra el día, ganaban por fin ascendiente y esparcían en derredor una luz agitada y deslumbrante. Todo era negro y, sin embargo, espléndido, como el ébano con el cual fue comparado el estilo de Tertuliano.

Los extraños efectos de la luz me obligaron a examinar individualmente las caras de la gente y, aunque la rapidez con que aquel mundo pasaba delante de la ventana me impedía lanzar más de una ojeada a cada rostro, me pareció que, en mi singular disposición de ánimo, era capaz de leer la historia de muchos años en el breve intervalo de una mirada.

Pegada la frente a los cristales, ocupábame en observar la multitud, cuando de pronto se me hizo visible un rostro (el de un anciano decrépito de unos sesenta y cinco o setenta años) que detuvo y absorbió al punto toda mi atención, a causa de la absoluta singularidad de su expresión. Jamás había visto nada que se pareciese remotamente a esa expresión. Me acuerdo de que, al contemplarla, mi primer pensamiento fue que, si Retzch la hubiera visto, la hubiera preferido a sus propias encarnaciones pictóricas del demonio. Mientras procuraba, en el breve instante de mi observación, analizar el sentido de lo que había experimentado, crecieron confusa y paradójicamente en mi Cerebro las ideas de enorme capacidad mental, cautela, penuria, avaricia, frialdad, malicia, sed de sangre, triunfo, alborozo, terror excesivo, y de intensa, suprema desesperación. «¡Qué extraordinaria historia está escrita en ese pecho!», me dije. Nacía en mí un ardiente deseo de no perder de vista a aquel hombre, de saber más sobre él. Poniéndome rápidamente el abrigo y tomando sombrero y bastón, salí a la calle y me abrí paso entre la multitud en la dirección que le había visto tomar, pues ya había desaparecido. Después de algunas dificultades terminé por verlo otra vez; acercándome, lo seguí de cerca, aunque cautelosamente, a fin de no llamar su atención. Tenía ahora una buena oportunidad para examinarlo. Era de escasa estatura, flaco y aparentemente muy débil. Vestía ropas tan sucias como harapientas; pero, cuando la luz de un farol lo alumbraba de lleno, pude advertir que su camisa, aunque sucia, era de excelente tela, y, si mis ojos no se engañaban, a través de un desgarrón del abrigo de segunda mano que lo envolvía apretadamente alcancé a ver el resplandor de un diamante y de un puñal. Estas observaciones enardecieron mi curiosidad y resolví seguir al desconocido a dondequiera que fuese.

Era ya noche cerrada y la espesa niebla húmeda que envolvía la ciudad no tardó en convertirse en copiosa lluvia. El cambio de tiempo produjo un extraño efecto en la multitud, que volvió a agitarse y se cobijó bajo un mundo de paraguas. La ondulación, los empujones y el rumor se hicieron diez veces más intensos. Por mi parte la lluvia no me importaba mucho; en mi organismo se escondía una antigua fiebre para la cual la humedad era un placer peligrosamente voluptuoso. Me puse un pañuelo sobre la boca y seguí andando. Durante media hora el viejo se abrió camino dificultosamente a lo largo de la gran avenida, y yo seguía pegado a él por miedo a perderlo de vista. Como jamás se volvía, no me vio. Entramos al fin en una calle transversal que, aunque muy concurrida, no lo estaba tanto como la que acabábamos de abandonar. Inmediatamente advertí un cambio en su actitud. Caminaba más despacio, de manera menos decidida que antes, y parecía vacilar. Cruzó repetidas veces a un lado y otro de la calle, sin propósito aparente; la multitud era todavía tan densa que me veía obligado a seguirlo de cerca. La calle era angosta y larga y la caminata duró casi una hora, durante la cual los viandantes fueron disminuyendo hasta reducirse al número que habitualmente puede verse a mediodía en Broadway, cerca del parque (pues tanta es la diferencia entre una muchedumbre londinense y la de la ciudad norteamericana más populosa). Un nuevo cambio de dirección nos llevó a una plaza brillantemente iluminada y rebosante de vida. El desconocido recobró al punto su actitud primitiva. Dejó caer el mentón sobre el pecho, mientras sus ojos giraban extrañamente bajo el entrecejo fruncido, mirando en todas direcciones hacia los que le rodeaban. Se abría camino con firmeza y perseverancia. Me sorprendió, sin embargo, advertir que, luego de completar la vuelta a la plaza, volvía sobre sus pasos. Y mucho más me asombró verlo repetir varias veces el mismo camino, en una de cuyas ocasiones estuvo a punto de descubrirme cuando se volvió bruscamente.

Otra hora transcurrió en esta forma, al fin de la cual los transeúntes habían disminuido sensiblemente. Seguía lloviendo con fuerza, hacía fresco y la gente se retiraba a sus casas. Con un gesto de impaciencia el errabundo entró en una calle lateral comparativamente desierta. Durante cerca de un cuarto de milla anduvo por ella con una agilidad que jamás hubiera soñado en una persona de tanta edad, y me obligó a gastar mis fuerzas para poder seguirlo. En pocos minutos llegamos a una feria muy grande y concurrida, cuya disposición parecía ser familiar al desconocido. Inmediatamente recobró su actitud anterior, mientras se abría paso a un lado y otro, sin propósito alguno, mezclado con la muchedumbre de compradores y vendedores.

Durante la hora y media aproximadamente que pasamos en el lugar debí obrar con suma cautela para mantenerme cerca sin ser descubierto. Afortunadamente llevaba chanclos que me permitían andar sin hacer el menor ruido. En ningún momento notó el viejo que lo espiaba. Entró de tienda en tienda, sin informarse de nada, sin decir palabra y mirando las mercancías con ojos ausentes y extraviados. A esta altura me sentía lleno de asombro ante su conducta, y estaba resuelto a no perderle pisada hasta satisfacer mi curiosidad. Un reloj dio sonoramente las once, y los concurrentes empezaron a abandonar la feria. Al cerrar un postigo, uno de los tenderos empujó al viejo, e instantáneamente vi que corría por su cuerpo un estremecimiento. Lanzóse a la calle, mirando ansiosamente en todas direcciones, y corrió con increíble velocidad por varias callejuelas sinuosas y abandonadas, hasta volver a salir a la gran avenida de donde habíamos partido, la calle del hotel D… Pero el aspecto del lugar había cambiado. Las luces de gas brillaban todavía, mas la lluvia redoblaba su fuerza y sólo alcanzaban a verse contadas personas. El desconocido palideció. Con aire apesadumbrado anduvo algunos pasos por la avenida antes tan populosa, y luego, con un profundo suspiro, giró en dirección al río y, sumergiéndose en una complicada serie de atajos y callejas, llegó finalmente ante uno de los más grandes teatros de la ciudad. Ya cerraban sus puertas y la multitud salía a la calle. Vi que el viejo jadeaba como si buscara aire fresco en el momento en que se lanzaba a la multitud, pero me pareció que el intenso tormento que antes mostraba su rostro se había calmado un tanto. Otra vez cayó su cabeza sobre el pecho; estaba tal como lo había visto al comienzo. Noté que seguía el camino que tomaba el grueso del público, pero me era imposible comprender lo misterioso de sus acciones.

Mientras andábamos los grupos se hicieron menos compactos y la inquietud y vacilación del viejo volvieron a manifestarse. Durante un rato siguió de cerca a una ruidosa banda formada por diez o doce personas; pero poco a poco sus integrantes se fueron separando, hasta que sólo tres de ellos quedaron juntos en una calleja angosta y sombría, casi desierta. El desconocido se detuvo y por un momento pareció perdido en sus pensamientos; luego, lleno de agitación, siguió rápidamente una ruta que nos llevó a los límites de la ciudad y a zonas muy diferentes de las que habíamos atravesado hasta entonces. Era el barrio más ruidoso de Londres, donde cada cosa ostentaba los peores estigmas de la pobreza y del crimen. A la débil luz de uno de los escasos faroles se veían altos, antiguos y carcomidos edificios de madera, peligrosamente inclinados de manera tan rara y caprichosa que apenas sí podía discernirse entre ellos algo así como un pasaje. Las piedras del pavimento estaban sembradas al azar, arrancadas de sus lechos por la cizaña. La más horrible inmundicia se acumulaba en las cunetas. Toda la atmósfera estaba bañada en desolación. Sin embargo, a medida que avanzábamos los sonidos de la vida humana crecían gradualmente y al final nos encontramos entre grupos del más vil populacho de Londres, que se paseaban tambaleantes de un lado a otro. Otra vez pareció reanimarse el viejo, como una lámpara cuyo aceite está a punto de extinguirse. Otra vez echó a andar con elásticos pasos. Doblamos bruscamente en una esquina, nos envolvió una luz brillante y nos vimos frente a uno de los enormes templos suburbanos de la Intemperancia, uno de los palacios del demonio Ginebra.

Faltaba ya poco para el amanecer, pero gran cantidad de miserables borrachos entraban y salían todavía por la ostentosa puerta. Con un sofocado grito de alegría el viejo se abrió paso hasta el interior, adoptó al punto su actitud primitiva y anduvo de un lado a otro entre la multitud, sin motivo aparente. No llevaba mucho tiempo así, cuando un súbito movimiento general hacia la puerta reveló que la casa estaba a punto de ser cerrada. Algo aún más intenso que la desesperación se pintó entonces en las facciones del extraño ser a quien venía observando con tanta pertinacia. No vaciló, sin embargo, en su carrera, sino que con una energía de maniaco volvió sobre sus pasos hasta el corazón de la enorme Londres. Corrió rápidamente y durante largo tiempo, mientras yo lo seguía, en el colmo del asombro, resuelto a no abandonar algo que me interesaba más que cualquier otra cosa. Salió el sol mientras seguíamos andando y, cuando llegamos de nuevo a ese punto donde se concentra la actividad comercial de la populosa ciudad, a la calle del hotel D…, la vimos casi tan llena de gente y de actividad como la tarde anterior. Y aquí, largamente, entre la confusión que crecía por momentos, me obstiné en mi persecución del extranjero. Pero, como siempre, andando de un lado a otro, y durante todo el día no se alejó del torbellino de aquella calle. Y cuando llegaron las sombras de la segunda noche, y yo me sentía cansado a morir, enfrenté al errabundo y me detuve, mirándolo fijamente en la cara. Sin reparar en mí, reanudó su solemne paseo, mientras yo, cesando de perseguirlo, me quedaba sumido en su contemplación.

-Este viejo -dije por fin-representa el arquetipo y el genio del profundo crimen. Se niega a estar solo. Es el hombre de la multitud. Sería vano seguirlo, pues nada más aprenderé sobre él y sus acciones. El peor corazón del mundo es un libro más repelente que el Hortulus Animae, y quizá sea una de las grandes mercedes de Dios el que er lässt sich nicht lesen.

FIN

[«The Man of the Crowd» – traducción de Julio Cortázar]